Por: Alfredo Molano Bravo

Entre claro y oscuro

El helicóptero aterrizó levantando polvo, arriando ramas secas y doblando matas. Un turbión.

Hacía poco habían levantado las torres de telefonía y la gente se preguntaba por qué cuatro antenas y no una sola, si el pueblo es apenas más grande que un caserío en medio de una sabana seca, donde algún día, contaba mi padre, se cultivó tabaco traído de Zambrano. Hoy hay mero ganado. Aterrizó el helicóptero –digo– y se bajo él en persona. De barba jecha, el pelo recogido detrás de la nuca. Yo no lo conocía. Era alto y gordo. Pesado. Lo escoltaba el Viejo, un mando que nos había invitado a la reunión diciéndonos que era obligatoria. Que nadie podía faltar.

Obedecimos, mitad por curiosidad, mitad por miedo. Todos estábamos ahí, mirando cómo abrazaba al Tuto Castro y a otros ganaderos de San Ángel, de Pivijay, de Punta de Piedras. Le hicimos calle de honor y él paso sin mirar a nadie. O no supimos si miraba porque hablaba por celular. Lo seguía su tropa enfierrada y con el dedo en los gatillos. Lo acompañamos hasta la casa de la hacienda La Pola, donde muchos trabajábamos en las parcelas que el Incora les dio a nuestros cuchos cuando la invadieron porque no tenían dónde trabajar con tanto ganado como ya había.

Era una casa alta, de dos pisos y balcón. Por ahí apareció él, después de tomarse unas cervezas en el primero. Saludó como saludan los soldados y gritó: “Estamos en guerra. De hoy en adelante no volverá a haber terroristas. Terrorista que encontremos ¡Al piso, a llenarle la boca con tierra! Se acabó la vagabundería. Vamos a trabajar. ¡A trabajar como Dios manda! El que quiera quedarse, que se quede, pero que sepa que estamos en guerra. Y la guerra es a muerte”. Después no volvimos a verlo. Bajó a hablar con los patrones, almorzaron juntos. El helicóptero alzó el vuelo cuando el Viejo, con quien había llegado, nos mandó reunir. Fue más claro: “Como ustedes oyeron, estas tierras quedan de cuenta del Patrón. Nosotros traemos nuestros propios trabajadores. Ustedes pueden hacer el atado y desfilar. Aquí, nada tienen que hacer”.

Así era, nadie sabía qué hacer ni qué decir ni para dónde mirar. Yo creí que era un embuste. El Pastor levantó la mano y dijo: “Permítame, comandante, pero eso es un robo”. “Ningún robo. Aquí no se aceptan peros”. El Pastor volvió a levantar la mano, pero no pudo sostenerla alzada. El Viejo le hizo un gesto al Flaco, y este, sin más averiguaciones ni peros, lo empujó al suelo y le soltó en la cara la carga completa de su pistola. Los tiros quedaron retumbando en el aire mucho tiempo. Silencio. Al fin, Maclovio, presidente de la Junta de Acción Comunal, soltó un grito sin decir nada. Nadie volteó a mirarlo siquiera. Estábamos clavados a la tierra. Montaron a Maclovio en un Toyota y sin decir por aquí vinimos, se fueron. Nadie se movió hasta que dejamos de oír el ruido del motor. Entonces yo corrí al corral donde había amarrado la bestia y los seguí.

Los alcancé entre claro y oscuro haciendo un derechazo. Pasaron recochando como si fueran de feria. Los dejé coger una ventajita y así, atisbándolos desde lejos sin dejarme ver, los seguí. Los seguí con el credo en la boca. Ni sé por qué. A Maclovio lo llevaban maneado como una res, tirado en el piso, y ellos iban haciéndole al ron. ¿Qué podía yo hacer? ¿Mirar que lo mataran? Ni sé. No eran tiempos de preguntas. Cogieron el rumbo a Real del Obispo. Yo los divisaba al sesgo. No dejaba de seguirlos, hasta que la oscuridad llegó como sabe llegar. En Caño Arenales me cayó la noche. Clareando llegue al Real. Pregunté por el hombre. Nadie hablaba, nadie miraba a los ojos. Ninguno me veía. Allí yo era hasta mentado porque trabajaba en las haciendas de Tenerife o ayudando a pasar carga para San Agustín. Pero nadie me conocía. Yo daba vueltas y vueltas buscando a Maclovio. Buscando el trillo que se deja cuando uno sabe que se va a morir. Sabía que lo habían matado y por eso lo seguía buscando. Tomábamos juntos desde muchachones. Cuando estaba borracho tocaba la caja y le daba, acompañando una letra que solo él sabía.

“Busque por el cañahuate”, me dijo una mujer que nunca había visto. Fui a buscarlo, como por no dejar, al pie del árbol. Y sí, ahí lo habían dejado enterrado a medias en un arenal. Ni siquiera tuvieron la decencia de hacerlo en tierra negra, como se debe enterrar a los cristianos. Me lo tercié al hombro, lo monté en la bestia amarrado con un rejo, y por la tardecita, cuando ya comenzaba a oler a difunto, lo enterré en la parcela que nos había robado el Cuarenta en las propias Sabanas de San Ángel.

313457

2011-11-27T01:00:00-05:00

column

2013-09-18T13:48:02-05:00

none

Entre claro y oscuro

20

4758

4778

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo

Mientras regreso…

Desparchados y encombados

El “Alfonso Cano” que conocí

Delito de hambre

¿Y ahora qué?