El peso de la tradición

Y ENTONCES FUE QUE ME QUEDÉ perplejo —cosa que cada vez me gusta y me interesa más—.

Llevaba casi una semana en Medellín coordinando a un grupo de periodistas latinoamericanos que, convocados por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, escribían sobre la Feria de las Flores y debatían acerca de su profesión y sus problemas.

La pasábamos bien. Gente de Medellín nos recibió tan entusiasta, tan amable; gente de la Alcaldía nos contó cómo estaban recuperando, a fuerza de planes sociales y culturales, el orgullo de una ciudad que tuvo días muy bajos; gente de la cultura nos explicó algunas de las tradiciones que la Feria ponía en funcionamiento; gente de la trova me invitó a ser jurado de su Festival, huésped de sus cantos: fue muy extraordinario. Una mañana fuimos, por caminos sinuosos y bellísimos, hasta las veredas de Santa Elena, de donde bajan cada año los silleteros que desfilan en la Feria. Allí también nos recibieron, nos mostraron, nos contaron —entre flores extremas y paisajes dramáticos— algunos pormenores de su oficio. Pero creo que no lo entendí hasta que los vi, el viernes 7, desfilando por la Avenida del Río.

Y entonces fue que me quedé perplejo. Hay momentos así: cuando uno mira algo que ya sabía que vería y, de pronto, ve algo que no sabía que iba a ver. Empezaban a pasar las primeras silletas, las campeonas: eran kilos de flores, miles de flores, explosión de flores, un golpe de color que bailoteaba. Debajo, los silleteros se veían demasiado.

Si yo quisiera —supongamos— generar conciencia sobre la miseria de los pobres latinoamericanos, intentar una caricatura sobre una forma infame de la famosa explotación del hombre por el hombre, causar fiereza y pena, nunca se me habría ocurrido, por excesiva, la imagen de un nene o una vieja doblados en dos para llevar sobre sus espaldas un objeto para el placer ajeno. Los silleteros, en su origen, eran personas de carga —en el sentido en que suele decirse bestias o animales de carga— que cargaban personas, después mercaderías, después flores; es triste, y es el tipo de costumbre que los pueblos recuerdan con vergüenza y tratan de esconder. O la muestran, si acaso, para condenarla: por memoria. Todas nuestras sociedades tienen pasados —y presentes— de explotación extrema: lo raro es que la conviertan en tradición y en espectáculo. Lo raro era que miles y miles de personas aplaudiéramos el sudor de un señor trastabillando, resoplando exhausto bajo 70 kilos de flores para que nosotros, supuestamente, la pasáramos bien. Y él también: que los doblados se enorgullezcan en representar su papel de doblados no era, me pareció, el menor de los logros de eso que, antaño, alguien llamaba ideología.

Me dirán —lo escuché muchas veces— que el desfile de las silletas es una tradición, o sea: una de esas cosas que una comunidad repite durante mucho tiempo hasta que deja de pensar en lo que hace para pensar en que siempre lo ha hecho. Una tradición es algo sobre lo que no es necesario preguntarse, que obtura las preguntas básicas: ¿por qué, para qué, qué significa? Y que contesta tácita a la pregunta que nos impide hacer: ¿el hecho de que algo haya durado décadas alcanza para legitimarlo, para justificarlo? ¿O hay que pensarlo más allá?

Creo que sí, pero seguramente me equivoco. Seguramente hay algo que yo, por extranjero, no sé ver, no entiendo. Lo que sí veo —por ahora— son esas imágenes del uso de los cuerpos ajenos vividas como el símbolo de una cultura. Si alguien quiere explicármelo se lo agradeceré bastante, ave María.

 

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