Por: Salomón Kalmanovitz

Capacidad estatal y desarrollo

La capacidad de un Estado para concentrar el uso de los medios de violencia, construir la infraestructura que lubrique el desarrollo capitalista y tejer una red de protección social universal es la base de la democracia y del crecimiento económico de largo plazo.

Una tributación sustancial y consensuada es condición fundamental para atender todos los frentes de la acción pública. El consenso surge de la inclusión de una gran parte de la población en la política, lo que determina también que exista un gasto público suficiente que atienda las necesidades de todos los ciudadanos.

Un servicio civil (y diplomático) bien preparado, independiente y adecuadamente remunerado es requerido para que las funciones de seguridad, contratación pública de obras y atención de la red de protección social sean emprendidas con diligencia y los recursos públicos no sean capturados por intereses diversos o privatizados. El ejemplo más notorio fue la burocracia prusiana que era eficiente e incorruptible y adelantaba la acción pública con un orden riguroso.

¿Qué está detrás de estos procesos que sólo han surgido en Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón y Corea del Sur? Según Acemoglu y Robinson y otros autores clásicos, las revoluciones burguesas o procesos de independencia nacional dieron lugar a instituciones políticas inclusivas y a reformas que democratizaron la educación y la propiedad (reformas agrarias, legislación antimonopolios y defensa del trabajo). La inclusión política, y el federalismo en algunos casos, permitieron consensos estables que liquidaron la posibilidad de guerras civiles.

En su libro ¿Por qué fracasan las naciones?, Colombia sale mal librada pues proyectan que no va a lograr un desarrollo económico de largo plazo. ¿Las razones?: llevamos dos siglos de guerras civiles, incluyendo el conflicto armado actual que es un coletazo de la guerra civil de los años cincuenta del siglo pasado; la construcción de un Estado fuerte que concentrara el monopolio de los medios de violencia ha avanzado pero está lejos de garantizar el orden en todo el territorio; la tributación es baja y castiga a los ciudadanos de menor ingreso, mientras que la red social se financia con impuestos a la nómina que disparan el desempleo y la informalidad; el gasto público es capturado en buena parte por políticos, funcionarios, insurgencia y por el crimen organizado, de tal modo que no se puede construir la infraestructura y las coberturas de salud y educación son insuficientes, mientras que su calidad es lamentable.

La cuestión no está en ‘escoger’ entre clientelismo y populismo, aunque la segunda es un versión más incluyente que la que nos caracteriza. Ambos pueden ser regímenes excluyentes tanto en la política como en la economía y, por lo tanto, arbitrarios en escoger ganadores, expropiar inversionistas y hacer gasto público inflacionario. En ambos casos, el Estado es capturado por el Ejecutivo y no cumple con las necesidades de toda la población, no puede ni quiere impulsar el desarrollo económico de sus países.

En la América Latina, Acemoglu y Robinson afirman que sólo Brasil cumple con los requisitos de haber construido un Estado fuerte, incluyente, serio en su manejo macroeconómico que le augura un crecimiento robusto de largo plazo. Colombia sigue lejos de la paz política y de la prosperidad para todos, a pesar de los que pregonan que somos la democracia más antigua de América Latina.

 

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