La casta de los Cesáreo

Este negocio es el más tradicional en el sector de la orfebrería en Cartagena. Tres generaciones de una misma familia lo han mantenido vivo durante 93 años.

Fue bautizado con el mismo nombre del abuelo y del padre: José Cesáreo. El primero, un inmigrante italiano que llegó a Cartagena buscando fortuna cuando empezaba el sigo XX. El segundo, un comerciante aficionado al tenis de campo que encontraría el amor en un partido. Y él, un viejo desmemoriado que administra la joyería Cesáreo, el negocio de la familia que está cumpliendo 93 años y que ha visto pasar tres generaciones.

“¿En qué año llegó mi abuelo a Cartagena? Mmm… no sé. Digamos que entre 1900 y 1902. Vino de un pueblo italiano llamado Padula. Era de una familia de negociantes que trabajaba en el centro de Nápoles”, dice el señor, sentado en su oficina, un cuartico fresco, con aire acondicionado, que no se parece en nada al clima infernal que envuelve a Cartagena por estos días. Es un viejo bonachón, de ojos negros, cabeza despoblada y siempre sonriente. Se ríe de su falta de memoria, se ríe de la “creatividad para los nombres” de su familia, se ríe al recordar las historias de amor de la familia.

Cesáreo, el abuelo

Cesáreo, el abuelo, llegó a Colombia solo, cuando tenía veinte años. Y solo empezó a recorrer los pueblos de la Costa vendiendo las joyas que alcanzó a traer de Italia. Era un hombre alto, de bigote pulido, ojos rasgados y nariz grande. Con su maletín caminó Magangué, Sincelejo, Corozal, Montería y llegó hasta Sincé (Bolívar) donde conoció a Pabla Arrieta, la madre de su único hijo. De esa historia don José, su nieto, tiene poca información. Al parecer la relación no perduró y cuando nació el niño, el italiano se hizo cargo de él y se lo llevó a vivir a Cartagena. De Pabla, no se volvió a saber nada.

La única fecha que quizás el señor José recuerda con exactitud es la de la creación de la primera joyería: 1916. Estaba ubicada en la misma casona amarilla que hoy se mantiene en pie en una esquina de la Ciudad Antigua. En poco tiempo el negocio empezó a crecer. Los alcaldes, presidentes y políticos que pasaban por Cartagena visitaban siempre el negocio y hacían alguna compra. Llegaban en busca de finas cuberterías, porcelanas y relojes. El diamante era la piedra más preciada. “Las joyas eran un adorno para la mujer y una inversión para el hombre”, cuenta el viejo y concluye, con sonado acento costeño y exagerando, que “toda la ciudad compró su anillo de compromiso aquí”.

Con los años llegó también la recesión a Colombia. La del 29 —dice don José— fue la más difícil para la joyería. “Mi abuelo tuvo que empezar a hacer trueque con las joyas. Viajaba hasta el Valle del Sinú y las cambiaba por arroz. Luego vendía ese arroz en Cartagena. Era la única forma de solventarse”.

La crisis económica de este año también los ha golpeado duro. Eso lo repite una y otra vez el señor José. Esta vez hablando serio, preocupado. Ese tema quizá sea el único que le quita la alegría. “Esto está muy berraco. No quiero compromisos de nada”, le dice el viejo a un vendedor que llega a la joyería. “En un mes vuelvo don José, de pronto para el día de amor y amistad o para fin de año necesita algo”, replica el vendedor. “Aquí amor y amistad no se celebra. Esto está muy duro, todos lo saben”.

Cesáreo, el padre

Antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, José Cesáreo, el padre, viajó a Alemania a estudiar su bachillerato. Luego estuvo en Suiza aprendiendo sobre relojería y joyería. Entre sus viajes por Europa aprendió cinco idiomas, que su hijo, don José, enumera hoy sentado en su oficina: alemán, inglés, francés, italiano y español. Cuando regresó a Colombia se puso al frente de la joyería. ¿En qué año? Esas minucias el señor Cesáreo, hijo, no las recuerda. Incluso, por practicidad, y por tranquilidad también, prefiere seguir narrando la historia sin orden cronológico. Seguirá respondiendo las preguntas de la periodista sin hacer esfuerzos de fechas ni tiempos.

