Por: Eduardo Sarmiento

EE.UU., cerca de la recesión

En septiembre 11 de 2010, en una columna titulada "La recesión de dos caídas", mostré que la economía de Estados Unidos se había desacelerado y estaba en la antesala de una nueva recesión.

El artículo contrastaba con los comentarios y diagnósticos de los círculos influyentes y anticipaban que la economía estadounidense se aceleraría en 2011 y alcanzaría tasas de crecimiento superiores a 3% y desempleo cercano a 8%.

Los resultados están a la vista. En el primer trimestre el producto nacional creció 4% y en el segundo 1,3%. El desempleo, luego de haber declinado, volvió a la tasa descendente y actualmente se encuentra en 9,1%. En junio la producción industrial, los inventarios, el consumo y las cotizaciones de las acciones entraron en la zona de índices negativos y en las últimas semanas se derrumbaron las cotizaciones de la bolsa, presagiando una nueva recesión.

¿Como se interpreta ese fiasco? La verdadera causa de la crisis mundial es la invalidez de las teorías que sirvieron para justificar el orden económico internacional. La globalización se manifestó en un exceso de ahorro mundial con epicentro en Estados Unidos, que se ha subsanado con la valorización de activos inducida por la emisión monetaria y la ampliación creciente del déficit fiscal y el endeudamiento, que no son sostenibles.

Como se vio en el último año, las decisiones de reducir el gasto público provocaron la desaceleración de la actividad productiva, que posteriormente se magnificó por la elevación del ahorro inducida por la baja de los precios de las acciones. Quedó al descubierto la deficiencia teórica. Contrario a las concepciones clásicas y keynesianas que dominan los libros de texto, la caída del ingreso ocasiona una elevación del ahorro que refuerza el proceso y lo precipita en caída libre. La política fiscal y monetaria combinada detiene la caída del producto, e incluso la revierte, pero no evita que recaiga más tarde.

Las autoridades económicas se equivocaron desde 2008, cuando dieron por dado que se trataba de una crisis de liquidez o solvencia que se resolvía con la política monetaria. Lo hicieron de nuevo cuando dieron por dado que la política fiscal y la monetaria reactivarían la economía y luego podían retirarse sin traumatismos. Para completar los desaciertos, Obama y los republicanos se transaron en un debate bizantino para elevar el tope de la deuda, y su aprobación se condicionó a la reducción del gasto público, que agravará el deterioro de su economía.

Estamos ante una concepción teórica fallida, que los líderes mundiales se resisten a reconocer y enfrentar, y los académicos temen denunciar y cambiar. Pero se persiste en las políticas equivocadas y en buscar disculpas para justificarlas.

La solución de fondo es cambiar el orden económico internacional. Es abandonar la modalidad cambiaria flexible y sustituirla por la intervención coordinada de los tipos de cambio dentro de una organización central que garantice su cumplimiento. Adicionalmente, es necesario aceptar que los déficits fiscales y los endeudamientos sean superiores al pasado, supeditar la política monetaria a la fiscal y combinarlas para evitar las burbujas y promover la actividad productiva. En América Latina, en Colombia, se requieren nuevos modelos que le den prioridad a la estabilidad cambiaria sobre el control monetario, intervengan abiertamente en el mercado cambiario, orienten políticas fiscales y monetarias según la producción y el empleo y retornen al manejo selectivo y la industrialización.

 

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