Por: Arlene B. Tickner

Diplomático universal

El "tipo ideal" del cuerpo diplomático es muy similar al de un ejército. Se tratan de estructuras profesionalizadas por las que deben ascender sus miembros sin distingo social o político mediante la demostración de excelencia y compromiso, y jerarquizadas para garantizar el "mando y control".

Así lo reconoció explícitamente la actual ministra de Relaciones Exteriores, María Ángela Holguín, cuando en 2005, siendo embajadora ante la ONU, presentó renuncia porque tres funcionarios (hijos de gobiernistas uribistas) no tenían la preparación necesaria para ejercer sus cargos ni estaban dispuestos a seguir las órdenes de su entonces jefe.

Como canciller del gobierno de Juan Manuel Santos, el modelo de diplomacia que ha defendido Holguín es otro. Por un lado, defiende nombramientos cuestionables que, como señaló la analista Laura Gil en su columna de El Tiempo la semana pasada, obran en contravía de la imagen que se quiere construir de Colombia al corroborar algunos estereotipos negativos que existen sobre el país. Y por el otro, justifica el envío de diplomáticos “no profesionales” (léase, las élites políticas y económicas) a los puestos más apetecidos en el exterior (más del 56% del total, según datos del Ministerio) con el argumento de que el reducido tamaño de la carrera diplomática, así como la mala calidad de sus funcionarios, sobre todo los del más alto nivel, no dejan otra opción. En entrevista reciente con W Radio, admitió que contaba con dos “extraordinarios” embajadores de carrera, lo cual dejó incluso la impresión de que, a su modo de ver, los restantes 43 no reúnen condiciones para serlo.

Pese a lo anterior, llama la atención que en el documento de rendición de cuentas, presentado por la canciller en el mes de febrero de este año, no hay discusión ninguna de medidas concretas —adoptadas, ejecutadas ni planeadas— para mejorar la carrera diplomática del país. Únicamente se menciona la creación de un Centro de Pensamiento Estratégico, cuyo objetivo es fortalecer el capital humano del Ministerio, pero que hasta la fecha no ha publicado documento ni análisis alguno que sustente dicho proceso.

En la ceremonia de posesión del exgobernador de Cundinamarca, Andrés González, como nuevo embajador ante la OEA, el presidente Santos terminó ratificando, entre chiste y chanza, el perfil “idóneo” de los diplomáticos en Colombia, el cual explica el “sinsentido” de invertir en la profesionalización de la carrera diplomática: capacidad parlamentaria, que conozcan el derecho, y con características tales como “ser pacientes, tener don de gentes, estar bien casados”.

Mientras que las élites no objetan la figura del “soldado universal” planteada hace poco por el comandante de las Fuerzas Militares, bajo el argumento de que ésta puede “democratizar” la elección de ir a la guerra y resolver el problema del déficit en el pie de fuerza, lo que difícilmente admiten es una democratización similar del servicio exterior que amenazaría sus intereses históricos en ese sector. En la medida en que ello no ocurra, los gobiernos de turno seguirán empleando un discurso contradictorio para legitimar la “diplomacia como botín” —una de las pocas políticas internacionales de Estado que se observan en Colombia— con efectos perversos y contraproducentes sobre la calidad de su política exterior, como la desmoralización de las “tropas” diplomáticas profesionales.

 

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