¿Estrategia de la tensión?

EN UNA TARDE CALIENTE DEL 19 DE julio de 1992, Ennio Pintacuda, un jesuita y un pionero del movimiento social antimafia de Palermo en Sicilia, me recogió con su carro blindado y sus guardaespaldas. El programa era trabajar en sus memorias.

Antes de dirigirnos a su estudio, nos detuvimos en un café de la hermosa Avenida de la Libertad y, mientras estaba tomando un expreso, un rugido profundo interrumpió nuestra conversación. Inexperto y criado en una ciudad pequeña y aburrida del norte de Italia, no pude interpretar el sonido que parecía un trueno, pero los guardaespaldas nos arrojaron dentro del carro, que a gran velocidad y con la sirena encendida se dirigió hacia un búnker de seguridad. Por el radio teléfono, la voz agitada de un hombre alertó que un carro bomba había estallado. Pintacuda y yo estábamos aterrorizados. Tan sólo unas semanas antes, el fiscal antimafia Giovanni Falcone había sido asesinado. ¿A quién le había llegado la hora?

Mientras yo disfrutaba el café, el juez Paolo Borsellino había llegado al edificio donde vivía su madre; apenas salió del carro una bomba estalló, acabando con su vida, la de los cinco miembros de su seguridad y destruyendo las fachadas de los edificios cercanos. Al día siguiente, cuando logré ir a la escena del ataque, pude ver la devastación causada por la bomba y mi corazón se hundió en una tristeza profunda. Me sentí perdido e impotente.

Hoy, 18 años más tarde, la verdad sobre los poderes que ingeniaron el fin de Falcone y Borsellino está emergiendo. La Cosa Nostra ejecutó el ataque, pero la orden vino de Roma. Según revelaciones e investigaciones recientes, unos miembros de la inteligencia estuvieron detrás de los ataques. Según el fiscal encargado, Falcone y Borsellino se enteraron y se opusieron a una negociación entre sectores del Estado y La Cosa Nostra.

A las matanzas de los dos jueces siguieron en 1993 las bombas en Florencia, Milano y Roma. Italia estaba cruzando una época difícil y complicada. Fiscales de Milano, con la Operación Manos Limpias, habían dado a conocer un sistema profundo de corrupción. Encarcelaron una buena representación de la clase dirigente de Italia. Secretarios de partidos políticos, ex primer ministros, numerosos miembros del Congreso y del gabinete, y destacados empresarios, todos terminaron en la cárcel. Esos años, durante los cuales los fiscales fueron los grandes protagonistas, marcaron el fin de la llamada Primera República. Il Divo, una reciente y espectacular película a cerca del obscuro Giulio Andreotti —la encarnación del misterio y la conspiración en Italia en los tiempos de la Guerra Fría— bien interpreta el sistema de poder de aquellos tiempos.

En 1993, declaró recientemente el fiscal nacional antimafia Piero Grasso, la Cosa Nuestra fue subcontratada para ejecutar una verdadera estrategia de la tensión. En Italia no era nueva esa estrategia, caracterizada por masacres y ataques terroristas.

La estrategia de la tensión polariza, manipula y controla la opinión pública a través del miedo, la propaganda, la desinformación, y el terrorismo. En Italia, los ataques de Piazza Fontana de 1969, de Piazza della Loggia y del tren Italicus de 1974, la masacre en la estación de Bolonia de 1980, fueron todos atribuidos a grupos subversivos de la extrema derecha que contaban con la colaboración de las agencias de inteligencia. Todos estos ataques tuvieron como objetivo forzar al gobierno hacia formas autoritarias y congelar los equilibrios políticos de la Guerra Fría, evitando cualquier apertura política y el cumplimiento del llamado “compromiso histórico”: el proyecto de alianza política entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana; un arreglo estudiado para cortar con el extremismo político de derecha y de izquierda. Italia recuerda esos años como los Años del Plomo.

Cuando me enteré del ataque al edificio de Caracol Radio, no pude evitar recordar los hechos de Palermo y la historia negra de mi país, debido a la modalidad del ataque y a la actual coyuntura política marcada de un lado por escándalos de grave corrupción y delicadas investigaciones judiciales, y de otro por un nuevo (y a este punto ya políticamente valiente) presidente, que invitó a la unidad nacional, alcanzó en pocos días la reconciliación con las cortes, el acercamiento con los países vecinos, y no cerró de manera hermética la puerta de la negociación con la insurgencia.

La prudencia del presidente Santos en no llegar a conclusiones apresuradas acerca de los autores materiales e intelectuales del ataque es una diferencia más con la práctica del gobierno anterior. Esta actitud no es una muestra de debilidad o de incertidumbre; por el contrario, es en sí mismo un mensaje y una alusión a que detrás de los ataques pudieron estar mentes refinadas. Independientemente de los actores, la respuesta del Gobierno a este ataque no puede ser la restricción de derechos civiles y políticos, sino al contrario, profundizar y consolidar la democracia del país. Que es lo que el presidente Santos anunció en su discurso inaugural.

 

* Docente en antropología y codirector del Centro de Estudios sobre Genocidio, Resolución de Conflictos y Derechos Humanos de la Rutgers University.

 

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