Por: Cristina de la Torre

Europa invertebrada

Rubio, hermoso, cristiano y bien nacido. Ario. Y, sin embargo, Breivik disparó sin pestañear sobre 80 compatriotas suyos en la idílica Noruega, meca del Nobel de Paz, refugio de perseguidos.

Ni negro ni musulmán, la blanca piel del asesino magnificó el horror, pues violentaba la estética política de un continente exquisito que hoy padece los estragos del mercado, tras décadas de bienestar sin precedentes. En crisis de identidad y desempleo, media Europa se indigna contra la opulencia de los banqueros, labrada en la desgracia de muchos y en menoscabo de sus clases medias. La otra mitad se agita en populismos de derecha y apunta contra la raza de los invasores: islamitas, africanos, latinoamericanos. El “peligro amarillo” hecho carne. Si después de la Segunda Guerra aportaron ellos su cultura a una sociedad plural y su trabajo a la prosperidad, hoy son Belcebú, el enemigo bíblico que hinca sus garras en los oficios manuales que ya sus anfitriones quieren. Ahora son migrantes que buscan destino en el Viejo Continente, tras perderlo en sus países de origen por la invasión de mercaderías europeas a costa de las suyas propias.

Europa se descompone bajo el peso de la crisis económica. Unos se revuelven contra medidas de choque que en América Latina pasaron como un ciclón y ahora se les imponen allá. Recortes al gasto público, privatización de los servicios públicos y la seguridad social, austeridad draconiana y flexibilización laboral. Otros como Breivik van por una deriva del modelo: la competencia cobriza por los puestos de trabajo presentada como amenaza a la cultura cristiana occidental. El fanático de marras declaró con frialdad digna de Torquemada que obraba en protesta contra los musulmanes, los migrantes y el multiculturalismo. Manes de las más vergonzosas profilaxis raciales y culturales que en el mundo han sido: siete siglos de cruzadas contra el islam, la cremación de judíos en los hornos de Hitler, las leyes antiinmigración de Berlusconi. En España, los jóvenes demandan democracia económica y política. En Noruega, el Partido del Progreso de nuestro tronante mono predica mano dura contra el extranjero. Del mismo jaez, el Tea Party en Estados Unidos persigue inmigrantes, despliega un discurso tan incendiario como el del Ku Kux Klan e inspira adefesios como el del centro de indoctrinamiento ultraconservador y racista, la Tampa Liberty School.

Conforme se agudiza la crisis y nuevos migrantes pisan tierra europea, se multiplican allí los partidos de extrema derecha. En Escandinavia, en Austria y Hungría, en Francia y Bélgica, en Holanda, Italia y Dinamarca cogobiernan. La civilizada Europa torna al populismo —de derecha—, “anacronismo” que se creía exclusivo de la silvestre América Latina: la pasión desnuda, mentís del ciudadano excelso que habría de venir con la economía de mercado. Aventuraba Chantal Mouffe que estos movimientos venían a llenar el vacío de opciones que la mimetización de los partidos tradicionales en el centro del espectro político había creado: a partidos asexuados en el consenso, partidos beligerantes en el disenso. Razón tendría. Mas en estos años —como en los años 30, cuando a la crisis del capitalismo el nazi-fascismo opuso políticas de choque, violencia, odio racial y ultranacionalismo— los populismos de derecha responden a nuevos motivos.

Variopinta es la respuesta a la presente crisis. Los indignados reclaman la nuez del Estado de bienestar. Devolución al poder público de su función social. Intervención en la economía. Empleo. Los Breivik, por su parte, denostan de la liberalidad de la socialdemocracia con el extranjero, practicante de costumbres sospechosas, creyente de otros dioses y usurpador de su empleo. Es la respuesta atávica a la crisis de una Europa que se desvertebra en el mercado.

 

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