Proyecto VIDA: fábrica de alimentos y sueños

Madres cabeza de hogar, jóvenes ex drogadictos y ex vendedores ambulantes se agruparon y conformaron seis asociaciones para trabajar la tierra y cultivar 11 productos diferentes. Jairo Enrique Suárez y Eleonora Cuéllar son los responsables de este programa que espera producir 110 toneladas semanales. 

Es poco usual encontrar en el campo colombiano tantos elementos reunidos en un solo lugar. Un par de emprendedores que desean poner al servicio de la sociedad sus conocimientos, tecnología de punta para el riego, presencia estatal mediante créditos, el compromiso para un hipermercado de adquirir toda la producción y un grupo de 60 personas reunidas en seis asociaciones que incluyen a ex drogadictos y madres cabeza de hogar. 

El sitio donde se conjugaron estas circunstancias se ubica en la zona rural de Facatativá, en la sabana de Bogotá, donde se encuentra la finca Los Cerezos. Allí se estableció el proyecto Voluntad de Integración para el Desarrollo Agropecuario (VIDA).

Sus promotores son Jairo Enrique Suárez y Eleonora Cuéllar. El primero es un experto en riego que a fuerza de trabajar en el campo y de visitar a Israel se convirtió en todo un economista con vocación de agricultor.

Eleonora es una ingeniera de sistemas con especialización en Ciencia Política y que por años ha trabajado en programas sociales relacionados con el agro.

Ambos pusieron sus saberes a disposición del proyecto VIDA y estructuraron un programa con escasos precedentes en el país.

Tras formular el proyecto, sus primeros pasos consistieron en obtener los recursos para su ambicioso plan.

Así se encontraron con Finagro, que cuenta con diferentes programas de financiación. “Es que el Estado tiene toda la plata del mundo para prestar”, advierte Suárez.

En esta labor entendieron que una buena fórmula para acceder a esos recursos era trabajando con asociaciones conformadas por población vulnerable.

En este camino unieron sus esfuerzos con el municipio de Facatativá, cuya anterior administración encabezada por el alcalde Álvaro Bernal, convocó a diferentes líderes e instituciones para intentar aliviar la grave crisis social que afronta esa localidad.

El principal objetivo era disminuir los altos índices de desempleo que afectan al municipio, por lo que se enfocaron en sectores de la población como los jóvenes, las madres cabeza de hogar, los vendedores ambulantes y los recién egresados de programas técnicos.

Jairo Enrique y Eleonora se dieron a la tarea de conformar las asociaciones y de esta manera vieron la luz seis organizaciones de 10 personas cada una con nombres como Asproagri, Agrooasis, Coagrocol, Funmufac o Agroinfa que no hacen más que resumir en algunas letras los sueños de hombres y mujeres de escasos recursos.

Hoy estas asociaciones son socias del proyecto y por eso quienes la conforman tienen más sentido de pertenencia y cuidan lo que es suyo, las cerca de 750 mil plantas que hoy están sembradas en los terrenos de la finca.

Para dar con estas personas buscaron en los barrios marginados, en los semáforos de Facatativá y en otros lugares como el sector de Cartagenita, donde sabían que encontrarían personas con necesidades de trabajar y que además cumplían con una condición: no conocer sobre el campo. “Es que es mucho más fácil enseñarles a todos que quitarle a la gente ciertos paradigmas”, explica Eleonora.

Fue así como Finagro les aprobó un crédito que llega a los $1.405 millones, para pagar en un plazo de cinco años y que según los primeros cálculos de los empresarios de VIDA, se podrá pagar en unos tres años.


Entre estos nuevos conocimientos se encuentran conceptos como empresarios del campo, agricultura de precisión o líneas de producción. “Es que deben entender que esto es una fábrica de comida”, asegura Suárez.

En el desarrollo de esta “fábrica” se aliaron con una empresa especializada en riego e importaron de Israel un novedoso sistema que permite llevarles agua a las 42 hectáreas que posee la finca.

El montaje de tubería es de tal magnitud, que su extensión es similar a la distancia que separa a Bogotá de Ibagué (unos 210 kilómetros) y cuenta con goteo de agua cada 30 centímetros. Este líquido proviene de un pozo que se ubica en la propiedad y que produce unos 22 litros por segundo del vital elemento.

El terreno se dividió en 63 lotes con el fin de que el sistema de riego pueda transportar el agua y los nutrientes que requieren los cultivos de apio, brócoli, cebolla puerro, coliflor, espinaca, tomate, pimentón, rábano rojo, remolacha, arverja y lechuga.

Los miembros de las asociaciones cuidan de los cultivos, se dividen labores y por ahora se están ganando un salario mínimo cada mes, pero una vez empiece la recolección será un salario mínimo y medio mensual, más un porcentaje por las utilidades. María Esperanza Barbosa da fe de esto: “Entramos a las 7:00 de la mañana y trabajamos ocho horas al día. Esto nos ha cambiado la vida y estamos seguros de que las cosas mejorarán mucho más”.

Al recorrer los invernaderos y los lotes de Los Cerezos, la mayoría de los trabajadores son jóvenes, que por una u otra situación llegaron al programa. “Antes era mensajero, pero ahora trabajo en lo mío”, enfatiza Moisés Nempeque.

Entre quienes recorren día a día estos campos sobresale Rodolfo Bautista, el mayor del grupo (75 años) y el único que tenía conocimientos previos sobre agricultura. Sus consejos siempre son tenidos en cuenta por quienes recién empiezan en labores del agro, toda vez que el proceso arrancó hace unos cinco meses.

Sin producir todavía una sola planta, los 60 miembros de las asociaciones obtienen su dinero cada semana.

A partir del próximo viernes saldrán los primeros camiones con la producción de VIDA. Las lechugas que llegarán a los estantes de los hipermercados ya están a punto de recolección.

En todo este proceso ha jugado un papel fundamental la empresa privada. Al iniciarse el proyecto la firma Carulla firmó un contrato forward con los encargados del plan para comprarles toda la producción.

Los requisitos para hacer el negocio eran mantener altos estándares de calidad, un alto volumen y la frecuencia requerida para abastecer a supermercados como el Éxito y el mismo Carulla.

Supervisores de los propios hipermercados llegan hasta este terreno en Facatativá a analizar las condiciones en las que se están sembrando los productos que pronto venderán. “Necesitamos reproducir más Jairos y Eleonoras”, comentan los directivos de Carulla al referirse al programa.

Pero los sueños de los miembros de VIDA no terminan con las cosechas de sus productos, el proyecto va más allá. La idea es construir una aldea en Facatativá que reúna todos los elementos que conforman la Voluntad de Integración para el Desarrollo Agropecuario.

Con el fin de obtener este objetivo al plan se unirá el arquitecto Hernando Suárez, hermano de Jairo Enrique, y quien vive en Italia. Su intención es diseñar una pequeña ciudadela dentro de este municipio cundinamarqués al mejor estilo de una villa europea.

El profesional ya empezó a dibujar los diseños con el fin de brindarles vivienda digna a estos ciudadanos que muy pronto empezarán a cosechar 110 toneladas semanales de sus 11 productos, en lo que más que una industria de alimentos se ha convertido en su propia fábrica de sueños.

Esto es sólo una muestra más de una frase de Jairo Enrique Suárez. “A este país sólo lo salvamos los colombianos. La solución no va a llegar de afuera”.

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