Por: Eduardo Sarmiento

No al TLC con Corea

La productividad industrial en la potencia asiática en la actualidad es similar a la de Estados Unidos y el salario tres veces menor.

Al final de la semana pasada participé en el foro “Riesgos del TLC con Corea”, organizado por una amplia coalición de sindicatos, dirigentes gremiales, congresistas de distintos partidos, académicos y estudiantes. A continuación resumo algunos aspectos de mi intervención.

Después de veinte años, la apertura económica no modificó mayormente la estructura productiva. El país tiende a especializarse en la minería y los servicios. Ambos productos enfrentan limitaciones en los mercados internacionales. Los servicios por su propia naturaleza no pueden ser intercambiados en el exterior. La minería, en razón de su alta rentabilidad privada, propicia la entrada masiva de inversión extranjera que presiona la revaluación e impide el florecimiento de otras actividades. El resultado es una enfermedad holandesa en que el consumo de bienes industriales y agrícolas se adquiere en el exterior, la producción se realiza en actividades que no generan mayor empleo o lo hacen en la informalidad y se configura con un cuantioso déficit creciente en cuenta corriente.

Aun más diciente es la evolución sectorial. El país no ha avanzado más allá de las dos etapas de las cinco que compendian el desarrollo industrial, las cuales están representadas por alimentos, confecciones, agroquímicos, algunos productos metálicos y ensamble. Está muy lejos de las otras tres etapas, representadas por la fabricación de equipo pesado de transporte, maquinaria, químicos, productos farmacéuticos y electrónica, que constituyen los productos de mayor complejidad y mayores mercados.

Corea es el país menos apropiado para realizar un acuerdo de libre comercio. En los últimos cuarenta años la productividad por trabajador en la industria creció 1,5% anual en Colombia y 7% en Corea. La productividad industrial en Corea en la actualidad es similar a la de Estados Unidos y el salario tres veces menor. Así las cosas, Colombia se vería desplazada en todas las actividades industriales de alguna complejidad; ni siquiera podría competir en las áreas de transporte y textiles. La estructura industrial se reduciría alimentos, confecciones, agroquímicos y algunos productos metalmecánicos. El golpe sería peor que el de la apertura y el TLC con Estados Unidos. Significaría renunciar a otras dos décadas de industrialización.

Se repite el error teórico. En los países emergentes, la especialización en actividades de ventaja comparativa, es decir, que revelan la menor diferencia de productividad con respecto al resto del mundo, no asegura su colocación ni significa mayor eficiencia. En su lugar, propicia la proliferación de bienes de baja complejidad que tienen limitaciones de demanda. En contravía de la ortodoxia, los hechos se han encargado de demostrar que los beneficios de los bienes transables se encuentran más en la producción y el empleo que en el abaratamiento de las importaciones.

La alternativa es el liderazgo de la industria, complementada con la agricultura, dentro de una integración latinoamericana orientada a ampliar los mercados. En virtud de la mayor productividad con respecto a los servicios y a las enormes posibilidades de elevarla con el aprendizaje en el oficio, la investigación tecnológica y la inversión física, la ampliación de la participación de la industria en el producto nacional elevaría el crecimiento económico, aumentaría la contribución del trabajo y redundaría en superávits en cuenta corriente. Así lo confirma la experiencia histórica. El progreso de Europa, Estados Unidos, Japón, los Tigres Asiáticos y ahora China fue liderado por la industrialización. Del mismo modo, las decadencias han sido empujadas por el debilitamiento industrial, como ocurrió en las ultimas dos décadas en Estados Unidos, Europa y Japón.

 

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