Por: Salomón Kalmanovitz

Un año de Santos

La economía está creciendo bien por el auge de materias primas y por la política monetaria laxa que mantuvo el Banco de la República hasta hace seis meses. El auge se puede desmoronar en cualquier momento, amenazado por la crisis que se viene desatando en Europa y en Estados Unidos y la política monetaria se ha endurecido, a la vez que es indiferente a la revaluación del peso.

El gobierno no tiene un plan para enfrentar la crisis global que parece inminente. En verdad es poco lo que puede hacer, después de que no aprovechó su primer año de gobierno y su control sobre el Congreso para hacer las reformas requeridas en materia tributaria; sí logró ponerles parches a los boquetes dejados por la anterior administración en materia de exenciones irracionales y costosas. Logró hacer aprobar una reforma constitucional del anterior gobierno de sostenibilidad fiscal que pretende contener los gastos sociales que hacen cumplir las cortes.

Pero el desequilibrio fiscal es estructural y no parte tanto del gasto público, sino de los tributos. En mala hora, hace 25 años el Congreso decidió que los propietarios de las empresas y de portafolios financieros no pagaran impuestos sobre sus dividendos y sobre intereses, aduciendo que había doble tributación, lo cual no era cierto. Las exenciones se han seguido introduciendo de manera desordenada, lo cual ha deteriorado el impuesto de renta, haciendo reposar el recaudo en los impuestos indirectos que pagan los que menos capacidad económica tienen de hacerlo. Esa situación es la que el presidente Santos prometió no tocar en sus promesas electorales. Lo ha cumplido a la fecha.

Según Roberto Steiner, de Fedesarrollo, el desequilibrio fiscal hace necesario aumentar el recaudo en 2 puntos del PIB. Otros observadores coinciden que eso es apenas para hacer sostenible el gasto, requiriendo financiar con deuda pública entre 1 y 2 puntos adicionales del PIB, o sea que generar un ahorro que blinde a la economía colombiana requiere de un esfuerzo fiscal mayor.

Lo que hizo el Gobierno fue gastar más, bajo el pretexto de la tragedia invernal, y a rebarajar las cartas de las regalías a su favor. Pero recursos frescos no hay y eso se nota en el miserabilismo del presupuesto general, en especial para agricultura y educación. Y a pesar de su prédica de buen gobierno, lo que ha hecho Santos es una centralización adicional y desordenada de cada uno de los presupuestos, sin ofrecer transparencia alguna a la hora de ejecutarlos. La Unidad Nacional le ha permitido al presidente ejercer una hegemonía de la que no disfrutó siquiera Álvaro Uribe en su momento de gloria. Eventualmente ese poder va a terminar siendo mal utilizado, con grave riesgo de corrupción.

En una situación de crisis global, el endeudamiento externo y su refinanciamiento pueden tornarse onerosos. La deuda externa de Colombia en el primer trimestre de 2011 alcanzó 33.400 millones de dólares y la deuda pública total $195 billones, casi equivalente al 40% del PIB. Un aumento de los intereses causado por una nueva crisis financiera global y la pérdida de valor de las reservas, invertidas en bonos del tesoro americano, que acaban de ser degradados por Standard & Poors, pueden apretar considerablemente las finanzas del gobierno y su capacidad de gasto.

En fin, no tenemos por qué seguir el ejemplo de Estados Unidos de un sistema tributario y de gasto tan disfuncional.

 

 

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