Por: Salomón Kalmanovitz

¿A dónde van los toreros muertos?

Miles de toros son molestados, torturados, picados, exhibidos cada año en España y sus excolonias, sometidos por el más narciso de los deportes (o artes). Un toro muerto no es noticia, pero un torero cogido sí lo es, por la rareza de su ocurrencia. Los Toreros Muertos era un grupo de rock español.

Se trata de una lucha desigual: una cuadrilla de asistentes marea al toro, unos picadores obesos sobre unos caballos acorazados les meten unos lanzazos tremendos, hasta que el toro queda totalmente aturdido. El público enardecido clama por sangre, borracho de cerveza o de manzanilla, aunque los insignes asistentes y los exponentes de las fuerzas vivas de la Nación tomarán buen whiskey.

Antes de la faena, el torero reza para que alguna virgen lo proteja, se confiesa para estar en estado de pureza por si le llega la hora y entra al ruedo a jugarse la vida, aunque las posibilidades de que un toro lo revuelque o lo mate, como ya dije, no son muy altas. Es un ritual en que se invoca a los hacedores de milagros, aunque insisto en que no es necesario ninguno. Se requiere más bien ejercicio, agudizar los sentidos y estudiar cuidadosamente los movimientos de la bestia para contrarrestarlos.

Una vez que le han clavado banderillas y los picadores le han destruido la cerviz, el valiente torero le asesta el golpe mortal a la noble bestia con su espada. El torero viste de luces (no eléctricas) y se aprieta el torso y la entrepierna insinuando su paquete y sus nalguillas.

Max Weber decía que el protestantismo había liquidado la esfera de los milagros, para convertirse en una religión que obligaba a la reflexión, contribuía a la previsión y facilitaba el pensamiento científico. Pero bueno, acá tenemos a los defensores de los viejos valores y de la superstición abogando para que continúe tan hermosa y cruel fiesta.

En Cataluña, la fiesta brava fue prohibida por una alianza progresista y entró en vigor el primero de enero de este año, ante la iracundia del Partido Popular y de otras fuerzas conservadoras. Según El País de España, “la presidenta del PP catalán ha anunciado que llevará al Senado y al Congreso de los Diputados la propuesta para declarar la fiesta de los toros de interés cultural general, para que sea protegida en el conjunto de España y no pueda ser prohibida por una comunidad autónoma”.

Yo no creo que sea bueno prohibir cualquier cosa. Si la medida resulta efectiva, no es resultado de la prohibición sino de que Cataluña es la región más industrializada de España, más cercana a la frialdad y al cálculo racional que Weber asociaba con el protestantismo, pero que se desarrollan por sí solos con la disciplina del capitalismo industrial: previsión, ahorro (el resto de españoles critica a los catalanes por tacaños) y rechazo a los aspectos supersticiosos de la religión, que queda confinada a la esfera íntima de las personas.

En Colombia se ha venido reduciendo el público adicto a los toros. Las corridas no alcanzan a llenar las plazas, la edad promedio de los asistentes es cercana a los 60 años, sólo superada por la de los escritores taurinos. Sin embargo, algunos jóvenes han incursionado en esta curiosa carrera (la de torero, digo) y recorren las plazas menores, construyendo pequeñas reputaciones.

Eventualmente, las corridas de toros se extinguirán por doquier, gracias a la modernidad. ¿A dónde irán entonces los toreros muertos? Pues, como todos, hacia la gran nada.

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