Por: María Elvira Samper

Tentación de poderosos

Salvo que algo extraordinario suceda, Luis Carlos Sarmiento, el empresario más rico de Colombia, el banquero más importante del país y el segundo accionista más grande de la Casa Editorial El Tiempo, comprará un paquete que representa el 55% del total de acciones, cuyo principal accionista es el grupo Planeta.

El negocio reafirma dos tendencias mundiales: la desaparición de la empresa de medios “pura” (la industria editorial es afín) y la concentración económica y mediática de poder.

El Tiempo será parte de un conglomerado que controla, entre otras entidades, los bancos de Bogotá, Occidente, Popular y AV Villas, Leasing de Occidente y Porvenir; que tiene millonarias inversiones en los sectores de la construcción, agroindustrial, turístico y energético, y que participa en consorcios con concesiones viales, de aguas y aeropuertos. Por su parte, Sarmiento incorporará a su portafolio de empresas dos diarios (El Tiempo y Portafolio), CityTV y varias revistas.

Es tal la constelación de intereses del grupo, que resulta inevitable preguntar sobre la independencia, credibilidad y fiabilidad de sus medios a la hora de informar sobre los asuntos que lo afectan y comprometen. Son los mismos interrogantes que rondan a los de los grupos Ardila y Santo Domingo, pues influir en la línea editorial y en los contenidos y enfoques de las noticias es para los poderosos tentación irresistible. Cabe recordar, por ejemplo, que en la primera etapa de El Espectador, tras su compra por el grupo Santo Domingo, el entonces todopoderoso Augusto López, quien hacía y deshacía en su nombre, intentó poner el diario al servicio de la candidatura de Horacio Serpa, y que tras la derrota liberal quiso alinearlo con el gobierno Pastrana, lo que llevó a renunciar a su director, Rodrigo Pardo. Y está fresco en la memoria que durante el uribato no fueron pocos ni gratuitos las cuestionamientos a RCN por su alinderamiento acrítico con el Gobierno.

El caso concreto del tercer canal ilustra como ninguno el porqué de tantas inquietudes. Sin pudor, el Grupo Planeta se tomó las páginas de El Tiempo y los grupos Ardila y Santo Domingo abusaron de sus medios para transformar la información en propaganda y defender sus intereses: el primero para presionar a su favor la adjudicación, y los segundos para defender el statu quo, el duopolio. Un irrespeto no sólo a lectores y audiencias, sino al oficio periodístico, que demostró que negocio mata independencia.

Lo que es bueno para los grupos no lo es para el periodismo. La concentración de medios en manos de conglomerados económicos hiere de muerte al periodismo como función social y contrapeso del poder. Retrocede —por no decir que desaparece— el periodismo crítico, de investigación, de denuncia, y hace carrera el periodismo-correa de transmisión de declaraciones sin elaboración y análisis, y se impone esa ley del silencio no escrita que es la autocensura: por miedo a perder la chanfa, muchos periodistas prefieren acomodarse, no destapar temas, no hacer olas… Y si hay espacio para la crítica, como en efecto lo hay, sólo es porque resulta funcional a sus intereses, porque permite guardar las apariencias de independencia periodística.

¿Resistirá el doctor Sarmiento meter mano en El Tiempo si es que ya no lo ha hecho? ¿Podrán los periodista informar con plena libertad sobre pensiones, reforma tributaria, precio de la gasolina, políticas de vivienda, agraria y de concesiones, para sólo citar unos pocos asuntos en los que el grupo tiene intereses? ¿Habrá pensado, por lo menos, en restablecer la figura del Defensor del lector? Como ciudadana del común y periodista de oficio me inquieta tanta concentración de poder. ¿Qué tal una movida audaz e inscribir la Casa Editorial El Tiempo en la bolsa para democratizar la propiedad? Soñar es hoy lo único que no cuesta un peso.

 

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