Pelea entre amigos

Hablar de “amigos” en las relaciones entre países es complejo, máxime cuando se trata de una potencia como la norteamericana que como decía uno de sus presidentes, “Estados Unidos no tiene amigos, sólo intereses”.

La muy estrecha relación que han tenido EE.UU. e Israel en las últimas décadas es quizá lo más parecido a una “amistad” inquebrantable entre dos naciones, por lo cual la reciente crisis surgida entre los dos países puesta de manifiesto por las declaraciones condenatorias al gobierno de Israel por parte de los más altos funcionarios de la administración Obama, su vicepresidente, Joe Biden, su canciller, Clinton, y su asesor, David Axelrod, no deja de sorprender. En una escalada más de esta crisis, se canceló el viaje que el enviado especial George Mitchel tenía programado esta semana a la región.

Todo comenzó cuando el vicepresidente Biden en visita a Israel fue sorprendido con un anuncio de que el Estado judío construiría 1.600 unidades de vivienda en Jerusalén oriental. Sin embargo el trasfondo de la situación es la creciente frustración de la administración Obama con el muy empantanado proceso de paz en Oriente Medio, una de las prioridades al inicio de su administración.

Es un caso donde la urgencia manifestada por la comunidad internacional en solucionar el conflicto riñe con la realidad que las partes involucradas, Israel y los palestinos, no sienten esa misma urgencia.

El gobierno de Israel es una débil coalición de partidos de derecha donde el primer ministro Netanyahu tiene poca libertad de maniobra para hacer concesiones en el proceso de negociación. La sociedad israelí gozando de una economía boyante y próspera no muestra mayor interés en el proceso de paz.

Por el lado palestino la situación es  más dramática aún pues el presidente palestino e interlocutor de las negociaciones, Mahmud Abbas, controla únicamente Cisjordania, mientras que Gaza está bajo el poder del grupo islamista Hamas, que se opone a cualquier negociación con Israel. El rifirrafe entre Washington y Jerusalén le da a Abbas la excusa perfecta para seguir evitando la negociación con Israel.

En el pasado ha habido serios conflictos públicos entre gobiernos de Israel y de Estados Unidos, los cuales sin embargo no han causado deterioro real en las relaciones entre los dos países. En este caso es poco probable que la presión que esté aplicando la administración Obama a Israel tenga algún resultado concreto salvo gestos simbólicos como las “disculpas” pedidas por Netanyahu a Biden.

El gobierno de Israel no va a detener la construcción de vivienda en Jerusalén ni va a hacer concesiones unilaterales, pues no puede aparecer cediendo a presiones americanas. Por otro lado, presionar a Israel en público genera dentro del liderazgo palestino expectativas de que Washington va a aumentar sus demandas sobre Israel, algo poco probable, menos en un año electoral.

Mientras las partes no estén interesadas en resolver el conflicto, es poco lo que puede hacer la administración Obama y su disputa con Jerusalén poco le aporta en ese sentido.

 

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