Yoga ibérico

Con el respeto que merece esta disciplina mental y esperando no herir susceptibilidades en quienes lo practican, voy a referirme a una práctica de reposición de energía y espíritu anímico, que nada tiene que ver con el respetable yoga de origen hindú, pero que al final de cuentas quienes la practicamos, lo hacemos con resultados análogos; me refiero a la placentera siesta.

Hay siestas de siestas, pero la más clásica es aquella que hacemos después de almorzar en los albores de la tarde. Comienzo por decir que yo no quedo bien almorzada si no hago siesta, mejor dicho, nada es para mí más mortificante que una invitación a un restaurante y saber que no cuento con tiempo disponible para mi ritual descanso. Y digo ritual, porque para mí es exactamente eso: preparo mis almohadas, procuro la penumbra, cierro puertas, saco prendas estorbosas de mi cuerpo y tal y como la define el diccionario (echarse a dormir después de comer)… me echo a dormir. Hay quienes se conforman hasta con 5 minutos de reposo, yo pertenezco a los de una hora exacta y con frecuencia una ñapita de más. Eso sí: me levanto como una rosa.

Afortunadamente no soy remilgada para este asunto de mi siesta y me la invento esté donde esté, con tragos y sin tragos, en tierra fría o tierra caliente, en mi casa o fuera de ella, acomodándome a cualquier circunstancia: más de una vez me he profundizado en sofás ajenos, en catres desvencijados, en poltronas de ultramar y sobre hojas y hierbas a la sombra de un árbol en cualquier potrero del mundo. En definitiva, asumo la siesta como un auténtico placer gastronómico, razón por la cual semanalmente me tiro 3 ó 4 aguardientes dominicales antes de almorzar, a sabiendas de que no sólo me preparan los jugos gástricos, sino también los párpados y cual perrita domesticada una vez la pancita satisfecha, a mi hamaca voy a dar.

Seguramente más de un gastrónomo no estará de acuerdo conmigo en considerar este tema de la siesta como un aspecto propio a la gastronomía. Para mí la gastronomía deriva del sibaritismo y sibarita que se respeta no sólo goza de los placeres de la mesa, sino igualmente de aquellos de la cama en toda su extensión.

Para finalizar, una confesión: además de mi siesta cotidiana del mediodía tengo entre mis diferentes tipos de siesta una muy especial, me refiero a la siesta al desayuno la cual si bien no practico diariamente, al menos intento hacerlo 2 ó 3 veces por semana. Y no se trata de holgazanería, es más bien una encantadora manía de iniciar el día con un sueñito suplementario motivado por la satisfacción de un suculento y parsimonioso desayuno especie de autopremio que nos otorgamos quienes hemos renunciado a una vida con afán y practicamos sin remordimiento el yoga ibérico.

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