Por: María Elvira Samper

No llorar sobre la leche derramada

Hoy votaremos una vez más por alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles.

Una vez más y no obstante las alertas de la Misión de Observación Electoral sobre los municipios en riesgo (544 frente a 328 en 2007); el celo de la Registraduría para depurar el censo de muertos y evitar fraudes, y del Consejo Electoral para evaluar un millón de inscripciones y anular cerca de 500.000 cédulas por trashumancia; el apoyo del Ministerio del Interior y de los órganos de control en el escrutinio de las hojas de vida de miles de candidatos; las nuevas y más estrictas reglas del juego para los partidos y sus directores (más de 2.000 aspirantes fueron excluidos de las listas y revocados cerca de mil avales), y el esfuerzo de los medios para denunciar irregularidades, el mapa político en muchas ciudades y regiones será mañana el mismo de hoy. Y será como para ponerse a llorar, así los partidos intenten sacar el mejor partido de sus pírricas victorias.

Con tristeza, habremos de comprobar que, a lo largo y ancho del país, la política sigue estrechamente vinculada a la ilegalidad. Miles habrán votado por miedo, por billete, un bulto de cemento, una teja, o por la promesa de un puesto, una beca, un contrato; los ‘parapolíticos’, aliados de quienes se propusieron “refundar la patria”, seguirán controlando desde las cárceles y en cuerpo ajeno sus feudos electorales, y no serán pocos los elegidos que servirán de mascarones de proa de mafias y grupos armados. Pese a la labor de la justicia, el poder local que conquistaron los paramilitares sigue intacto en cabeza de las llamadas bacrim. Muy pocos han aprendido la lección y en uno de cada tres departamentos se presentaron candidatos vinculados con grupos ilegales o con ‘parapolíticos’ condenados. Y como uno de cada cuatro municipios está en alto riesgo de ser dominado por grupos ilegales y mafias, incontables alcaldías quedarán en sus manos, y otras muchas bajo el dominio de roscas familiares que llevan años esquilmando las arcas públicas. Según el reciente informe de Desarrollo Humano de la ONU, el poder no ha cambiado de manos en 132 municipios desde 1998, y es probable que no cambie y que esos municipios sigan siendo los más pobres del país.

No les falta razón a los que sostienen que gran parte del problema se debe a la descentralización, que significó millonarias transferencias a gobernaciones y alcaldías y las convirtió en atractivo botín para políticos corruptos, guerrillas, paramilitares y contratistas. Pero es a los partidos a los que les cabe la mayor responsabilidad por esta perversión, porque perdieron el norte y sacrificaron las ideas, porque abandonaron sus funciones de representación e intermediación de intereses colectivos, y se convirtieron en simples empresas electorales permeadas por intereses espurios. Y que no han cortado amarras con la ilegalidad lo prueba el hecho de que, no obstante las drásticas sanciones que establece la nueva ley que los obliga a responder por la gente que avalan (multas, pérdida de personería jurídica y silla vacía…), en esta oportunidad tampoco se dieron el lapo de depurar por completo las listas de políticos indeseables. Y no están libres de culpa los abstencionistas, los que venden el voto, los que votan a sabiendas y no necesariamente coaccionados por candidatos de dudosa ortografía, y los que se presumen inocentes porque dizque no se “meten en política”. Unos y otros contribuyen a consolidar lo establecido, unos y otros son cómplices o aliados inconscientes de quienes han pervertido la política. Que no lloren mañana sobre la leche derramada.

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