Dos errores y medio

EN LA CRISIS DE COLOMBIA CON SUS vecinos se hacen evidentes varios errores diplomáticos.

El primero error colombiano, que ya viene de tiempo atrás, consiste en pensar que en su relación con Estados Unidos, que es y debe ser muy fuerte, es necesario aceptar todo lo que su socio solicita, sin tener en cuenta las consecuencias locales o regionales. Como lo advirtió recientemente el presidente Gaviria, Colombia no tiene porqué satisfacer todas las supuestas necesidades militares de Estados Unidos en la región. Y, cuando lo hace, debe haber un claro beneficio recíproco para Colombia, que la opinión pública debe poder entender y aprobar. Tampoco es necesario satisfacer todas las peticiones del Ejército colombiano, si tienen costos que desde otro punto de vista pueden ser excesivos.

En esta ocasión, es difícil evitar la sensación de que el Gobierno colombiano negoció mal lo que negoció a espaldas de la opinión pública, el Congreso y sus vecinos. Es muy posible que lo que está obteniendo a cambio de las bases no sea tan importante y que esté pagando por ello un precio muy alto. Además, es posible que lo que pretenda con este acuerdo sea recibir apoyo para el TLC y tratar de evitar la oposición a la reelección. Mientras el Gobierno no haga lo que está obligado a hacer, es decir, explicar lo que está haciendo, no va a disipar las dudas sobre su proceder. No estaría de más que, aparte de explicarles a sus colegas, el Presidente también nos explicara a los colombianos.

El segundo error colombiano es el descuido en asegurarse de que Brasil hubiera expresado sus reservas por las bases en privado, si es que en realidad, en el evento de que Colombia hubiera tenido la precaución de informarle a tiempo, Brasil de todos modos las tuviera. Por no anticipar lo que cualquier analista atento hubiera podido advertir, Colombia otra vez ha demostrado tener la diplomacia menos capaz de la región. Dado que su esfuerzo por derrotar a las Farc es justificable, y goza de la simpatía de Estados Unidos y la Unión Europea (y de Brasil), llama la atención que, en el terreno diplomático, siempre parezca dando tumbos.

Las consecuencias de su doble error han sido dolorosas. Ver al presidente Uribe emprender a toda carrera una gira improvisada por la región, después de haber sido regañado, produce cierta grima. Ya no sólo tiene que someterse a Estados Unidos, sino también a Lula. Debe ser un castigo de los dioses para un Presidente que cree que nombrar a Moreno de Caro como embajador en el país más importante de África es un acto responsable. En todo caso, es indudable que la diplomacia colombiana sigue teniendo pocos recursos y poca imaginación para navegar por la geografía política.

El medio error le corresponde a Brasil. Que un gran país con aspiraciones de ser una potencia mundial haga sentir su peso en un tema regional no tiene nada de raro. Pero los términos en que lo ha hecho sí lo son. Al citar a Uribe a Unasur y calificar la venta de armamento a las Farc como “episodio de tamaño pequeñito”, Brasil ha sometido a Colombia de manera innecesariamente brutal.

Como la presencia de militares norteamericanos en Colombia no constituye una amenaza real para Brasil, y Brasil sabe que Colombia no pretende agredir a Venezuela y Ecuador, hubiera podido defender su posición de árbitro regional con su destreza habitual. Al desplegar sus músculos sin tener en cuenta la naturaleza del vínculo de Colombia con Estados Unidos, ni la percepción que los colombianos tienen sobre la amenaza de las Farc, corre el riesgo de hacer más marcadas las líneas divisorias entre países del bloque norte y los del bloque sur, en contra de una política mucho más sutil de aglomerarlos a todos bajo su propia sombrilla estratégica. No es lo que se espera de la diplomacia más hábil de la región. Brasil compensará el tema en cuestión de semanas, pidiéndole a Chávez que tome medidas más eficaces contra el tráfico de armas, o que ofrezca explicaciones más completas de qué pasó con los cohetes, y de esta manera restablecerá su posición de árbitro neutral y necesario. Pero dejará una cicatriz en su relación con Colombia, que era innecesaria.

 

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