Entonces reconoce que no recuerda ni cuándo ni cómo ni dónde se conocieron sus padres. “Pero no se preocupe, yo le resuelvo la duda —dice, toma el teléfono y llama a su madre—. Aló, ¿señora Carmencita? Aquí le paso a una señorita que me está entrevistando y quiere hacerle unas preguntas”. La señora Carmen Lemaitre, con simpatía, cuenta que vio a su esposo por primera vez en el barrio el Cabrero, contiguo a las murallas de la Ciudad Antigua. “Fue en una cancha de tenis. Ahí jugaban por las noches todos los conocidos de la ciudad y nosotras íbamos a curiosear, nos sentábamos en las camionetas a verlos”.

Su esposo, el señor Cesáreo, era uno de los jugadores. Un hombre alto, de ojos verdes y rasgados, manos suaves y “muy simpático”, dice la doña Carmencita y advierte que tiene prisa porque sus amigas la están esperando para comenzar las partidas de “canasta” y “51”: dos juegos de póquer.


Después habla de su hijo José. Cuenta que es el único hombre de siete hermanas. “Por fortuna fue el primero en nacer o si no sería un consentido. Luego de él, cada vez que nacía una mujer mis suegros me hacían mala cara. Querían otro varón en la familia”, dice la señora y se ríe un buen rato. Las amigas que la acompañan le celebran también el comentario. Antes de terminar la llamada la señora Carmen reitera que sus hijos tuvieron una niñez feliz en el barrio Manga de Cartagena. “Se criaron jugando en los patios de todo el vecindario”. Termina la llamada y empieza su juego.

Cesáreo, el hijo

El único varón del matrimonio Casáreo-Lemaitre nació y se crío en Cartagena, estudió administración de empresas en Estados Unidos; se enamoró, se casó, tuvo hijos y administró su primer negocio en Bogotá. Junto con un socio suizo y otro italiano comenzó a comercializar relojes Omega y Tissot. Por ese tiempo don José conoció a María Margarita Arensburg, una jovencita de ascendencia alemana que era compañera de colegio de una de sus hermanas. Con ella tendría cuatro hijos: Rosina, Tatiana, Sofía y un único hombre al que bautizaría José, para no romper la tradición. Precisamente fue él el único de la tercera generación de los Cesáreo que heredó el alma de comerciante de sus antecesores, y ahora está próximo a inaugurar su propio negocio de diseño personalizado de joyas.

Empezando los 90 don José se hizo cargo de la única Joyería Cesáreo que se fundó en Bogotá —en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara—. El mismo local que desaparecería diez años después porque “comenzó un receso en la economía del que no salimos todavía. Hay mucho impuesto, mucha vaina…”,  dice con tono de desesperanza.

Ahora el legado de José Cesáreo Finamore, el inmigrante italiano que arribó al país comenzando el siglo XX, sigue vivo en dos joyerías de Cartagena: la de la antigua casona amarilla, en el centro de la ciudad, y la del barrio El Laguito. Alguna vez hubo una sede en Barranquilla, en asocio con un señor llamado Mario D’Amato, pero se cerró en los 70, unos años después de que falleciera el fundador. “Mi abuelo murió en el año 61, ¿o en el 62? —se pregunta don José y hace otra llamada para confirmar la fecha. No logra conseguir el dato exacto, entonces lo ignora y continúa la historia—.  Por esos años él viajaba mucho a Europa y se quedaba varios meses. En uno de esos viajes le descubrieron un cáncer de pulmón y murió. Lo enterraron en Padula, el pueblo donde nació”.

La última pregunta lo deja  pensando unos segundos. “¿Qué va a pasar ahora con la joyería? La vedad es que no me preocupa qué va a pasar en el futuro, que se preocupen los que vienen atrás y empiecen a empujar. Yo lo único que quiero es tomármela suave mientras pasa este año que ha estado bien feo”. 

Los visitantes de la joyería en Cartagena

La Joyería Cesáreo es una de las más tradicionales de Cartagena y por allí han pasado grandes personalidades del mundo. El señor José Cesáreo, su dueño y nieto del fundador, recuerda algunos de ellos, como el ex presidente de EE.UU Bill Clinton.

“También presidente latinoamericanos que venían a las reuniones que se celebraban hace algunos años, muchos de ellos y sus familiares llegaban hasta aquí con total tranquilidad, andaban sin ningún problema. Ahora están llenos de escoltas y seguridad”, dice don José y cuenta, por ejemplo, que la hija del ex presidente paraguayo Alfredo Stroessner visitó las dos sedes de la joyería (en el centro de Cartagena y en El Laguito), y se enamoró de la misma pieza en los dos lugares.  Desde hace unos años son los diseñadores de la corona del Reinado Nacional de Belleza. El diseño –el escudo de Cartagena, rodeado de las olas del mar y con una esmeralda en el centro– es de una de las hermanas Cesáreo.

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