Por: Alfredo Molano Bravo

Trochas, carreteras, autopistas

LA CIVILIZACIÓN, EL PROGRESO, EL desarrollo, el mañana, llegan por la trocha. Rompe selvas, cruza ríos, sube lomas, baja montes.

Se abre paso a machete, a pica. Entra a donde sea. Por ahí llega la remesa; sale la madera; entra la semilla de maíz, de yuca, los colinos de coca o de café. Las mulas sacan trozas, entran gasolina. La trocha se amplía. Los troncos de árboles se pudren, los enterraderos se chupan las bestias. De tanto pasar y repasar, de hacer atajos y quites al barro, de hacer puentes y rellenos, de tanto grito arriero suspendido, la trocha se va convirtiendo en camino; los montes en rastrojos, los rastrojos en potrero. Cuando llegan las cercas, la punta de la trocha va lejos; los comerciantes ya han paseado el ojo, han comprado tierras, y las volquetas tapado huecos con balasto. El concejal saca partidas para las alcantarillas, llamadas obras de arte. Obras concretas, en concreto. Pita el futuro su corneta de aire. Entran avaluadores, rematadores, maestros escuela, soldados, policías. Todo cambia, los recién llegados no se bañan en las aguas del mismo río donde el trochero aplacó el sedón.

La carretera sigue la huella. De la trocha hace brecha, banca. Las cercas tienen cinco hilos. El ganado pasta, el café granea. El cemento reemplaza la madera. La sombra escasea, la humedad huye, el barro se seca. A veces llueve, a veces llueve mucho. A veces diluvia. La carretera no da abasto, se derrumba la banca, se caen los puentes. El municipio aparta partidas, el gobierno decreta auxilios. Las empresas donan aportes para sí mismas. Florecen los campos, los pastos crecen, las nubes se levantan. Todo es gloria, sol, luz. Llega el pavimento, negro, flexible, parejo. Desaparecen huecos, los baches. Desaparece también la gente. El tiempo se acorta. La carretera va lejos, la trocha muy lejos. Son el pasado. Los ingenieros trazan la nueva vía suavizando pendientes, rectificando, acortando camino. Se paga a los dueños de las tierras beneficiadas los perjuicios y se deja, mirando el futuro, la zona de carretera: 17 metros a lado y lado del nuevo trazo. Los propietarios levantan cercas para separarse de la vía pública, para que la tractomula no les mate una vaca; la gente transita por esas zonas; por ahí se lleva el ganado de un potrero a otro, de una finca a otra.

Un día aparecen cultivos de teca o de acacia mágnum, o cercas de cemento en la berma misma. Los propietarios han resuelto ampliar sus haciendas con franjas de terreno público. Nadie rezonga. Los alcaldes miran para otro lado, los vecinos temen y hacen lo mismo. A los concesionarios les importa un pito. La gente de a pie no encuentra por dónde caminar. Por detrás del nuevo lindero se arriesgan a ganarse un balazo. Por fuera de la cerca, sobre la berma, se exponen a que un “borrador” los desaparezca. Los notarios realinderan la propiedad, ponen nuevos mojones. El propietario se explaya con el cuento de que los desplazados pueden construir un cambuche y la policía no los desaloja.

Ahora cuando llega el TLC y las carreteras se tienen que reconstruir después del paso de la Niña —feria de ayudas humanitarias—; cuando las dobles calzadas son inaplazables, ahora, los propietarios se frotan las manos: ha llegado la hora de vender la zona de carretera a la Nación. El concesionario se frota las manos: es la hora de comprar, avaluar, echar a rodar el carrusel. Hace pocos días la directora del Invías declaró que el gran problema de la reconstrucción vial es la negociación de tierras con los dueños de fincas aledañas. ¿Estará dispuesto el inquieto ministro de Obras Públicas a intentar restituir a la Nación esas tierras robadas? Deben ser miles y miles de hectáreas, porque a donde se vaya —los Llanos, el bajo Cauca, el Valle, Cesar— las haciendas se han ampliado sobre las zonas de carretera. Sería una buena señal de la manida presencia del Estado echar para atrás esos linderos y restituir las tierras públicas a la Nación.

 

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