Por: Klaus Ziegler

Árboles solares

La semana pasada, algunos medios revivieron la noticia de Aidan Dwyer, el inventor prodigio de apenas trece años que revolucionó el mundo de la ingeniería con un novedoso sistema para captar energía solar.

Según el reporte, el científico precoz pudo superar a los expertos copiando lo que natura viene haciendo desde milenios atrás: si las hojas de los árboles no se distribuyen aleatoriamente, sino que, por el contrario, siguen algunos patrones matemáticos, entonces un arreglo de paneles solares que simulara uno de esos esquemas debería proporcionar una manera óptima de generar energía. Armado de tubos plásticos y unas cuantas celdas fotovoltaicas, el chiquillo construyó un pequeño árbol solar siguiendo un patrón matemático al que la naturaleza parece tenerle especial cariño: la llamada sucesión de Fibonacci. Según los titulares de los periódicos, su prototipo resultó 20% más eficaz que los generadores tradicionales. El diseño le valió una patente provisional, así como un premio en el concurso de jóvenes naturalistas organizado por el Museo Americano de Historia Natural.

Como suele ocurrir con los reportes de inventos geniales realizados por impúberes, uno puede apostar de antemano a que se trata de una exageración mediática, periodismo incauto, o puro afán sensacionalista. El caso de Aidan no es la excepción: semanas después de que la noticia le diera la vuelta al mundo se supo que el joven había medido el voltaje de su generador solar en lugar de su potencia (el producto del voltaje por la corriente), error que desvirtúa por completo el experimento. Llama la atención que los jueces de una institución tan prestigiosa como el Museo de Historia Natural no hayan sido más cuidadosos a la hora de evaluar una idea que a todas luces se ve poco factible, incluso a los ojos no expertos.

Es evidente que la manera óptima de captar la mayor cantidad de luz consiste en orientar cada panel en dirección perpendicular a los rayos solares. Pero el árbol, que no puede moverse, debe resolver este problema de manera diferente. Una posible solución consistiría en disponer todas las hojas en la periferia, a manera de paraguas hemisférico. ¿Por qué, entonces, los árboles no adoptan tal geometría, sino que por el contrario abundan en multitud de ramas interiores que terminan haciéndose sombra unas a otras? La respuesta hay que buscarla en el hecho de que para realizar la fotosíntesis también hay que captar una buena cantidad de dióxido de carbono, y si todas las hojas ocuparan una misma superficie muy pronto agotarían el CO2 disponible en su vecindad, y la luz, sin importar cuán abundante fuese, no podría aprovecharse a plenitud.

¿Y qué papel juega la sucesión de Fibonacci, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21,… en la que cada término (excepto los dos primeros) se obtiene sumando los dos anteriores? Resulta que estos números aparecen en la llamada filotaxia, o forma como se distribuyen las hojas en cada planta, que en muchas especies se desprenden de los tallos formando espirales ascendentes en las que dos hojas consecutivas forman ángulos cuyo cociente es igual a una fracción que tiene por numerador y denominador dos números de Fibonacci.

Durante una época se creyó que estos arreglos foliares correspondían a estrategias evolutivas para maximizar la captación de luz solar, aunque hoy se sabe que son consecuencia de un proceso dinámico iterativo que regula el crecimiento de algunas plantas. De cualquier manera, generar energía eléctrica con paneles solares en forma óptima plantea problemas de ingeniería muy distintos de aquellos que debe enfrentar el árbol al fabricar hidratos de carbono mediante la fotosíntesis. De ahí que emular a la madre naturaleza con ese propósito no tenga mucho sentido. No obstante, y a pesar de sus conclusiones erróneas, el artículo de Aidan (disponible en internet) no deja de ser admirable, si tenemos en cuenta que fue escrito por un niño. El ridículo lo han hecho los medios en su afán efectista, y más los jueces, que al parecer se dejaron confundir con lo que no pasa de ser una idea ingenua.

En su oda a la naturaleza, “El caminante”, Hermann Hesse nos recuerda que los árboles son santuarios sempiternos. Hay majestuosas ceibas centenarias que perduran a orillas de los caminos colombianos, y que se levantan imponentes desde mucho antes de la llegada de los primeros colonos. En Sri Lanka hay un árbol que data del año 288 a. C., el más antiguo plantado por un ser humano de que se tenga noticia. Y en lo alto de la montaña Fulu, en Suecia, el deshielo dejó al descubierto un abeto rojo de 9550 años de edad, un matusalénico sobreviviente de las eras glaciales. Pero además de longevos, los árboles son también seres tenaces. Un viejo Ginkgo biloba al que los japoneses llaman “el portador de la esperanza” persiste de pie en Hiroshima, testigo mudo del genocidio atómico.

Si hubiésemos podido caminar por un valle, a comienzos del Devónico, acaso habríamos notado unas plantitas herbáceas que a duras penas alcanzarían a rozarnos los tobillos: son los ancestros de los primeros árboles sobre la Tierra. En esquistos hallados en las colinas que circundan la pequeña población de Rhynie, en Escocia, se preserva con magnífico detalle una copia mineral de uno de estos “bosques” primitivos. Las siluetas negras sobre el pedernal grisáceo muestran multitud de pequeñas criaturas fosilizadas: insectos, ciempiés, ácaros… que aún se aferran a las débiles ramas donde perecieron. Para finales de ese período, los pequeños arbustos ya se habían transformado en árboles genuinos. Antiguas Wattiezas poblaban lo que hoy es Suramérica; sus troncos casi desnudos ofrecerían escasa sombra al caminante.

Sin proponérselo, el joven Aidan ha hecho que volvamos nuestros ojos hacia estas impasibles y silenciosas formas del mundo vivo, creadoras del oxigeno vital, y sin las cuales la vida como la conocemos hoy sería imposible. Es hora de reconocer nuestra deuda con estas criaturas extraordinarias, y más en un momento en que la humanidad ha alcanzado un punto de inflexión, uno en que el cáncer del capitalismo depredador ha hecho metástasis y amenaza con destruir a su huésped.

 

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