Por: María Elvira Samper

Gajes del oficio

Como bien dice ese maestro del periodismo que es Javier Darío Restrepo, "lo propio del periodista es la duda, el periodista duda, luego existe".

Y dudas e interrogantes es lo que han planteado en sus columnas de El Tiempo y El País las periodistas María Isabel Rueda y Cecilia Orozco, sobre las posibles implicaciones que para el ejercicio de su cargo pudiera tener la relación sentimental de la fiscal Viviane Morales con Carlos Alonso Lucio, de quien había estado separada y con quien se reconcilió luego de su elección en la Fiscalía, según ella misma reconoció con un “sí” rotundo en una entrevista que concedió hace pocos días a la revista Bocas. Meses antes, cuando esa convivencia era sólo un rumor, también los había ventilado María Jimena Duzán en su columna de Semana.

Interrogantes legítimos y dudas razonables, por dos razones fundamentales: porque Viviane Morales es la fiscal general de la Nación, uno de los más altos cargos de la rama jurisdiccional, y porque Lucio no es un ciudadano cualquiera, pues muchas de sus actuaciones han sido públicas y su trayectoria no ha sido propiamente la de un santo: exguerrillero del M-19, tuvo vínculos con el Eln, los capos Rodríguez Orejuela y las Auc, y en su hoja de vida registra una condena por estafa. Pero, además, y eso prende aún más las alarmas, porque fuentes de la Fiscalía aseguran que tiene intereses en algunos casos.

La fiscal está muy molesta, pues considera que es una intromisión indebida en su intimidad. Tanto lo está, que parece haberle decretado una especie de veda informativa a medios como la W, que le han hecho eco a la controversia. Cierto es que “el corazón tiene razones que la razón no entiende” (Pascal) y razones debe tener el suyo para amar a Lucio, pero lo que no puede pretender es que el resto de los mortales las comprendamos, y que esa parte de su vida privada deba estar exenta del examen público. Poner el dedo en la llaga, abrir interrogantes, cuestionar o preguntarse por la posibilidad de que Lucio pueda tener influencia en algunas de sus decisiones, o en las de algunos funcionarios del ente de control, e incluso tener acceso a información reservada, no sólo es lícito, necesario y pertinente, sino una obligación periodística.

Abogada y excongresista, la fiscal debe saber que, paralelo al derecho a la intimidad, está el derecho de la ciudadanía a la información sobre sus gobernantes y sobre todas las personas que ejercen funciones públicas, y que aquellas que, como ella, tienen mayor exposición y responsabilidades que los ciudadanos de a pie, ven atenuado, disminuido o restringido el de la intimidad. Por eso es que en casos como el suyo, cuando entran en colisión esos dos derechos, por regla general prima el de la información: el interés público sobre el interés privado.

Preguntar, investigar e informar sobre todo aquello de la vida privada de las figuras públicas que tiene alguna relevancia para los ciudadanos o que pudiera afectar el desempeño correcto y eficaz de sus funciones, no es, ni mucho menos, un despropósito, tampoco una intromisión indebida en la intimidad, pues atañe al bien común, al interés general. La relación sentimental de la fiscal Viviane Morales con Carlos Alonso Lucio entra en esa categoría. El escrutinio público de su vida privada es uno de los costosos peajes que debe pagar por tan altos ministerios. Gústele o no, y aunque la saque de casillas.

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2011-12-11T01:00:00-05:00

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2013-07-26T05:46:51-05:00

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