Por: Cecilia López Montaño

¿Sociedad sin valores?

En el caso del escándalo del Bolillo Gómez parece oportuno un adagio de nuestras abuelas: "No hay mal que por bien no venga".

Porque la verdad es que gracias a este desafortunado hecho surgió la posibilidad en el país de iniciar un debate profundo sobre lo que está sucediendo en la sociedad colombiana. Durante los últimos años este país ha visto posturas que han terminado influyendo decididamente en el comportamiento de sus ciudadanos, y en particular de sus figuras públicas. Gracias a lo que se ha escuchado de voces supuestamente autorizadas no somos un Estado de Derecho, sino un Estado de Opinión; la premisa fundamental es que todo vale; se acepta la violencia verbal de nuestros líderes porque es sinónimo de carácter; prevalece la figura del macho que todo lo puede; se subestima la opinión de quienes disienten y no se desaprueba el irrespeto a los derechos humanos, especialmente si se trata de mujeres y opositores. Como bajo esas normas se obtuvieron resultados deseados como el debilitamiento de las guerrillas, la sociedad asimila estas normas de conducta como positivas.

La prevalencia de este escenario se hizo claramente evidente con la agresión del Bolillo a una mujer, no sólo por el hecho mismo, sino por el debate generado en algunos sectores. Así como se dieron reacciones tan duras que lo obligaron no sólo a presentar excusas sino a renunciar, las actitudes de esa Colombia descrita anteriormente no se hicieron esperar. Desde risas de hombres, importantes dirigentes empresariales que consideran el caso Bolillo como un chiste, hasta la defensa del Bolillo no sólo de futbolistas, de hombres patriarcales, sino hasta de una senadora de la República que ha avergonzado tanto como el Bolillo a esa Colombia distinta que no cree en el comportamiento adoptado por muchos.

Su salida es en realidad una señal que fortalece los valores de la sociedad: la violencia, y menos cuando se trata de una mujer, no es tolerable en una sociedad civilizada. Por consiguiente, aceptar su renuncia fue una manera de darle al país el mensaje de que no todo vale, de que a la mujer colombiana se le debe respetar en cualquier circunstancia. Y el más importante: de que ser figura pública implica serias responsabilidades y no sólo derechos. De lo contrario, lo que se generaría sería en términos sociales una sociedad inviable, no por la violencia, sino porque Colombia sufre de anomia, entendida como “la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad. La anomia es (…) una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios. La relación entre los medios y los fines se debilita”. En términos simples se trata del fin, subestimación o debilitamiento del control social ejercido por todos los ciudadanos, como está sucediendo con este caso en Colombia.

En este país lleno de economistas se subestiman este tipo de graves falencias y se limita todo a crecer, a generar riqueza, así sea para unos pocos, y se desconocen las graves consecuencias cuando una sociedad acepta no tener normas, que parece ser lo adoptado en muchos sectores de la dirigencia nacional. Peligroso camino cuando el mundo hierve, no sólo por la situación de las economías, sino por la insatisfacción e indignación de sus habitantes. Y si esto sucede en aquellos países que como Inglaterra tienen estándares de vida mucho mejores que los nuestros y en Chile que ahora se considera nuestro modelo, ¿qué pasará en Colombia si no atacamos esta vía a la anomia que pareciera estar imponiéndose desde arriba?

 

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