Empresa de mamás canguro

Una colombiana en Canadá se convirtió en industrial exitosa con la fabricación de cargadores para bebés. La compañía tiene hoy sus productos en más de 230 puntos de venta en Europa y Norteamérica.

La llegada de Diana Parada a Montreal, Canadá, fue una casualidad de la vida. Se casó con Sylvain Vincent, un canadiense que conoció en Mocoa, Putumayo, cuando ella trabajaba con una compañía de celulares y él como geólogo en una empresa petrolera. Hoy es propietaria de Maman Kangourou Inc, una empresa que produce portabebés, con 230 puntos de venta en países como Bélgica, Finlandia, Francia, Suiza, Alemania, Inglaterra, México, Argentina, Estados Unidos y Canadá.

El nombre de la empresa tuvo su origen en que Colombia es el país pionero en un tratamiento médico para el crecimiento de los recién nacidos, el cual consiste en reemplazar la incubadora por el calor que la madre le da al bebé.

Además, Maman Kangourou Inc ha tenido varios reconocimientos, como el Premio a la Inmigración; el diario La Presse, de Montreal, declaró a Diana personaje de la semana en 2007; en 2004 ganaron el premio al producto novedoso y posteriormente obtuvieron el galardón Empresarios Quebequenses, en la categoría de comercio, frente a 75 empresas.

También encontraron otra línea de negocios: abrieron talleres con el nombre de Club Canguro, un espacio de formación sobre sus productos, lactancia y desarrollo psicomotor y psicoafectivo del bebé. Al respecto, Diana dice: “Quiero mostrarle a esta sociedad todo el calor humano y cuidados que se les deben ofrecer a los recién nacidos, para que crezcan de manera saludable”.

De empanadas a bebés

Pero los comienzos, como en todas las historias de éxito, no fueron fáciles. Nació su primera hija, Gabriela, y apareció el deseo por generar ingresos propios. Trabajó como cajera, luego vendió empanadas a la colonia colombiana, recuerda que olía a aceite de pies a cabeza.

A su esposo lo trasladaron de Quebec a Gatineau, también en Canadá. Diana tenía más ganas de generar sus propios ingresos. Quedó embarazada de su segundo hijo, Nicolás, y conoció a Catalina González, otra colombiana que también esperaba bebé. Por ello, elaboraron el primer modelo de un cargador de bebés.

Nacieron sus hijos y las orgullosas mamás los llevaban en sus cargadores (parecidos a una pequeña hamaca). Muchas mujeres curiosas se les acercaban a preguntarles dónde los habían comprado. Un día Diana se lo prestó a una señora que tenía un niño dormido en brazos y ésta quedó encantada. A las dos colombianas se les prendió el bombillo: se dieron cuenta del negocio que tenían entre manos.

A través del voz a voz comenzaron a llegar los pedidos. El sótano de la casa de Diana fue el primer taller y la casa pronto quedó convertida en una fábrica-boutique donde hacían de todo: diseño, ventas, servicio al cliente. Siempre trabajaron con materias primas colombianas. Para consolidar el negocio, fueron a la Oficina de Salud de Canadá, donde presentaron sus productos. Obtuvieron una certificación que decía que no había riesgos al cargar el bebé y que su capacidad resistía un peso hasta de 35 libras. Con el aval, el negocio de los cargadores se disparó.

Diana afirma que el crecimiento se dio muy rápido, en cinco años y medio participaron en muchas ferias relacionadas con niños y los pedidos se multiplicaron.

Dice que en Colombia hubiera triunfado igual, de repente no con este producto, “pero es mi espíritu el que hace que se desarrollen las ideas. Cuando uno tiene fe, puede proyectarse donde sea”.

Aunque Catalina no sigue en el negocio, el esposo de Diana trabaja con ella y hoy la llama “Madame Kangourou”.