Benjamín Ezpeleta, el hombre que cambió la historia de una ciudad

Asegura que Riohacha no surgió como consecuencia de una conquista, sino de asentamientos y migraciones naturales.

Se llama Benjamín Ezpeleta, tiene orejas grandes y arrugas largas en el rostro y en las manos. Es de origen vasco, pero nació en Riohacha hace 75 años. Dice, sin espabilar, que el primer Ezpeleta llegó a estas tierras indígenas con el virrey José de Ezpeleta, en 1789, procedente de Cuba, donde fue gobernador. Se trajo a Manuel del Socorro Rodríguez, precursor del periodismo, y permaneció siete años merodeando por aquí. El virrey Ezpeleta, pese a tener esposa, se las daba de Tenorio: tuvo un hijo con una niña de Chía y así apareció el primer Ezpeleta que se radicó en el nuevo mundo. Se llamaba Nicasio.

A Benjamín hay que creerle. Está sentado a mi derecha, en el jardín de su casa y mirando hacia todas partes, mientras se regodea con las palabras. Sus manos acarician el libro que destaca el blasón de armas de su linaje, cuya figura es un león rampante y tres plumas de avestruz. Entonces afirma que su bisabuelo Miguel Benjamín, también de Chía, vino y se casó con una mujer de apellido Zúñiga, quien, antes de regresar para morir en la sabana, parió a su abuelo, un hombre bautizado como Benjamín Ezpeleta Zúñiga, el mismo que regó 32 hijos en toda la región, entre ellos, Jesús Ezpeleta Fajardo, el político magdalenense que murió de leucemia hace más de 18 años.

Benjamín, este gigante que entró recientemente por la puerta grande de la Academia Colombiana de Historia, recuerda que cuando era estudiante de primaria en el emblemático colegio La Divina Pastora, aprendió que la fundación de Riohacha, su ciudad, había sido por obra y gracia del señor Nicolás de Federmán. La lección se repite aún en El Callejón de las Brisas, en las sillas de cemento del Parque Padilla y a la salida de algunos colegios de bachillerato.

Sin embargo, todo comenzó a desmoronarse cuando Ezpeleta inició la lectura de un libro escrito por Juan Friede, que reposaba en los estantes del Banco de la República de Riohacha: Vida y viajes de Nicolás de Federmán.

En la página 123, en medio del placer que le otorgaban aquellas historias de un libro que parecía de ficción, descubrió varias contradicciones con relación a la página 124. Antes, en la página 37 había leído que Federmán era protestante, tal como lo atestiguan sus biógrafos. Pero más adelante leyó lo siguiente: “De las costas del mar, probablemente fundó en la boca del río Ranchería o río del Hacha, una población que Federmán llamó Nuestra Señora de las Nieves”.

Benjamín se sobresalta y señala que esas fueron dos contradicciones que anotó, puesto que probablemente es algo incierto y que Federmán no podía utilizar el santoral. La instrucción que había recibido de sus jefes era que si fundaba una población la bautizara como Ulma, nombre cercano a Ulm, el pueblo donde nacieron Federmán y Ambrosio Alfinger, este último jefe de la expedición.

Ahora, con la memoria fresca y los datos intactos, Benjamín dice que inicialmente hubo un contrato de la Casa Belzer, de Alemania, con el rey Carlos V, de ese país —que era el mismo Carlos I de España— mediante el cual Su Majestad cedía temporalmente a los alemanes un territorio que Américo Vespuccio llamó Venezuela, es decir, Pequeña Venecia.

“Federmán nunca llegó a Riohacha, sino al Cabo de la Vela con el propósito de extraer perlas, pero no pudo porque intentó hacerlo con una especie de rastrillos pensando que estaban en el fondo del mar. Esas perlas se adhieren y, por tanto, hay que bucearlas y desprenderlas”, dice Benjamín.

Lo que se podría llamar fracaso tuvo otras razones, entre ellas la guerra sin cuartel que le declararon los indios del Cabo de la Vela en retaliación por el genocidio que Federmán cometió contra los indios de Venezuela. Sus tropas quedaron diezmadas y su decisión fue regresar a la región de Coro, Venezuela. En esa gira del retorno llegó a los Llanos, donde encontró a Gonzalo Jiménez de Quesada y a Sebastián de Belalcázar, con quienes se enfrentó en una disputa jurisdiccional que intentó resolver al retornar a Europa.

Federmán fue apresado en Bélgica por representantes de los señores Belzer y su muerte se produjo en febrero de 1542, tres años antes de la fundación de Riohacha. Pero ,si Federmán no fundó a Riohacha, ¿quién fue?

Gentes de Cubagua, isla ubicada a 15 kilómetros de Margarita y perteneciente a Nueva Esparta; inversionistas adinerados de España e indígenas se asentaron en el Cabo de la Vela a finales de 1538. Fue una especie de éxodo de aquella isla hasta la península. Pero la autorización del Rey se firmó el 21 de marzo de 1539 a través de una cédula real en la que se aprobaba el traslado y la cual envió Ezpeleta a la Academia Colombiana de Historia, junto con otros documentos. Todos esos archivos vinieron de Sevilla, España.

En 1544 los pobladores del Cabo de la Vela comenzaron a sentir el impacto de la piratería que invadió al Caribe. Los corsarios y piratas antillanos no dieron tregua. Con sus arremetidas comenzaron a socavar las bases de aquella economía y a resquebrajar la tranquilidad de la que habían gozado hasta ese momento. Por esa razón decidieron buscar otros caminos y encontraron que en Riohacha existían también yacimientos útiles para su negocio.

Primero llegaron alrededor de diez familias y posteriormente arribó una masa poblacional reconocida oficialmente en 1945. No hay fecha exacta.

“Nosotros, que lo sepan todos, somos el producto de asentamientos y de trasplantes migratorios propios de la colonización superpuesta y escalonada”, enfatiza Ezpeleta, quien agrega: “Aquí no se dio el caso de Rodrigo de Bastidas en Santa Marta, o el de Pedro de Heredia en Cartagena ni el de Hernando de Santa Ana en Valledupar. En esas ciudades llegó el conquistador, clavó la espada en el suelo, levantó el crucifijo y exclamó: ‘Te fundo en el nombre de Dios y del Rey de España’. En Riohacha no fue así ni como se repitió durante centenares de años”.

Temas relacionados