Por: María Elvira Samper

Los indiferentes

Curioso país este donde lo marginal, lo insustancial, lo banal, priman sobre lo central, lo sustantivo, lo de fondo.

Curioso país este donde el contrato de campesino que dice conjurar las lluvias con imanes, las tribulaciones y pataletas de unas divas, o el debate sobre las corridas de toros, ocupan más espacio y tiempo en los medios, y despiertan más interés y atención en la gente, que los desplazados, la muerte de niños indígenas por desnutrición, los asesinatos de líderes campesinos que reclaman sus tierras, el maltrato infantil, la violencia contra las mujeres... Curioso país este que tolera lo intolerable —la violencia, la injusticia, la inequidad, la exclusión, la corrupción…— y se niega a la acción colectiva. Curioso país este donde la indiferencia de tantos ha permitido y permite tropelías y crímenes de unos pocos y pese a todo se considera entre los más felices del mundo.

Razón tiene el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, cuando dice que entre las grandes dificultades que enfrenta la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras no sólo están la seguridad y los problemas de orden jurídico, sino uno menos visible pero no menos grave: los indiferentes, “los que no han despojado tierras ni han generado problemas de inseguridad pero preguntan que para qué el Gobierno se mete en eso si hay problemas más graves” (entrevista RCN La radio de la noche, enero 17). Es la primera vez que oigo a un alto funcionario del Gobierno señalar la indiferencia como obstáculo, y razones le sobran. Porque los indiferentes, los apáticos, los tibios, los que no toman partido, los insolidarios, los que prefieren vivir su vida plácidamente, de espaldas al sufrimiento de tantos compatriotas, tienen también su cuota de responsabilidad por lo que ha pasado y lo que podría pasar si insisten en mirar para otro lado, si se niegan a hacer parte de un proyecto que puede ser el comienzo del fin de un conflicto de décadas que ha dejado sin tierra a más de cuatro millones de personas. Una tragedia que la indiferencia hizo posible y frente a la cual la indiferencia ha sido la respuesta.

Por omisión, por dejar hacer y dejar pasar, por su silencio, los indiferentes, aquí y ahora, ayer y en todo el mundo, han sido en parte responsables de las grandes horrores. Cabe recordar al escritor judío Elie Wiesel —sobreviviente de los campos de concentración nazis, Nobel de Paz 1996 y luchador incansable para conservar la memoria del Holocausto para que no se repita—, que alguna vez dijo que la sociedad en que le había tocado vivir estaba compuesta por tres clases de personas: los victimarios, las víctimas y los indiferentes. Y sobre los peligros de la indiferencia escribió el discurso que pronunció en la Conferencia del fin del milenio (Washington, 1999), en el que sostiene que el siglo XX será juzgado severamente por las dos guerras mundiales, las incontables guerras civiles, los asesinatos sin sentido (Gandhi, Martin Luther King, Sadat y Rabin, entre otros), los baños de sangre en Camboya, Nigeria, India, Irlanda, Etiopía, Sarajevo, Kosovo…, la inhumanidad del Gulag, Hiroshima, los campos de concentración. Horrores que la indiferencia hizo posibles.

“Es mucho más fácil alejarse de las víctimas”, dice Wiesel. ¿No es acaso lo que hemos hecho los colombianos durante décadas? La indiferencia es el abandono de los otros, la negación de la responsabilidad social. Tal vez por eso y con el propósito de sacudir a los indiferentes, el Gobierno se propone impulsar movilizaciones de víctimas en todo el país. Para hacerlas visibles, para mostrar su compromiso y buscar el compromiso de todos. El presidente Santos acompañará la primera, programada para el 10 de febrero en Necoclí. ¿Tendrán algún efecto?

 

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