Por: María Elvira Bonilla

Sicariato jurídico

Viviane Morales pisó demasiados callos en su año de ejercicio como fiscal.

Se metió en los terrenos del toro, como dicen los taurófilos, a sabiendas de que podía terminar con una cornada mortal, como sucedió. Desafió con entereza el riesgo que significaba tocar distintos poderes. Y todos al tiempo. Ni siquiera se preocupó por defender la retaguardia en su afán por poner a andar una máquina adormilada y demostrar que en Colombia la justicia no es sólo para los de ruana, como enfatizó al presentar su renuncia.

Se metió con el poder del uribismo, que sigue vivo y actuante; con el de los contratistas movidos por poderosas oficinas de ingenieros con sus socios financieros, verdaderos dueños del negocio y que han capturado la billonaria construcción de infraestructura del país; y con el de los políticos atemorizados por las nuevas declaraciones de los paramilitares detenidos en las cárceles de Estados Unidos, que han empezado a llegar producto de acuerdos de la Fiscalía con el sistema de justicia norteamericano. Se aisló de sus colegas abogados, litigantes y defensores de procesados para evitar presiones de lobbistas y actuar con la independencia que su responsabilidad le exigía.

Nunca se había visto un fiscal imputando cargos, personalmente y de cara al país, a exministros y altos exfuncionarios de alto rango del anterior gobierno, como lo hizo Viviane Morales. En su discurso de despedida, emocional pero con muchos y clarísimos mensajes de fondo, dio claves para entender la perversa secuencia con que se manejaron los tiempos para sacarla del camino, justo en el momento en el que estaban a punto de iniciarse los juicios contra los imputados. El primero sería el del exministro Andrés Felipe Arias, este lunes, en el que ella no estará.

La sincronía es aterradora. El Consejo de Estado tuvo engavetada un año la demanda de la elección de la fiscal y sólo la desempolvó en el momento oportuno. Y con una celeridad pasmosa que ojalá fuera la regla y no la excepción. La evacuó en dos sesiones en medio del coro sonoro y altisonante construido por los medios contra su persona e integridad por su relación afectiva con Carlos Alonso Lucio.

En Colombia hemos visto, desde los tiempos de Jorge Eliécer Gaitán, liquidar al adversario a bala. Conocemos de sicarios, capaces de disparar sin interesarse siquiera en el nombre de la víctima, expeditos para sacar del camino a quien se considere estorbo o amenaza para los intereses particulares de quien los contrata. Pero hay también otro ataque letal como es el que pueden realizar verdaderos sicarios judiciales que saben utilizar los entramados legales para derrotar a los contrincantes. Y eso fue lo que hizo o para lo que se prestó el Consejo de Estado.

Viviane Morales se despidió erguida y contundente, con su cuestionado esposo, Lucio, a su lado. Fue un acto político. De firmeza y carácter. De independencia. Con la intención clara de remachar los argumentos con los que se defendió en la polémica mediática sobre la posible influencia de Lucio en sus decisiones profesionales e institucionales. Sin decirlo, reiteró su llamado, como pidió siempre, a ser juzgada por sus actos, por ella misma. Como debe hacerse con todo ser humano.

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2012-03-04T23:00:00-05:00

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