Por: Héctor Abad Faciolince

Todas íbamos a misa

En la casa éramos seis, cinco niñas y un niño. Por eso crecí creyendo que el género gramatical femenino era la norma lingüística "por defecto", el marcador universal para englobarnos a todas. El plural femenino nos incluía a todos los hijos (en mi casa se hubiera dicho "a todas las hijas"). Cuando mi mamá decía, "¡báñense, niñas, que nos vamos para el centro!", yo sabía muy bien que una de esas niñas era yo. No me sentía excluido; hubiera sido muy pedante que ella dijera: "¡Báñense, niñas y niño!".

Cuando al fin aprendí a hacerme el partido al lado izquierdo (que era la norma para los varones), al alejarme del espejo, pregunté: “¿Quedé bien peinadita?”. Con risa y paciencia me explicaron que, al menos en singular, yo debía usar el género masculino. Pero lo normal, en plural, era lo femenino: por la mañana nos íbamos todas para el colegio; los domingos íbamos todas a misa; cantábamos juntas; por la noche llamaban: “¡Niñas, a comer!”, y yo iba. Nunca pasé hambre ni pensé que me hubieran declarado invisible. Me veían y me prestaban la misma atención que a ellas. El género femenino de las palabras no excluía mi sexo masculino, el cual era evidente por cosas muy precisas que iban por dentro —en mi cerebro— y muy visibles, por fuera, gracias a la presencia de esa trinidad genital, que era algo que yo tenía y mis hermanas no.

Salí de mi casa, donde la norma gramatical que nos englobaba a todas era la forma femenina, y entré al mundo, donde la norma gramatical para entenderse bien y rápido era la otra: lo masculino incluía a las mujeres. Eso no me hizo sentir ni mejor ni peor. Era así, y basta. Era una manera de entenderse rápido y sin complicaciones. Si las jirafas y las panteras tuvieran conciencia lingüística, estoy seguro de que las jirafas y las panteras con testículos no se sentirían excluidas porque su nombre sea femenino. Es así por caprichos de la lengua, por economía, y ya. Cambiarlo desde arriba con un mandato de autoridad es una ridiculez.

Pero el tema del lenguaje sexista, del lenguaje incluyente, crispa los nervios y saca lo más antipático y fastidioso de las luchas feministas (tan necesarias en otros campos que de verdad importan): la cantaleta, la prédica, la imposición de normas absurdas desde arriba, que los de abajo no podemos cumplir. Si intentan ser coherentes, a los feministas del idioma la lengua se les deshace entre las manos. Veamos por ejemplo de qué manera mi querida amiga Florence Thomas, que defiende la postura políticamente correcta de la inclusión femenina en el lenguaje, se ve llevada, por el ímpetu de las ideas, a escribir bien, y sin usar “el lenguaje incluyente”.

En su valiente libro (tan necesario) Había que decirlo, aparecen frases como las siguientes: describe una pareja (hombre y mujer) en la Universidad, y dice: “ambos estaban en silencio”. Ambos: ella y él. Nadie podría pensar que la está excluyendo a ella; son dos, y son ambos. Florence a veces escribe, de un modo innecesario y pesado cosas como “todas y todos callamos”; pero cuando se deja llevar por su propia historia, dura y dramática, el superyó feminista deja de mandar en ella y se permite escribir con libertad, se atiene a la forma que hace que nos entendamos rápido y sin complicaciones.

En los momentos más importantes del relato, cuando no superpone su armamento postizo de lengua “no sexista” a la lengua corriente, aparece lo económico, lo preciso: “Dar a la luz hijos huérfanos de padres simbólicos”, dice, por ejemplo. Y su pensamiento está bien expresado, pues se entiende que en “hijos” están incluidos los hijos o las hijas, y en “padres” el padre y la madre. No hay que “visibilizar” a las mujeres ahí, pues están tan a la vista como los hombres. Su impresionante libro sobre la decisión de abortar es bueno y está bien escrito, precisamente porque en él no usa, casi nunca, esa anomalía postiza del “lenguaje incluyente”. Al contrario: sigue la misma costumbre que la Academia acaba de describir y defender.

 

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