Día del Idioma

Acaba de pasar otro Día del Idioma y fue aprovechado por muchos
columnistas de varios medios y por presentadores radiales y televisivos
de noticias y programas de variedades para hablar de los diferentes
males que diariamente aquejan nuestro hablar, tanto escrito, como oral.

Se desgranaron todos los errores, melindres, eufemismos, muletillas, anglicismos tecnológicos y similares que este servidor y los colegas de otros periódicos nos mantenemos denunciando. Eso indica que la conciencia sobre el mal está establecida, mas no el propósito de la enmienda, porque el mal uso aun advertido continúa.

No vi ni oí ninguna pronunciación sobre otro mal que nos invade: el lenguaje obsceno, malediciente e injurioso. Este lenguaje parece ser tan viejo como la humanidad, pues Dios lo prohíbe expresamente en el capítulo 22 del Éxodo, en el 5 del Levítico y en el 22 de los Números. Ni el mismo Señor Jesucristo se libró de que uno de sus mejores amigos, el que sería el primer Papa de su Iglesia, utilizara ese maldecir en su contra, como nos lo relatan Mateo en el capítulo 26 y Marcos en el 14, en el incidente aquel en el que la sierva del Sanedrín lo identificara como su compañero.

Hace unos años ese lenguaje obsceno sólo era utilizado por varones, quienes se sonrojaban cuando por accidente eran escuchados por alguna mujer o persona de alta dignidad. Hoy en día, éstas y aquéllas han rebajado los suyos hasta superar muchas veces los de sus compañeros y subalternos, según el caso.

Mi reflexión en esta columna es para tomar conciencia de este daño al buen decir y hacer desaparecer las costumbres tan arraigadas de calificar todo lo bueno, lo malo, lo agradable, lo desagradable, lo abstracto y lo concreto como si prostitutas parieran los objetos y personas más disímiles o esos mismos objetos y personas pertenecieran a la especie porcina; evitar entre varones el trato mutuo de homosexuales sin que el tratado proteste; no difundir el hecho, a veces sin comprobar, de que un amigo sufre elefantiasis testicular o el de que alguien que no cae bien sea llamado con el nombre de una enfermedad venérea, y hasta estarles asegurando alguien nació mal sin indicar la causa.

Como ven, por ese pudor que sería bueno retomar no me libré de haber tenido que usar eufemismos en el párrafo anterior para describir los improperios y palabras de grueso calibre que todos tenemos que escuchar en la calle, en el transporte público, en los lugares de afluencia masiva de gente, exceptuando las iglesias, afortunadamente. Algunos podrán decir que me faltaron y es posible, porque el lenguaje juvenil cada día inventa dichos que los que ya estamos acabando desconocemos.

P. D. Periodistas de internacionales y columnistas: el presidente Fernando Lugo no es ex obispo, es obispo retirado.

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