Un ‘Turco’ en apuros judiciales

De cómo un humilde vendedor de tintos y cocinero pasó a manejar una fortuna incalculable y un poder inmenso.

La puerta de la casa de Alfonso del Cristo Hilsaca Eljaude, en Cartagena, siempre estaba llena de carros blindados, escoltas, políticos y gente común que quería “pedirle un favor” a El Turco. Aunque los vecinos miraban con recelo este despliegue diario de visitantes, pocos se atrevían a desafiar al empresario y su séquito de seguridad. Nadie decía nada. Así pasó por muchos años hasta que la tenaza de las confesiones de los desmovilizados paramilitares lo pusieron en evidencia y develaron sus macabras alianzas con la organización.

Emilio Correa Viveros, ex jefe del bloque Héroes de los Montes de María, más conocido como Convivir, dijo que Hilsaca solía reunirse con Úber Enrique Bánquez, alias Juancho Dique, para hablar de contratos de medicinas, alimentos y obras públicas en Bolívar. Esta declaración no causó sorpresa ni asombro en Cartagena. La gente lo sabía, o lo daba como un hecho, pero también sabían que no tendría consecuencia alguna. Tenía su lógica: “Cometía delitos, pero nadie se atrevía a meterse con él”, dijo a El Espectador una fuente que prefirió no ser identificada.

No fue esta la única acusación contra Hilsaca. Otros ex paramilitares confesaron asuntos más escabrosos sobre la aparente orden de El Turco para que fueran asesinadas Ofelia, Hendy, Lourdes y Betsevit, prostitutas que se movían en la emblemática zona de la Torre del Reloj de la ciudad amurallada. Su captura, el miércoles, dejó boquiabierto a más de uno. Desde hace años su figura ha sido objeto de hondas polémicas y agrios señalamientos, siempre en voz baja, que ha sabido capotear. Su fortuna y sus contactos le han granjeado un poder cada vez más latente en Cartagena y otras alcaldías de Bolívar, Sucre, Córdoba, Atlántico y San Andrés.

Hilsaca no ocultaba su riqueza ni tampoco su origen humilde. Su historia la contaba a los cuatro vientos y decía que empezó siendo obrero en Ecopetrol, que rápidamente se afilió a la Unión Sindical Obrera (USO) y que también se matriculó en la Juventud Comunista (Juco). Que antes había vendido tintos callejeros en Bogotá y sorteado sus penurias económicas como cocinero, mensajero y chatarrero. Sin embargo, fue en la empresa petrolera donde hizo algún capital.

La historia no oficial da cuenta de que en Magangué, donde se fue a vivir huyendo de la pobreza de su familia, conoció a Enilce López, La Gata —hoy en prisión por un homicidio—, que allí compró sus primeras cabezas de ganado y administró una discoteca. Dicen que de la mano de la familia Espinosa Faciolince llegó a La Heroica, donde en poco tiempo se ganó la confianza de la excluyente sociedad cartagenera. Junto con sus desbordadas finanzas vinieron las sospechas. El ex alcalde Nicolás Curi salió en su defensa al explicar que no compartía que se satanizara “a quien no se le ha probado nada ilegal”.

Ante la complacencia de algunos, el temor de otros y el rechazo de los menos, Hilsaca se instaló en Manga, un barrio tradicional construido frente a la bahía de la ciudad. Luego se supo que se mudó a Castillogrande y se decía que la calle sexta de este barrio no daba abasto para parquear sus propios carros y los de sus beneficiarios. Fue en 2001 cuando la gente empezó a llamarlo sin mayores aspavientos “patrón”, que la primera camioneta Hammer que vio la ciudad la importó él y que pagó tiquetes y viáticos a unos deportistas para participar en una competencia nacional.

A la par con su ascenso social y su riqueza corrían todo tipo de rumores sobre sus presuntas actividades ilícitas. Salvatore Mancuso también lo salpicó al referir que en 2003 se convocó una reunión en la casa de Eleonora Pineda para hablar de alianzas electorales y que uno de los invitados fue Alfonso Hilsaca. También reseñó que dos de sus escoltas habían asesinado a un líder estudiantil y a uno comunal, que tenía en mente apropiarse de la isla de Barú y que no descartaba construir allí un muelle carbonífero y un complejo hotelero.

Hasta el pasado miércoles había salido indemne de la lluvia de acusaciones en su contra. Su debacle empezó cuando varios ex paramilitares soltaron la lengua y detallaron sus alianzas. Su ambición lo desbordó. Tras su detención sufrió un desmayo y fue hospitalizado de urgencia. Los investigadores están a la espera de su mejoría para ser trasladado a Bogotá, a los calabozos del búnker. Con vehemencia se declara inocente, pero las evidencias parecen estar del lado de la Fiscalía.

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