Por: Juan Gabriel Vásquez

Vida y hechos de José Mourinho

De José Mourinho sabíamos que era un mal perdedor, un grosero y un chabacano, un encantador de serpientes, un experto en crispaciones y un manipulador barato.

Después del partido pasado (después de la victoria del Barça en la Supercopa, tan manchada y contaminada por la filosofía de la agresión que Mou ha inyectado al Madrid) sabemos otras cosas: que es un cobarde, un trapacero, un pueril, un tipo peligroso y además, sí, un pésimo estratega.

Un cobarde y un trapacero, sí, porque es de cobardes y trapaceros la manera en que se acercó a Cesc, que no sólo no lo estaba viendo, sino que estaba tirado en el suelo, y trató de pisarle la cabeza. Un trapacero y un cobarde porque es de trapaceros y cobardes aprovechar el tumulto, cualquier tumulto, para meterle el dedo en el ojo a un contrario. Es un pueril porque sólo puede llamarse puerilidad su actitud después del partido, la rueda de prensa en que fingió (como un niño, un niño malcriado) no haber hecho nada ni saber quién era Vilanova, e incluso llegó a ridiculizar su nombre (“Pito”, lo llamó, con los aires y las maneras de un matón de escuela primaria). Es un tipo peligroso porque ha recurrido con toda conciencia a la confrontación violenta entre el Madrid y el Barça, porque en cada una de sus declaraciones y sus ademanes ha buscado provocar y crispar, y eso no viene sin consecuencias en esta rivalidad. Los dos equipos tienen sus ultras y sus radicales violentos; y si bien a Messi o a Guardiola los tienen sin cuidado las salidas de tono de Mourinho, allá afuera hay un skinhead que está respondiendo cada vez mejor a las palabras del portugués.

Y es, para terminar, un pésimo estratega.

Y esto sí es una sorpresa. Hasta ahora parecía que un sector nada despreciable del madridismo en particular y de la afición en general —en España, pero no sólo en España— le perdonaba sus desmanes, sus desplantes y su general inelegancia con el argumento de que todo eso era parte de una inteligente estrategia para enfrentarse a su archienemigo: Mourinho estaba sacando al Barça de quicio, y eso, aunque es un recurso de fracasados, no está prohibido. Como estaban de acuerdo en que Mourinho era el mejor técnico del mundo, todos los interesados en cortarle la racha al Barça de Guardiola decidieron recibir su discurso antideportivo y sus infantiles calumnias como si se tratara de, por ejemplo, un cambio de alineación. Pero hasta el más despistado se da cuenta de que el macabro plan del gran estratega ha tenido el resultado contrario. Si el principal problema de Guardiola era cómo motivar a este equipo que ya lo ha ganado todo, que no se preocupe: de eso se ha encargado Mourinho.

En el camino, sin embargo, van quedando las víctimas colaterales de esta guerra. Primera víctima: el espíritu de equipo de la mejor selección española de todos los tiempos, envenenado por el rencor que hay ahora entre Casillas y Ramos, de un lado, y Puyol, Xavi, Iniesta y Piqué del otro. Segunda víctima: la reputación del Madrid, que en todo el mundo —de Inglaterra a México, de Argentina a Australia— se está ganando el menosprecio de los neutrales. Y esto es, quizá, lo que no le perdono a Mourinho: que haya convertido un equipo de fantasía, encabezado por un caballero del fútbol como es Casillas, en una triste reunión de resentidos.

 

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2011-08-25T23:00:00-05:00

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