Por: Catalina Ruiz-Navarro

Crear, copiar y prohibir

La idea de "autor", es decir, la noción de propiedad intelectual, nace oficialmente en el Renacimiento.

Antes, todo conocimiento humano era dictado divino y nadie se las tiraba de genio, aunque a algunos los reconocieran como tales. Sin embargo, esos primeros autores renacentistas no eran totalmente originales. Por ejemplo, todos le copiaron a Giotto la perspectiva, un efecto revolucionario que le daba profundidad a los cuadros. Y él, a su vez, se la copió a los arquitectos. Así, idea sobre idea, copia sobre copia, se ha construido lo que hoy llamamos cultura, civilización, humanidad.

Nuestra habilidad para registrar y compartir información es una de las razones por las que hemos resultado tan exitosos como especie. Cada generación tiene acceso a las ideas y descubrimientos de las miles de generaciones pasadas y no tiene que comenzar de cero. Leyes como SOPA, sus predecesoras y las que vendrán, no sólo son mezquinas e inefectivas, también son una especie de ironía evolutiva, como si a los pájaros les dejaran las alas pero les prohibieran circular por el cielo; están en contra de la naturaleza de nuestra especie.

Cuando se inventaron el Betamax y el VHS, la gente empezó a grabar programas de la televisión y a compartirlos; la fotocopiadora revolucionó y magnificó las posibilidades académicas del mundo entero, y sí, algunos usaron el VHS para copiar películas y venderlas y otros la fotocopiadora para hacer lo mismo con los libros, pero en un balance general la humanidad salió ganando.

Estas leyes, que se discuten en EE.UU. pero que afectan al mundo entero, también subvierten la base misma de nuestro sistema penal, que es la presunción de inocencia. SOPA no diferencia entre quien postea un video de Madonna en su blog y el que replica sus discos para venderlos y lucrarse. Asume de entrada que todos somos unos “ladrones”, cuando, para muchos, el único objetivo es compartir. Internet ha debilitado la venta de libros, películas y discos originales, pero también la piratería. Yo no compro un DVD pirata desde que tengo acceso a películas gratis y con mejor calidad en Cuevana. También, aunque internet posibilita el plagio, hace más fácil descubrirlo, y las comunidades online son particularmente enfáticas en su repudio a los que se apropian de las ideas de otros sin darles crédito.

Los únicos que parecen perder con la reproducción de contenido en internet son las grandes casas de medios, que ni siquiera se han visto tan afectadas. Por ejemplo, en el 2000 se lanzaron 32.516 álbumes de música en el mundo, según Nielsen Soundscan, y esta cifra aumento a 106.000 en 2008, y cayó a 75,000 en 2010 por la recesión económica. Estos números no tienen en cuenta a los músicos independientes, que son los que más se han beneficiado de la libre distribución en internet. Felix Oberholzer-Gee, profesor de finanzas en Harvard, señala que hoy se venden menos álbumes pero muchas más boletas de conciertos, y sugiere que el gasto que cada individuo hace en música es el mismo, proporcionalmente, claro, que hace 20 años, pero distribuido de manera diferente.

La excusa para esta especie de censura internacional que propone SOPA es la protección a los derechos de los autores, pero para muchos de ellos lo más importante es ser conocidos, y en esa medida la piratería es un gran cumplido. Si queremos que los autores ganen más, la solución no es dificultar la distribución de su trabajo sino reinventar la industria para que valore más el acto creativo que el de consumo, y eso no se logra con una ley que se basa en lo que más daña a la creatividad: censurar y prohibir.

@catalinapordios

Buscar columnista