Por: Alfredo Molano Bravo

Marcha en Necoclí

El Gobierno apoya la marcha por la tierra en Necoclí, que cuando aparezca esta columna ya conoceremos lo sucedido. Que puede ser mucho. El Urabá ha sido, como dice León Valencia, el corazón del despojo de tierras en el país.

Allí se han llevado a cabo las peores y más sangrientas masacres para obligar a los campesinos a huir y dejar sus fincas en manos de paramilitares primero y luego de bananeros y ganaderos. Es un conflicto antiguo que nace en los años cincuenta con la apertura de la Carretera al Mar tan anhelada por Antioquia. La vía trajo colonos, y los colonos, ganaderos. Las grandes haciendas nacen de pequeñas mejoras. Diez años después llegaron los bananeros huyendo de los sindicatos y los huracanes que en las plantaciones de Fundación y Ciénaga no los dejaban en paz. Compraron fincas, tumbaron monte, ampliaron predios, sacaron gente y, al final, formaron lo que, desde entonces, se llama Eje Bananero, entre Apartadó y Turbo. Pero tras ellos llegaron, también, los sindicatos. Los abusos con los campesinos —convertidos a la fuerza en obreros— eran brutales: salarios de hambre, jornadas de trabajo sin término, prestaciones nulas. La pelea quedó casada. Y sobre ella se organizaron las guerrillas y sobre las guerrillas, los paramilitares. Los bananeros prefirieron financiar con sus fabulosas ganancias la formación de grupos de autodefensas a mejorar las condiciones de vida de sus trabajadores. Por cada caja de fruta exportada contribuían con tres centavos de dólar a los fondos de las Auc.

El Estado se hizo el de la vista gorda y el de la oreja mocha. La impunidad reinante y la participación de la fuerza pública en la alianza envalentonaron al narcotráfico y fortalecieron el latifundio. Fue en Necoclí y en San Pedro de Urabá donde se replicaron las escuelas de terror que Jair Klein había fundado en Puerto Boyacá. De allí salieron la motosierra como arma de dotación, el asesinato selectivo, la masacre ejemplarizante. Así mismo, las bestias que hicieron la masacre de Mapiripán. Y en Necoclí —en la hacienda La Virgen del Cobre— se firmaron los pactos con los políticos antioqueños para adueñarse del poder en la región que dominaban las Auc, un ancho triángulo comprendido entre el golfo de Urabá, los Montes de María y el bajo Cauca. Justamente aquí el despojo de tierras fue más cínico y brutal. Es aquí donde el Estado no ha sido capaz de reducir el paramilitarismo, hoy amenazante bajo la nueva fórmula: Urabeños, Águilas Negras, Paisas. Un reto.

En Urabá han sido asesinados, desde cuando se anunció la Ley de Víctimas, 11 dirigentes campesinos que reclamaban las tierras robadas, muchas de las cuales, a través de la mecánica notarial, pasaron de testaferros a manos de recién enriquecidos empresarios. La Ley de Víctimas tiene en la zona un compromiso histórico que comienza con el apoyo —ojalá franco y decidido— a la marcha campesina, contra la cual ya saltaron los bananeros alegando que las cuentas están saldadas, que el conflicto ha sido superado, que las cosas quedaron como quedaron. Dicen que “la vaina se puede desbordar y degenerar en una chichonera”. Es posible. Sobre todo si los testaferros actúan, si los esquiroles estallan bombas, si la fuerza pública no controla a sus miembros. El pulso entre el Gobierno y la mano negra se parece al que se echó Carlos Lleras Restrepo, el abuelo del ministro del Interior, con los terratenientes de la costa y que terminó con la creación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos. A Lleras lo derrotaron cuando los políticos y terratenientes lograron dividir el movimiento campesino. Allí naufragó su obra. Si Santos cede a los dueños de Urabá, también se irán a pique sus promesas y “no bajará tranquilo al sepulcro”.

Nota: Se celebró esta semana el día del periodista, justamente cuando a Óscar Collazos, uno de los mejores y más agudos escritores del país, lo demandó por injuria y calumnia un tal señor Mattos que, según entiendo, es un riquito soberbio y desagradable que hace ridiculeces —y las dice— pero que se molesta si se las recuerdan. No hace mucho mataban periodistas y columnistas para callarlos; ahora los llevan a los tribunales para amedrentarlos. En el juicio al que me sometieron los niños Araújo porque llamé a sus parientes “notables” asistió como representante del Ministerio Público el doctor Sabino Pulgarín, un ciudadano de a pie, discreto e ilustrado, pero sobre todo justo. Ojalá Óscar cuente en su juicio, si llega a darse, con una voz tan equilibrada. Es uno de los 100 nombres que se han presentado a la elección de personero de Bogotá. Yo votaría por él a ojo cerrado.

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