Libertad para la Historia

NO HACE MUCHO QUE FRANCIA SE enfrascó en un debate que pasó relativamente desapercibido en otras latitudes.

Después de que el ministro de la Educación nacional propusiera que la enseñanza de la historia fuese opcional, muchas fueron las voces de protesta. Algunos historiadores se mostraron preocupados por el futuro de su oficio, como es natural, y otros la emprendieron contra el carácter aparentemente neoliberal de la medida y su intención, algo cínica, de lograr unas horas de más para el aprendizaje de las materias numéricas.

Cualquiera sea el desenlace de la disputa, no está de más preguntarse, una vez más, para qué sirve la Historia (así, con H mayúscula). Y ello si es que tuviese alguna utilidad, pues hay quienes argumentan que en nada se diferencia de la poesía o la literatura.

Al respecto, probablemente no habrá una sino muchas opiniones. Con todo, bien vale la pena señalar aquello que no debería ser la Historia. Por ese mismo camino, el del descarte, quizá puedan surgir algunos ejemplos de lo apetecido que es el control del pasado. Y aun más en Colombia, la eterna nación en construcción.

Existe una Historia que todos los grupos de poder que en la historia han sido desean monopolizar. Primero la Iglesia, es obvio, pero después el Estado y cuanta institución vertical, como la castrense, han intentado transmitirla. La Historia es, pues, un medio de propaganda. No por nada fue tan esencial para la supervivencia de las dictaduras. La adhesión popular al gran relato del patriotismo, además, tuvo como gran protagonista la Historia en su versión oficial. De ahí el peligro de quienes se han mostrado interesados en politizar la historia.

Y no es que la historia no pueda ser política, que lo es, sino que no debe estar al servicio de los políticos. Como tampoco es una religión ni tiene una moral. La verdad histórica, entonces, no debería provenir del Congreso. Mucho menos del Poder Judicial. Al final, probablemente encontremos que uno de los objetivos de la Historia, junto al de preservar y cuestionar la memoria, es el de romper con la unanimidad.

Todo un reto en un país en el que la Historia del conflicto está por escribirse.

 

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