¿Por qué se conmemora la Semana del Detenido Desaparecido?

hace 2 horas
Por: María Eugenia Martínez

La banalización del patrimonio urbano

Françoise Choay, una de las grandes pensadoras sobre la ciudad y el patrimonio urbano, estuvo en Bogotá recientemente.

La Fundación Salmona, con el apoyo de la Universidad Nacional de Colombia, hizo posible su presencia en diversos escenarios académicos. Por esta razón, nada mejor que celebrar con Gerard Jori (2008) la existencia de la Alegoría del Patrimonio, uno de los textos clásicos de Choay. El libro pone de presente el marcado significado social del patrimonio cultural. Es decir, que más allá de su utilidad en la historia del arte o de ser elemento predilecto de las industrias del ocio, el sentido que se le otorga a éste “…guarda relación con motivaciones existenciales e informa acerca de las sociedades que lo afirman”.

En su lectura de Choay, Jori nos dice que, desde los años 80, la valoración del patrimonio gana cada vez más espacio en las políticas urbanas. La emergencia en el urbanismo de planteamientos favorables a las tramas densas y mixtas explica, en cierto modo, este interés por el patrimonio cultural de las ciudades. No obstante, habla de la necesidad de criticar a políticos y técnicos, y denunciar las actitudes oficiales irrespetuosas de la herencia construida de la ciudad.

Por estos mismos días, un grupo de ciudadanos denunció ante entidades y organismos nacionales e internacionales que el diseño y ejecución del proyecto de espacio público que adelanta el Ministerio de Cultura para la plaza de la Concepción y calle de San Juan, en Mompox, es inconveniente. La carta dice que los estudios adelantados para la actuación en este centro histórico son insuficientes. El control de la obra es deficiente y éste no parece cumplir con los requisitos para la intervención de un sitio del patrimonio mundial. Según la Licitación Pública MC-LP-006-2011, al director de obra no se le exige que sea restaurador de arquitectura y debe acreditar tan solo cuatro años de experiencia en obras de espacio público cualquiera. A los residentes de arquitectura e ingeniería se les piden tres y al arqueólogo dos. Ni hablar de la escasa trayectoria en la recuperación del patrimonio cultural, que tiene la firma diseñadora del proyecto.

Todavía se fabrican en Mompox materiales tradicionales, que sirven a las restauraciones de Cartagena. Sin embargo, prefirieron llevar insumos nuevos desde Medellín, con sobrecostos de transporte. Un buen gestor se hubiera inclinado, desde la concepción misma del proyecto, por la generación de empleo local en torno al patrimonio cultural; pero estas acciones en el espacio público de los centros históricos colombianos, pareciera que obedecen a otras lógicas menos sensibles.

Claro que puede llegar arquitectura nueva a los centros históricos, cuando esté demostrada su necesidad y sin olvidar que la cultura de la intervención en el patrimonio construido tiene más de dos siglos de historia. Nada justifica, pues, la barbarie.

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La banalización del patrimonio urbano

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