No éramos marqueros

En un ejercicio de reflexión sobre nuestra colombianidad hoy 20 de julio, hemos pensado cómo éramos, cómo somos y cómo seremos; en este ejercicio encontramos que las cosas han cambiado, y que no siempre se debe mirar con la nuca y con nostalgia.

Un ejemplo claro de esto es nuestra actitud hacía las marcas. Las marcas, en su mayoría y siendo simplista, son un invento de mediados del siglo XX, y reflejan muy bien lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial. En tiempos de guerra consumimos cosas simples y prácticas; pasada ésta, comenzamos a consumir lo que queremos y nos aporte identidad; es aquí donde nacieron las marcas.

Colombia no fue ajena a este proceso, y lo podemos ver en las marcas que consumen los mayores y las que consumen los jóvenes; los unos son tradicionales y no cambian sus productos y servicios fácilmente, mientras los otros viven la dinámica de un mercado acelerado lleno de oportunidades, ofertas y productos personalizados, donde la marca es fundamental como un fenómeno de calidad y de segmentación de “tribus” de personas.

Por esto las marcas son mucho más importantes para los jóvenes que para los viejos, y mucho más si hablamos de marcas de productos, que puedan ser exhibidas y compartidas con sus pares, lo cual hace que en algunos casos las marcas de los servicios dejan de ser relevantes, porque lo que importa es el beneficio obtenido y no el comunitario.

Si no está de acuerdo, lo invito a hacerse estas preguntas: ¿De qué marca es la camisa que tiene puesta?, ¿esa camisa tiene el logo visible?, ¿en qué estación de gasolina tanqueó la última vez?, y la última y con respeto, ¿si no sabe la marca, no cree que a su edad eso ya no importa?

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