Por: Lisandro Duque Naranjo

El suicidio

Me contaba un psiquiatra que hay fechas y horarios en los que los índices universales del suicidio se incrementan. Los 31 de diciembre, por ejemplo, son días en los que esa práctica es más previsible que en cualquier otro. Se sobreentienden las razones.

En cuanto a días normales, los horarios preferidos para autoeliminarse son entre las cinco y las ocho, de la mañana o de la noche, lapsos que corresponden respectivamente a lo que llamó “aura matinal o vespertina de la angustia”, que no me cabe en esta columna explicar, pero que ya los interesados podrán averiguar, ojalá no para matarse.

Respecto a lugares ideales para la trágica decisión, son bastantes según las ciudades y las épocas. De mi propia cosecha citaré algunos de Colombia que quizá ya han pasado de moda. El salto del Tequendama, por ejemplo, atraía a los despechados sentimentales que lo descontinuaron cuando la hermosa cascada se convirtió en una monumental cloaca.

El noveno piso del Palacio Nacional de Medellín, durante años, fue el preferido por los suicidas para tirarse a la calle. Habiendo tantos edificios, a esos aburridos con la vida, sin embargo, no les importaba ser originales, sino continuadores de la triste proeza de quienes se habían arrojado antes desde ahí mismo, convirtiéndolo en un lugar ceremonial. Algo hay de cofradía póstuma y anónima de desesperados en esa larga lista.

Llevaba pocos años de inaugurado el viaducto de Pereira, un voladero al que no se le ve el final allá abajo, cuando encontrándome en esa ciudad leí en un recuadro especial de la primera página de un periódico local este texto: “A 85 subió ayer el número de suicidas en el viaducto”. Y luego daban el nombre del muerto. Varios meses después, en el mismo punto del periódico, la cifra había llegado ya a 92.

Me inquietó esa contabilidad sistemática, como de fluctuación del dólar o del precio del café, y le dije a Germán Ossa, crítico de cine de ese diario, que hablara con el director para que no ritualizara tanto esa información, pues me temía que ese método pudiera incentivar nuevos suicidios, al menos desde ese lugar. Ignoro si Germán habló el asunto y si le pararon bolas. De haber sido así, es muy probable que potenciales suicidas hayan desistido de sus intenciones mientras buscaban un sitio igual de majestuoso y de publicitado, que supongo no encontraron. A lo mejor se salvaron las vidas de quienes no querían perecer sin el estilo que a la lamentable decisión le otorga esa espeluznante y bella obra de ingeniería.

Los dos curas que a comienzos de este año, en un pacto de amor, pagaron a sicarios para que los mataran, marcan una adecuación del suicidio a la forma nacional de perecer más frecuente: la del atentado personal. Se equivocaron fue al suponer que ese doble homicidio quedaría impune, tal y como lo querían y según la costumbre.

Menos mal que de la revelación de su secreto nunca supieron.

La novia y el novio adolescentes que en Medellín, hace una semana, se arrojaron de un puente, sí apelaron a la forma clásica del pacto suicida por amor y se entregaron a la muerte como Romeo y Julieta. Paz en sus jóvenes tumbas.

El psiquiatra me contó, además, que en Colombia —a diferencia de Europa donde son organizados hasta para matarse—, las cifras y proyecciones acerca del suicidio se rompen a cada rato, pues aquí por asuntos pasionales, o por escasez de plata, un hombre mata a la mujer y a los hijos, y después se pega un tiro, sin respetar horarios, ni fechas, ni lugares simbólicos, y mucho menos estadísticas.

‘APAPORIS’. Y hablando de romper tendencias, el director Antonio Dorado ha roto la de los exhibidores de no programar documentales, y con su largometraje Apaporis se ha instalado exitosamente en las salas de cine. Enhorabuena.
 

 

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