Por: María Elvira Bonilla

La diplomacia del "tapen, tapen"

Nada pudo resultar más estéril que la experiencia periodística de cubrir la Cumbre de las Américas que concluyó ayer.

Las restricciones informativas que no permitieron a la prensa interactuar ni con los jefes de Estado, ni con sus comitivas, ni con los cancilleres, ni con los pocos empresarios internacionales que asistieron, produjeron el registro homologado que los colombianos pudieron ver durante los cuatro días de avalancha de titulares. Es decir: una información oficial carente de contenido. Banal.

Pero la queja no sólo vino por parte de la prensa, que como borregos se movían de un lugar al otro de los espacios controlados por los 18.000 policías que el general Naranjo desplazó de todo el país, —muchachos uniformados despistados que no sabían dónde estaban—, sino de los empresarios participantes. Aunque no fueron muchos los extranjeros que llegaron, los pocos que tomaron vuelos internacionales también se quejaron del formato acartonado y rígido que les impusieron, con lo cual tampoco pudieron intercambiar con ninguno de los personajes convocados. Les quedó a ellos, como a todos los asistentes, la efímera experiencia de haber visto al carismático Barack Obama de carne y hueso.

Se vivió en Cartagena la ya conocida diplomacia del “tapen, tapen”, en la que los organizadores, en este caso, el gobierno de Colombia, no busca otra cosa que divulgar al final una declaratoria babosa, sin compromiso, que evita mostrar fisuras o contradicciones. Como si la descuadernada región americana fuera ejemplar y Cartagena, el escenario escogido, esa tacita de plata brillada para el evento, en el que las negras dejaron las ventas de pescado, frutas y cocadas para convertirse en postales pintorescas en los banquetes y eventos. Todo parte del paisaje minimalista de quisieron construir, de fachadas recién pintadas, calles sin tráfico y andenes vacíos, sin vendedores ambulantes, ni pobres, ni mendigos, ni bullicio de rebusque, sin asomo de la ruidosa existencia caribe.

La ciudad y el país imaginario que intentó mostrar Santos a sus invitados, gobernantes casi todos de países más miserables que Colombia, donde las desigualdades ofenden, recuerdan la descripción que hace Estanislao Zuleta en el Elogio a la dificultad de ese elemental, casi infantil, estado de la mente en el que al ser humano le da por “imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña (…). Una vida sin carencias, un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición”.

Sí, una eternidad de aburrición fue lo que resultó la cumbre, en donde finalmente lo único sustantivo fue la entrega que hizo Obama de los títulos colectivos a las comunidades negras de La Boquilla y de Palenque en la Plaza de San Pedro, frente a la tumba del llamado apóstol de los negros por su lucha contra la esclavitud: Pedro Claver. Fue el reconocimiento que finalmente el Estado colombiano hace al primer grupo de esclavos que se sublevó y fundó el Palenque de San Basilio, obligando a la Corona española a reconocerlo como el primer territorio libre de América. Pasaron cuatro siglos para que estos negros cimarrones fueran considerados propietarios de las tierras que han habitado ininterrumpidamente durante el mismo tiempo. Sólo por esto valió la pena la VI Cumbre de las Américas. Lo demás: un ejercicio de la diplomacia de las formas, de las caras maquilladas que quedan plasmadas, siempre sonrientes, en una foto oficial.

 

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