Por: Klaus Ziegler

Plagio y propiedad intelectual

En mi columna anterior hice referencia a un conocido argumento antidarwinista: la metáfora del Boeing 747 con la cual se pretende demostrar que la aparición de un órgano complejo como el ojo no puede ser un evento fortuito. Para mi sorpresa, uno de los lectores no dudó en descalificar el escrito como "…desvergonzado resumen con ejemplos literales del libro Climbing Mount Improbable, de Richard Dawkins". Añade no haber leído la metáfora en ningún otro lugar, lo que al parecer terminó por confirmarle su sospecha de plagio.

¿Por qué no cito el texto, como reclama irritado el forista? La respuesta es simple: no lo he leído. Debo confesar, sin embargo, que conozco otros libros del escritor británico, entre ellos “El relojero ciego”, donde también aparece la metáfora del avión. ¿Y entonces, por qué omito la cita? Simplemente porque ni esta objeción a la teoría de Darwin, ni mucho menos su refutación son autoría de Dawkins. De hecho, como sabe cualquiera que posea una mediana cultura científica, la vívida metáfora se debe al imaginativo y controversial Fred Hoyle, quien al parecer la utilizó por primera vez en una de sus conferencias, hace más de treinta años. Poco después la idea apareció impresa en un artículo de la revista “Nature” de su misma autoría, y antes de Dawkins, fue criticada por biólogos eminentes, como John Maynard Smith, y bioquímicos como Robert Shapiro. Y ha sido objetada por varios filósofos, entre ellos Daniel Dennet, y defendida por teólogos como William Dembski. La célebre ocurrencia de Hoyle hace parte hoy de un patrimonio cultural universal que no es propiedad intelectual de nadie.

Y ni siquiera podríamos decir que la idea es totalmente original, pues en realidad la metáfora es una versión en un lenguaje asequible de conocidos argumentos probabilísticos en contra de la evolución, como aquel del quimérico mono literato que tecleando al azar escribe a Hamlet, otra idea de dominio público, que deriva de un viejo argumento de Pascal, quien a su vez lo tomó prestado de Aristóteles...

Y cuando hablo en esa misma columna de la evolución del ojo, ¿por qué no cito la fuente? Simplemente porque no existe “una fuente”, sino miles de artículos impresos, de los cuales he leído decenas, y más de siete millones de entradas en Internet solo sobre este tema. No son autoría de Dawkins, ni las objeciones a la imposibilidad de la evolución gradual del ojo, ni las muchas impugnaciones que se han escrito como respuesta. Tampoco es suyo el argumento de la complejidad irreducible, cuyo principal proponente ha sido del bioquímico creacionista Michael Behe, quien a su vez le atribuye la idea al filósofo William Paley, a quien se debe el viejo “argumento teleológico del relojero” –¿ciego?--, y que en esencia es el mismo asunto discutido extensamente por Darwin.

Hay que entender además que una columna de opinión no es un escrito académico, y que por fortuna escapa a esa detestable exigencia que obliga a rellenar las publicaciones universitarias con citas en su mayoría inútiles, bien sea para crear la ilusión de erudición, o de rigor y respetabilidad intelectual, como ocurre con los circuitos cerrados de citas en algunas disciplinas. Y otras veces, solo por la necesidad de satisfacer el ego de algún jurado, o de los mismos editores de las revistas. Tampoco faltó el lector que exigiera las líneas de código del programa “Maple” (disponible en [email protected]) que utilicé para simular un sencillo proceso evolutivo, y cuya modesta pretensión era ilustrar de manera vívida un experimento mental que, hasta donde conozca, ningún autor, incluyendo a Dawkins, se ha tomado el trabajo de presentar en forma explícita.

Dejando de lado la indelicadeza del forista y lo improcedente de su reclamo, sus palabras podrían aprovecharse para discutir brevemente un problema harto complejo que, en esta época de autopistas informáticas, se ha vuelto aún más relevante: ¿hasta dónde una idea es realmente original, variación de algo ya sabido, o plagio vulgar?

Cuando analizamos la historia de la cultura vemos que la línea divisoria entre lo realmente nuevo y lo conocido es en extremo borrosa. El teorema fundamental del cálculo se considera uno de los grandes “descubrimientos” de Newton. No está claro hasta donde es original, o solo una reformulación de la llamada “regla de Barrow”. En su magnífico escrito, “Del rigor en la ciencia”, Borges imagina un absurdo mapa que tiene “el tamaño del imperio y coincide puntualmente con él”. No menciona, sin embargo, que la idea aparece en “Sylvie and Bruno Concluded”, de Lewis Carroll: “…¡hicimos un mapa del país, en una escala de milla por milla!...”. ¿Plagia Borges a Carroll? Mozart fue un maestro en el arte de tomar piezas musicales “prestadas” y convertirlas en propias. Se estima que un buen número de sus melodías aparecen en composiciones de sus contemporáneos. ¿Fue el genio de Salzburgo un “reciclador” profesional? Y acerca del plagio opinaba Montaigne: “Crisipo incluía en sus obras no solo pasajes, sino libros enteros de otros autores, y en una incluyó la Medea de Eurípides. Apolodoro decía que si uno borrara lo prestado, en sus obras no quedaría más que el papel en blanco”.

“Los buenos artistas copian; los grandes artistas roban”, dijo alguna vez Picasso. Y sobre su propia originalidad decía Woody Allen: “Le he robado a Bergman, a Groucho, a Chaplin, a Keaton, a Martha Graham, a Fellini…, soy un ladrón desvergonzado”. Por supuesto que existe el plagio llano y plano, aunque, de otro lado, también hay mucho de verdad cuando se dice que no hay nada nuevo bajo el Sol. Espero que esta vez no aparezca un lector que me acuse de plagio por no encerrar entre comillas la última parte de la frase anterior. 

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