Por: Eduardo Sarmiento

La destorcida de la burbuja

No es cierto que la economía haya entrado en un proceso de crecimiento que se sostenga.

En el balance de finales del año pasado (El Espectador, diciembre 25) manifesté serias diferencias con el mensaje y el diagnóstico oficial. El producto nacional no creció al 6% sostenible, el desempleo no bajó a un dígito y la economía no estaba blindada de las alteraciones mundiales. Así lo ha venido a confirmar la información más reciente. En los últimos dos meses del año el comercio, las licencias de construcción, las ventas de automóviles y las importaciones de materias primas se contrajeron con respecto a meses anteriores. En diciembre la producción industrial creció 2,4% con respecto al mismo mes del año anterior, con el agravante de que las producciones de materias primas y bienes de capital descendieran. En enero el desempleo regreso al nivel de 12,5%.

Las percepciones del Banco de la República y el Gobierno fueron controvertidas por los hechos. No es cierto que la economía haya entrado en un proceso de crecimiento que se sostenga por sí solo. Los elevados índices del tercer trimestre cayeron en el cuarto y en los primeros meses del presente año.

Como lo señalé en repetidas ocasiones, el crecimiento de la economía era el resultado de una burbuja, que no era sostenible. Se originaba en la entrada masiva de capitales, inducida por la tasa de interés cero en Estados Unidos y la alta rentabilidad de la minería, que revaluaba el tipo de cambio y presionaba al alza las cotizaciones de las acciones, y esto acentuaba la entrada de capitales. Se configuró un perfil en el cual la producción se realizaba en la minería, y en los servicios y el consumo de bienes transables industriales y agrícolas estaba representado en importaciones. Lo cierto es que la economía evolucionaba con un déficit creciente de la balanza de pagos (4% del PIB), que se compensaba con un aumento desbordado del crédito, que presionaba los precios de los bienes no transables, y nada de ello podía mantenerse indefinidamente.

Es precisamente lo que se observa en los últimos cuatro meses. El agravamiento de la recaída de la economía mundial convirtió la revaluación en devaluación a finales de 2011 y la elevación de la tasa de interés de referencia por parte del Banco de la República para evitar su efecto sobre la inflación resquebrajaron el proceso y desinflaron la burbuja. El andamiaje se vino abajo. La economía entró en la senda de crecimiento de menos de 4,5% de los países de América Latina.

Los desaciertos del Banco de la República y el Gobierno se originan en la visión de libro de texto de que el crecimiento del producto es determinado por la oferta y, por lo tanto, tiende a sostenerse y replicarse en el período siguiente. Las cosas son muy distintas en las economías de burbuja que tienden a ser determinadas por la demanda. Las recuperaciones, e incluso los estados de exuberancia, son seguidos de recaídas que retornan al estancamiento y la recesión.

Mal podría imaginarse que la solución se encuentre en inflar de nuevo la burbuja propiciando la revaluación, que desmantela la industria, la agricultura y el empleo formal, y disparando el crédito y los precios de los bienes no transables. Lo que se plantea es abandonar el modelo de banco central autónomo que causa y revienta la burbuja, y sustituirlo por una organización macroeconómica que asegure el crecimiento económico estable. Lo primero es reconocer que éste es determinado por la demanda y está expuesto a choques internos y externos que no pueden ser regulados por la tasa de interés y la política monetaria. Como mínimo, habría que avanzar en un marco institucional que sobreponga la política fiscal a la monetaria, intervenga el mercado cambiario sin limitaciones, aliente la producción y el empleo, y opere con metas de inflación más flexibles.

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2012-03-04T01:00:00-05:00

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