No plagiarás

VENGO RECIBIENDO, CON CIERTA REgularidad y desde hace algunos meses, unos extraños correos electrónicos, firmados por un “Grupo de Abogados Penalistas”.

Los mails —copiados a una extensa lista de personas— anuncian la condena penal en contra de la profesora Luz Mary Giraldo por plagio. Los remitentes adjuntan el fallo que dictó el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá y una carta en la que Ciro Alfonso Lobo Neira, académico de la lengua, confirma, desde su posición de especialista, el supuesto plagio.

Ya había oído hablar del caso. Justamente en este diario se publicó, en abril de 2008, un artículo al respecto. Giraldo, una de las críticas literarias más reconocidas del país y docente en las universidades Javeriana y Nacional, fue demandada por copiar la tesis de una alumna suya. A la profesora se le acusó de tomar apartes del trabajo de grado de Rosa María Londoño —un estudio sobre la obra del poeta colombiano Giovanni Quessep— y de utilizarlos, sin dar ningún crédito, en un artículo que publicó en la revista mexicana La Casa Grande, en 1997.

En junio de 2008, Giraldo fue condenada. La profesora apeló y volvió a perder hace poco. El Grupo de Abogados Penalistas se encargó, con regocijo, de informarnos los pormenores de la pena que deberá pagar Giraldo: “Veinticuatro meses de prisión y multa de cinco salarios mínimos legales mensuales”, dice el fallo.

En su defensa, la profesora alega que ella le dio clases a Londoño y que sus cursos fueron la fuente para la tesis. Y que, por lo tanto, las ideas son suyas. No tengo acceso a los documentos, pero me parece un argumento bastante convincente. Yo mismo fui alumno de la profesora Giraldo y sé que es una de las personas que mejor conoce la literatura colombiana del siglo XX. De hecho ha publicado muchos artículos sobre el tema —y específicamente sobre la obra de Quessep— y no veo por qué habría tenido la necesidad de copiar una tesis de pregrado —que consiste, a su vez, en investigar conceptos ya publicados—.

Ahora, es posible que sí lo haya hecho. Pero, en ese caso, ¿no es un poco excesiva la condena? Giraldo debería recibir un castigo proporcional al daño que hizo: tal vez una sanción profesional o una suspensión de sus labores como profesora. No pasar tiempo en la cárcel.

No estoy a favor de la justicia selectiva, pero me sorprende que en un país en el que la impunidad es la regla general —no es necesario recordar a todos los criminales que andan por ahí sueltos—, la justicia sea tan implacable contra una profesora de poesía. Tampoco entiendo la necesidad del Grupo de Abogados Penalistas y de su clienta, Londoño, en ensañarse contra Giraldo y querer acabar con su reputación.

Hace poco leí un ensayo de Jonathan Lethem titulado Contra la originalidad o el éxtasis de las influencias. Su tesis es que cualquier trabajo creativo no es más que una apropiación e interpretación de manifestaciones anteriores y que la absoluta originalidad, como tal, no existe. Lethem arremete contra la ambición de algunos: “El plagio y la piratería son los monstruos que nosotros los artistas aprendemos a temer, ya que acechan en los bosques que circundan nuestros muy pequeños cotos de renombre y remuneración”.

Estoy de acuerdo con Lethem. El caso de la condena contra la profesora Giraldo es un ejemplo patético de cómo el plagio se ha convertido en una peligrosa paranoia contemporánea. Y de cómo algunos intelectuales codiciosos han encontrado la forma de apoyarse en un retorcido sistema judicial.

* Editor y Periodista

 

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