Por: Reinaldo Spitaletta

Urabeños y paro armado

Hoy son los Urabeños (o uribeños, según dicen algunos con aire de sátira) y los Rastrojos y los Mondongueros y un largo etcétera; ayer eran los paramilitares (siguen vivitos y coleando), los cortacabezas, los de Sangrenegra, los de Efraín González, los Chulavitas y más atrás, por allá en la guerra civil de las escuelas, siglo XIX, surgieron Los Mochuelos, una guerrilla goda. Somos barbarie y bandidaje; narcotráfico y mafias. Una historia sanguinolenta, la nuestra.

Los Urabeños, una de las muchas organizaciones que los medios y los militares llaman, tal vez como un eufemismo, bandas criminales, son la expresión rampante del paramilitarismo, el narcotráfico y las mafias, una combinación letal que hace rato domina los escenarios rurales y citadinos del país. No son de generación espontánea, sino la manifestación de un plan, en el cual la red montada incluye influencias políticas y, como ha pasado con el paramilitarismo, con “ayudas” oficiales y colaboraciones de miembros de las Fuerzas Armadas. Casos se han visto.

Los Urabeños, que por estos días están sembrando el terror y la intimidación armada en seis departamentos, en los cuales tienen una vasta presencia, hunden sus raíces en esa mentalidad mafiosa, muy añeja en el país y que merecería, desde luego, investigaciones de fondo de parte de académicos y científicos sociales, que en otros días creó organizaciones como el cartel de Medellín. A éste, por ejemplo, sucumbieron muchos que entonces eran miembros de guerrillas como las del Epl y los elenos.

De la primera de las mencionadas agrupaciones armadas, eran parte (como en otro momento lo fue “don Berna”) los hermanos Dairo y Juan de Dios Úsuga. Su accionar estaba en Urabá y Córdoba. Cuando se desmovilizó el Epl, los mencionados y otros integrantes se pasaron a los paramilitares. Cosa normal en los espíritus mercenarios. Así se ha movido en las últimas décadas el asunto armado: guerrilleros que se vuelven “paras” y viceversa, y todo atravesado por el narcotráfico.

Al cartel de Medellín y a Pablo Escobar (que antes habían fundado el Mas –Muerte a Secuestradores- y las autodefensas del Magdalena Medio) los reemplazaron los hermanos Castaño. Era el reino del paramilitarismo, que también tuvo una fachada legal denominada las Convivir. Se expandió por Colombia, con el cuento de que eran un “ejército antisubversivo”. Los patrocinaron ganaderos, industriales, clérigos, políticos… Los bloques paramilitares se dividieron según sus intereses la geografía nacional.

Y, claro, como no era una organización monolítica, se fue escindiendo, a punta de sangre, fuego, traiciones, vendettas. Y muchos cabecillas montaron rancho aparte, con nuevas alianzas delincuenciales. Y todo con el criterio de mantener vivo el narcotráfico y de aterrorizar a la población civil a sangre y fuego, con masacres y desplazamientos incluidos. Los hermanos Úsuga, herederos del criminal alias don Mario, refundaron el paramilitarismo en Urabá, cuyos reflejos delictivos se irradiaron hasta Santa Marta, parte del Chocó, Medellín y Montería. La violencia reciclada.

Es una historia repetida (con variantes). La herencia de las mafias, de las viejas violencias partidistas, del despojo. Vuelve y juega. Desmovilizaciones, falsas desmovilizaciones, la misma vaina, nada de fondo. Es el poder del narcotráfico (que en diversos espacios superó a la oligarquía tradicional, tantas veces plegada a los capos), de las mafias, que reclutan a la muchachada pobre en un círculo vicioso de sangre y bala. Hoy son los Urabeños; mañana, otros peores.

¿Por qué sigue boyante la mafia en Colombia? ¿Por qué continúan las extorsiones? ¿Por qué florecen los combos urbanos y ejercitan a placer sus fechorías? ¿Acaso parte del Estado colombiano está al servicio de esos poderes infames? Las preguntas al respecto pudieran ser infinitas. Y las respuestas tendrían que ir más allá que las que da un presidente rompiendo un panfleto de Los Urabeños.

Somos un país muy particular, con una larga tradición de violencia. País de bandidos: unos de cuna bien y otros de baja cama. Y con otra característica, la de ser albergue especial de politiqueros y mafiosos. Menos mal que todavía nos gusta bailar y elevar cometas.

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Urabeños y paro armado

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