Colombia clasificó a cuartos de final de la Copa América

hace 6 horas
Por: Reinaldo Spitaletta

Delincuentes epónimos

En ese "vasto atardecer" conocido como el Magdalena Medio, surgió, hace años, en los albores de los ochenta, el fenómeno político del paramilitarismo.

Primero fue el movimiento Muerte a Secuestradores (Mas), que tuvo sus raíces en el secuestro en Medellín de Martha Nieves Ochoa, la hija de Fabio Ochoa. Y luego, en Puerto Boyacá, donde un grupo de ganaderos bautizó con sangre y fuego el nacimiento de las autodefensas.

En los tiempos del gobierno de Belisario Betancur (el mismo que había prometido que en su mandato no se derramaría una gota de sangre), el río Magdalena comenzó, otra vez, a poblarse de cadáveres podridos con gallinazos encima y las autoridades no los recogían “por su abundancia y mal estado”. Para 1983, el terror había retornado a los campos y, por ejemplo, en la aldea de Santo Domingo fueron exterminados todos los hombres. Las veredas y aldeas se llenaban de muertos y fantasmas. Eran los días en que un reportero tituló su crónica tremenda como “Los muertos fuimos cinco”.

El infierno se trasladó para el Magdalena Medio: abundaron las bandas de pistoleros a sueldo y el régimen del terror se esparció por lo campos. Volvían los antiguos métodos de la Violencia. “Los cadáveres que flotan en las aguas, que yacen sin dueño en las veredas, han sido despellejados a cuchillo y aparecen con los órganos genitales cortados y a veces metidos en la boca, y sin lengua ni orejas”, escribía García Márquez en una crónica de septiembre de 1983.

El caso es que el pretexto de entonces era organizar bandas armadas para hacerle frente a la guerrilla, según decían los fundadores del engendro. En el fondo, sin embargo, estaba el propósito latifundista de robarles las parcelas a los campesinos pobres para agrandar su territorio. Y su poder. En Puerto Boyacá, corazón del Magdalena Medio y autodenominada “capital antisubversiva de Colombia”, el paramilitarismo cobró visos de espanto y se convertiría en el epicentro de tipos como Henry de Jesús Pérez, responsable de las masacres de Segovia y La Rochela, y uno de los fundadores del paramilitarismo en el país.

El cuento es que en esa población el nombre de una calle rinde tributo a Henry de Jesús Pérez. Según una crónica de El Tiempo, por allí mismo pasa todos los días una mujer a la que Pérez le mandó a matar a su mamá en 1986. A Pérez, muerto en 1991, el concejo de Puerto Boyacá le otorgó la máxima medalla al mérito. El hecho pinta de cuerpo entero al país de la parapolítica, la corrupción y el narcotráfico. Los delincuentes se transmutan en hombres epónimos. Así que para qué llamar, por ejemplo, una calle García Márquez, Tomás Carrasquilla, Rodolfo Llinás, José Asunción Silva o León De Greiff, si para ello hay “héroes” que merecen recordatorios, como el caso de Henry Pérez, que había sido condenado a 20 años por masacres.

No sería raro que las calles de otros municipios sean bautizadas con nombres de sicarios o narcotraficantes. ¿Acaso estará lejos el día en que a alguien le dé por bautizar una como Pablo Escobar, cuyo nombre ya lleva un barrio de Medellín? ¿O con el de algún miembro de La Ramada, que fue la banda de sicarios más tenebrosa de Colombia? Todo es posible en esta “tierra de leones” y de ladrones.

Según la nota de El Tiempo, el proyecto de acuerdo del concejo de Puerto Boyacá que justifica el “bautizo” con el nombre del paramilitar dice que el pueblo debe “destacar el nombre de sus personajes ilustres”. Además, allí no es la única calle con nombre de un paramilitar. Mucha gente está aterrada, ya no por las masacres de hace años, sino por los homenajes a los asesinos.

Decía García Márquez, en su nota de 1983, titulada “¿En qué país morimos?”, refiriéndose al resurgimiento del terror en el Magdalena Medio, que tal vez los culpables estaban en todos lados y “los únicos inocentes sean los pobres campesinos despojados de todo, que llegaban huyendo del terror a las ciudades”. Sin embargo, todavía siguen llegando campesinos desplazados a las ciudades, al tiempo que se homenajea a los que desde hace años son los causantes del despojo.

 

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