El lunar de Lula

Sin lugar a dudas el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, que llega a su fin este 31 de diciembre, después de ocho años y dos periodos presidenciales, transformó a Brasil y a su sociedad, redujo de manera sustancial los niveles de pobreza y convirtió al más grande país de Suramérica en una potencia económica y política con justas aspiraciones a jugar un importante papel en el escenario internacional.

Sin embargo, uno de los principales lunares de la gestión de Lula ha sido su política exterior, en la cual quizá por querer en exceso sobresalir, quizá por querer asumir una posición contraria a la de Estados Unidos, o quizá simplemente “pagando la novatada” en su nuevo rol como protagonista en el escenario global, ha caído en graves incoherencias y contradicciones.

Su contubernio con Chávez, que representa lo opuesto a lo que Lula ha defendido toda su vida, la extraña posición de Brasil frente a la crisis hondureña, sus críticas a Colombia por el acuerdo militar con Estados Unidos, con quien Lula posteriormente firmaría un convenio semejante, las votaciones en las diferentes agencias de las Naciones Unidas negándose a censurar regímenes tan oprobiosos como el de Sudán y Myanmar, sus frecuentes visitas a países africanos regidos por gobiernos de facto, autocráticos, corruptos y antidemocráticos, y el apoyo al presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, reelegido en elecciones denunciadas como fraudulentas, en junio de 2009, son sólo algunos ejemplos de una desafortunada política exterior.

Hasta el día de hoy, por razones extrañas, el gobierno de Lula no ha reconocido al democráticamente elegido presidente de Honduras, Porfirio Lobo, a pesar de que la gran mayoría de países del continente ya han extendido este reconocimiento.

Son sin embargo sus amistosas relaciones con el presidente iraní lo que más críticas le ha generado a su política exterior, incluso en el interior de su propio partido. Haberle extendido la carpeta roja a Ahmadinejad en Brasilia y posteriormente reciprocándole en noviembre pasado con una visita a Teherán han puesto un gran manto de duda sobre las motivaciones que han regido las relaciones internacionales del popular presidente brasileño.

Precisamente en esta última visita a Teherán, junto con el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogán, anunciaron que habían logrado un acuerdo sobre el controvertido programa nuclear iraní, un estéril acuerdo que los hizo aparecer como “idiotas útiles” del régimen de los ayatolás. Ambos países fueron los únicos que votaron contra sanciones a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Lula, sin lugar a dudas, deja un muy valioso legado a su pueblo y a su país y el ex obrero metalúrgico seguramente asumirá próximamente el liderazgo de algún organismo multilateral.

Sin embargo, le corresponderá al próximo presidente de Brasil, posiblemente su candidata, escogida a dedo, Dilma Rousseff, corregir el rumbo en política exterior para colocar a Brasil en el sitial internacional que le corresponde asumiendo las responsabilidades y compromisos que esto implica.

 

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