Una fábula con sabor a petróleo

Esta semana se oficializó la venta de su operación nacional a Ecopetrol y Talisman, una salida que deja tras de sí logros y manchas.

La buena nueva que provenía de los Llanos Orientales hizo que el Gobierno se frotara las manos. Era una noticia gigantesca, una que transformaría la economía en los años venideros y haría que el nombre de Colombia dejara de asociarse con el narcotráfico y la violencia en el escenario internacional.

Pero apenas comenzaba el año de 1992 y la gente continuaba sumida en el guayabo de las fiestas de Año Nuevo. Y en los escándalos heredados: la Unión Patriótica le enviaba una fuerte carta de protesta a Fernando Carrillo Flórez, el entonces ministro de Justicia, porque el magnicidio de Bernardo Jaramillo Ossa, su líder máximo, continuaba en la impunidad; mientras, la Dijín estudiaba estrategias para ponerle freno al contrabando de armas, vía La Guajira, que iba hacia la insurgencia armada y los carteles de la droga; y por si fuera poco, los colombianos llegaban de vacaciones con la noticia de que la inflación había subido 26,82%.

El as bajo la manga del Gobierno tenía un nombre y mucho futuro: Cusiana, el pozo petrolero en pleno Casanare que producía crudo de entre 30 y 37 grados API, la modalidad más demandada por el mercado, y cuyas existencias de 3.000 barriles diarios doblaban con creces a Caño Limón, el hasta entonces más grande yacimiento del país.

Pero detrás de este hallazgo se esconde un logro de ingeniería.

“Ir a explorar el piedemonte llanero era una aventura total. El terreno era virgen y la zona inaccesible. Por cuestiones geológicas había que explorar a mucha profundidad y en el país no se tenía la tecnología para hacerlo. Además, la cordillera oriental es algo que no se han acabado de inventar”, comenta Rodolfo Segovia, ex ministro de Transporte y ex presidente de Ecopetrol entre 1982 y 1985, los mismos años que vieron cómo se acumulaban los fracasos en exploración.

En especial, los intentos de Ecopetrol y la filial colombiana de Triton (una petrolera estadounidense) por hallar petróleo en el Casanare. El contrato, que disponía una participación del 50% para ambas compañías, se llamaba Santiago de las Atalayas y dejaba dos grandes frustraciones: los pozos Cabaña 1 y La María 1, con resultados negativos.

Pero en 1987 llegaron los salvadores. La British Petroleum (BP) y la francesa Total (a través de su filial Tepma) adquirieron participación en el contrato y se pusieron manos a la obra. Las exploraciones se hicieron a lo largo de la cuenca de los Llanos Orientales y en 1991 se dio con el pozo Cusiana 2A, que además de las vastas reservas de crudo también aguardaba 12 millones de pies cúbicos de gas natural.

“La tecnología que trajo BP permitió la perforación a 15.000 pies de profundidad y renovó los conocimientos que tenía el país en exploración”, asegura Segovia. La dicha aumentó dos años después cuando, también en Casanare, se descubrió el pozo de Cupiagua, que sumado a Cusiana significó el mayor descubrimiento petrolero del país, que de los 220.000 barriles diarios de 1990 pasó a 434.000 barriles diarios en 1999, su pico histórico.

La petrolera imperial

Este milagro comenzó a gestarse 92 años atrás en el Golfo Pérsico, cuando el empresario inglés William Knox D’Arcy llegó a lo que hoy se conoce como Irán y, tras pagarle 20.000 libras esterlinas de la época al Sha (rey) Mozaffar ad-Din, obtuvo la concesión por 60 años para explorar un campo de 1,2 millones de kilómetros cuadrados en busca de petróleo.

La compañía cumplió con su objetivo en 1908, fue bautizada como Anglo-Persian Oil Company y muy pronto, en los días previos a la I Guerra Mundial, llegó a bordo el hombre que le cambiaría la cara: Winston Churchill, quien trajo consigo capital fresco desde el Palacio de Buckingham y propició su expansión hacia el Imperio Otomano (hoy Turquía).

Las guerras mundiales la convirtieron en el proveedor preferido de la Armada Británica hasta que en los años 50 el nacionalismo iraní impulsó su nacionalización. El resultado fue fatídico: un golpe de Estado apoyado desde Washington y Londres, la renuncia del Estado a su propiedad y la creación de un consorcio que, a pesar de que en 1954 le cambió el nombre por el de British Petroleum, limitó el control británico a sólo el 40% en favor del capital estadounidense.

Esta jugada, sin embargo, permitió la expansión de la petrolera a Oriente Medio, Alaska y las aguas del mar del Norte, donde fue la primera en explorar. Las décadas siguientes dieron paso a una enorme lista de adquisiciones que convirtieron a BP en la segunda compañía más grande del mundo, con ventas en 2009 de más de US$239,2 billones.

Fue la época del eslogan “Más allá del petróleo” sustentada en una campaña mediática que la mostraba como la petrolera amable con el medio ambiente. Se trató de la estrategia que buscaba acallar sus escándalos en la materia: el vertido de desechos tóxicos en Alaska entre 1993 y 1995, el escape de crudo en el océano Ártico durante 2007, la expulsión de gases tóxicos al aire de Texas City entre abril y mayo de 2010, y el desastre ambiental en el Golfo de México, una fuga que lleva cinco meses expulsando crudo al mar sin que se pueda contener.

 Todos ellos escándalos mediáticos que, en menor magnitud, también se han visto en Colombia.

Esta semana, el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) y la Corporación para la Asesoría y Capacitación Comunitaria (Cospacc) lanzaron Noche y niebla, un informe conjunto en el que ponen de manifiesto las relaciones de multinacionales, entre ellas BP, con el actuar de los grupos armados ilegales en el Casanare durante los años 90 y la primera mitad de la última década.

A pesar de lo políticamente incorrecto de buena parte del documento (“si fuera posible hacer un juicio definitivo y un tanto idealista contra BP, la declararíamos culpable del desarrollo y mantenimiento de un capitalismo que atenta contra la humanidad. No obstante, los marcos estatales y del derecho internacional vigentes, ambos construidos en el seno del desarrollo capitalista, no nos permiten iniciar un proceso judicial formal”), se relaciona a la compañía con el asesinato de cinco líderes sociales, la colaboración con grupos irregulares y el daño del medio ambiente.

Otras voces también señalan un daño indirecto: el robo de buena parte de las multimillonarias regalías petroleras que se han redireccionado al departamento.

Señalamientos todos que son desestimados por la empresa. “Dejamos inversiones en la comunidad por cerca de US$160 millones, también en medio ambiente y más de $10 billones en regalías a la región del Casanare que beneficiarán al país por varios años”, resumió en estas páginas Alberto Galvis, presidente de la filial colombiana de BP,  poco después de conocerse la venta de su operación a Ecopetrol y la petrolera canadiense Talisman por US$1.900 millones.

Una salida obligada por las enormes deudas (US$30.000 millones) que sigue causando el desastre ambiental en el Golfo de México. Y aunque este capítulo está próximo a cerrarse, tal y como lo advierte Segovia, las enseñanzas de BP se escriben con letras doradas: “Sin duda cambió la cara de la exploración petrolera en Colombia. Más allá de su tecnología, contribuyó a formar gente muy bien capacitada”.

 

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