El problema del empleo

La informalidad se ha convertido en el factor más preocupante de la elevada tasa de desocupación que afecta al país.

El problema del desempleo es probablemente el principal en la economía colombiana. Sobre este punto no parece haber mucha discusión. Pero todavía estamos lejos de un acuerdo sobre su dimensión y sus características. Y estamos aún más lejos de un consenso sobre los determinantes de los mediocres resultados del mercado laboral colombiano.

Habría que comenzar, entonces, por el principio, por un análisis objetivo de los hechos. Recientemente varios analistas han denunciado que la tasa de desempleo actual no es muy distinta a la de los primeros años del primer gobierno de Uribe. El Ministro de Hacienda, por su parte, ha señalado que el desempleo no ha crecido de manera significativa en los últimos meses. Ambas opiniones, la de los analistas y la del ministro, son equivocadas. Falsas de toda falsedad, como dicen ahora.

El gráfico adjunto muestra la evolución de la tasa de desempleo en la era Uribe, desde agosto de 2002 hasta enero de 2010. Las cifras corresponden a las principales áreas metropolitanas del país, las cifras rurales desafortunadamente no son confiables. Las variaciones estacionales —el desempleo cae en diciembre y sube en enero, por ejemplo— han sido eliminadas con el fin de facilitar la lectura del gráfico. Actualmente la tasa de desempleo es casi cinco puntos porcentuales inferior a la observada en agosto de 2002. Pero ha venido aumentando rápidamente desde finales de 2008, ha aumentado más de dos puntos en el último año y medio.

El gráfico sugiere que la tasa de desempleo en Colombia tiene un piso muy alto. Incluso en momentos de crecimiento económico acelerado, como los vividos entre los años 2004 y 2007, la tasa permaneció siempre por encima de 12 por ciento. En 2007, antes de la crisis internacional, al final del período de expansión económica, Colombia era el único dentro los países grandes de América Latina (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela) que tenía una tasa de desempleo de dos dígitos.

Pero el principal problema del mercado laboral colombiano no es el desempleo, es la informalidad. Dejando de lado los problemas de medición, la informalidad laboral es muy alta, cercana a 60 por ciento; además, no se redujo durante los años de crecimiento económico acelerado. El rebusque se ha convertido en la única opción laboral para millones de trabajadores sin educación superior. En los últimos quince años la economía colombiana ha destruido más empleos asalariados para trabajadores sin estudios universitarios de los que ha generado. En los últimos meses, coincidiendo con el aumento del desempleo, la informalidad ha crecido aún más.

Las causas de los problemas de desempleo e informalidad son motivo de discusión. La mayoría de los análisis resaltan el efecto negativo de los costos no salariales, de las contribuciones a la seguridad social y de los impuestos al trabajo. Desde mediados de la década anterior, los costos laborales aumentaron de manera significativa, con consecuencias previsibles sobre la demanda de empleo formal. No es coincidencia que el crecimiento de la informalidad haya sido precedido por el encarecimiento del empleo o que los países con mayores tasas de informalidad sean también los que tienen costos laborales muy altos.

Además, en los últimos años, los subsidios de salud y los de Familias en Acción, entre otros, han reducido los incentivos a la formalización laboral, han convertido el rebusque en una forma de vida. Al mismo tiempo, las exenciones tributarias a la inversión han llevado a muchas empresarios a sustituir trabajo por capital. Las nuevas empresas que se están creando en Colombia, dados los altos costos laborales y las generosas exenciones a la inversión, son empresas intensivas en capital que generan poco empleo.

La solución al problema del empleo requiere un cambio de rumbo, un ajuste sustancial a las políticas de confianza inversionista y cohesión social. Pero el urgente debate al respecto debería, en primera instancia, respetar los hechos; reconocer, al menos, la caída inicial del desempleo y los altos y crecientes niveles de informalidad. Finalmente el debate debería también aceptar que en el mercado de trabajo, como en otros mercados, cuando aumenta el precio, disminuye la demanda. Y viceversa.