Primera de Abono, Manizales 2015

Dicen que hacía 15 años no había en Manizales un tiempo tan bonito, por lo menos para los aficionados a los toros; porque para un cafetero, el verano –un verano de cielo despejado, de puro azul– no es bueno.

EFE

Dicen que hacía 15 años no había en Manizales un tiempo tan bonito, por lo menos para los aficionados a los toros; porque para un cafetero, el verano –un verano de cielo despejado, de puro azul– no es bueno. Y el tiempo se refleja en la entrada a la plaza de toros: los tendidos de sombra estaban llenos y los de sol, casi llenos. Tiempo y asistencia sugieren buenas corridas.

La primera de abono fue en conjunto una corrida de la que el público salió satisfecho a pesar de que no hubo sino una oreja, la que le cortó Adame a su segundo toro. Es un torero valiente e inspirado. No en vano José Tomás quiere un mano a mano con él en la Monumental de México en febrero. El toro –quinto de la tarde– se llamaba Vigilante. Fue el mejor. Bello de estampa, bravo, noble, suave. En dos palabras, con casta. Piña, el banderillero, me lo comentó en chiqueros: “Mírelo –me dijo– es parejo, bien hecho, atento”. Y así fue: embistió con franqueza, se repetía una y otra vez. Fue directo al caballo, aguantó el castigo, se creció con él y sostuvo su ritmo hasta el final.

Adame se sacó el clavo del primero, con el que no se acompasó. Lo silbaron porque la gente quería verlo torear. Con el capote es una estrella. Lo mostró con lopecinas, con chicuelinas, con verónicas, con delantales. Y mostró también que no es menos diestro ni menos artista con la muleta. La desplegó por la derecha, ligando; lo mostró con la izquierda, templando. Y cargando la suerte, pasándose el toro al filo de su cuerpo. Vigilante cayó a sus pies. Una oreja. El público pedía dos. Vuelta al ruedo, flores, palmas. Gloria.

Guerrita Chico es también un torero sin florituras. Lancea a la verónica, templa con la muleta. Estaba ganoso y es valiente. Tiene un valor criollo sin cálculos. Entra a la raya de la sangre sin miedo y sale sin huir. Aguanta. Pero Castellano, de 444 kilos, no aguantó y se fue a buscar las tablas. El torero le dio los tiempos que el toro pedía, pero no logró entusiasmarlo. Era un toro noble. Silencio. Silencio serio, tanto para el toro como para el torero. Su segundo era una catedral de 520 kilos, uno de esos bellos y grandes y bien hechos de Santa Bárbara. Manso, no obstante. Se paseaba como aburrido. Miraba a los tendidos y se daba licencias. La cara del toro quedaba casi a la altura de Guerrita Chico. Con todo, el torero lo buscaba y el toro estuvo por cazarlo en un momento en que el torero le perdió el ojo. Simple: lo habría matado si no es porque el público gritó y Guerrita reaccionó. Nada con la izquierda, nada con la derecha, voluntad. Aplaudido. Quiso regalar un séptimo, pero Babero, el ganadero, muy honrado, no lo consideró oportuno. El público le agradeció gestos y entrega al torero.

Luis Miguel Castrillón salió del hueco y toreó. Hay una vieja polémica: ¿forma o contenido? ¿Son dimensiones distintas? ¿Cómo se emparentan? ¿Qué dice una de la otra? Es el asunto que se pregunta uno cuando ve su toreo. Porque parece poner toda su atención en la forma. La cuida la refina y logra faenas estéticas. Pero la belleza puede ser una forma de evadir el fondo. O en el caso de Castrillón, de caer en la tentación. ¡Líbranos, señor! En su primer toro, nada se podía ver. Su segundo, otro noble, pero malogrado en varas por un accidente que afectó su mano izquierda.  

 

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