El círculo íntimo de Íngrid

Durante seis años, cinco meses y nueve días la familia de Íngrid Betancourt fue sólo coraje.

La dolorosa prueba para la familia Betancourt Pulecio duró 2.323 días. Íngrid Betancourt, secuestrada por las Farc desde el 23 de febrero de 2002. Su madre Yolanda Pulecio soportando abucheos, desprecios e insultos por sus clamores en favor del acuerdo humanitario. Su padre Gabriel Betancourt, fallecido el 23 de marzo de 2002, un mes después del plagio de Íngrid. Su hermana Astrid, blanco de los prejuicios sociales y las intromisiones a su intimidad. Ahora la vida les multiplica el alto precio que pagaron por defender la libertad y abanderar una lucha que es también de Colombia.

Seis años, cinco meses y nueve días oscilando entre la solidaridad de otras víctimas del secuestro o partidarios de la paz negociada, y la animadversión de aquellos que tacharon su brega como ataque al Gobierno o intento de confundir a la comunidad internacional en su visión sobre el conflicto colombiano. Las sabias vueltas de la vida para una reconocida familia que ayer se movía con holgura en los círculos del poder social y político, después pudo refrendar a los auténticos amigos de las horas difíciles y hoy empieza a recobrar su destino común de servicio al país.

Una hoja de ruta que en 1942, a sus 24 años de edad, abrió Gabriel Betancourt Mejía en Medellín a través de un singular método. Le pidió una cita al gerente de la Colombiana de Tabaco y le dijo: “No quiero una dádiva, pero necesito un préstamo de $1.000 para adelantar un posgrado en la Universidad de Syracuse (estado de Nueva York). Sólo tengo una garantía que ofrecer: mi futuro”. Le autorizaron el crédito, viajó a Estados Unidos, se sostuvo trabajando en un banco de Wall Street y empezó a idear un sistema para que otros jóvenes aplicados emularan su ejemplo.

De hecho, su tesis de grado se tituló ‘Proyecto para la creación del Instituto Colombiano de Especialización Técnica en el Exterior’. Cuando volvió a Colombia, en 1947, después de trabajar dos años en la Embajada de Colombia en Washington, ya lo aguardaba una misión: la Secretaría General de la Asociación Nacional de Industriales. Un cargo que le permitió sugerir a los jerarcas de la economía que recomendaran su proyecto al presidente Mariano Ospina Pérez. Y el Jefe de Estado no sólo acogió a Betancourt como su secretario económico, sino que en 1950 le dio vida al Icetex.

Al concluir el gobierno, Gabriel Betancourt regresó a su natal Medellín a gerenciar una fábrica de vidrios, pero dos años después el presidente Roberto Urdaneta Arbeláez lo llamó para que asumiera la dirección del organismo que había ayudado a crear. En octubre de 1952 la entidad adquirió autonomía y buen presupuesto y, con apenas 32 años, su director logró que grandes empresas y universidades fortalecieran su iniciativa. Ya era un economista reconocido y la prueba de su notabilidad se ratificó al ser nombrado Ministro de Educación en el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla.

El amor

Por la misma época, una hermosa joven bogotana era elegida Señorita Cundinamarca para representar al departamento en el Reinado Nacional de la Belleza en Cartagena. Se llamaba Yolanda Pulecio, tenía 17 años y en 1955, aunque no se llevó el cetro, sí se convirtió en una carismática mujer con sensibilidad social. Tanta que años después observó a un grupo de niños de la calle, popularmente llamados gamines, tirados junto a los muros de la iglesia de La Veracruz, se presentó al Ministerio de Justicia y, gracias a su imagen, logró que se aprobara un albergue para asistirlos.

Buscando aliados para su causa conoció a Gabriel Betancourt, se enamoraron y el matrimonio se celebró en septiembre de 1959. Él, un destacado hombre público de 41 años, y ella, una emprendedora líder social de 21. Al año siguiente nació su primera hija, Astrid, y el 25 de diciembre de 1961, Íngrid. Semanas más tarde, Gabriel Betancourt fue designado presidente de la Comisión de Educación constituida por varios países de América Latina para apoyar el programa estrella del presidente Kennedy, “Alianza para el Progreso”, y la familia se trasladó a vivir a Washington.

Y comenzó un discurrir de la familia Betancourt Pulecio por los encantos del universo diplomático. Tras el asesinato de Kennedy se desintegró la Comisión, pero Gabriel Betancourt fue promovido como director adjunto de la Unesco en Francia. El matrimonio y sus dos hijas tomaron una casa en Neuilly, al borde del bosque de Bolonia, y en este apacible entorno vivieron


Astrid e Íngrid sus primeros años de infancia. Estancia interrumpida por la política en 1966, año en que el presidente Carlos Lleras nuevamente designó a Betancourt como Ministro de Educación y regresaron a Colombia.

Las niñas ingresaron al Liceo Francés y Yolanda Pulecio recobró su liderazgo al asumir la Dirección del Departamento de Bienestar Social de Bogotá, en apoyo del alcalde Virgilio Barco. Destinos victoriosos pero cruzados. Mientras el ministro Betancourt, aferrado a sus convicciones técnicas y distante de las triquiñuelas, soportaba el acoso de los políticos, su esposa brillaba con luz propia entre las comunidades. En la agonía de 1968, urgido por preservar las relaciones partidistas y enfrentar a la oposición, Lleras relevó a Betancourt pero lo designó embajador de Colombia ante la Unesco.

La ruptura

En enero de 1969, la familia Betancourt Pulecio regresó a París, pero el unido matrimonio mostró sus primeras grietas. A sus 51 años, Gabriel Betancourt se sentía cómodo viviendo en un refinado apartamento de la avenida Foch, rodeado por sus amigos, alejado de ‘lagartos’ o políticos y anfitrión o invitado de incontables recepciones sociales. Yolanda Pulecio, apenas con 31 años, no pensaba lo mismo. Añoraba su protagonismo en Bogotá, sentía nostalgia por sus proyectos sociales truncos y no le daba tregua a un constante reproche a su esposo: que hubiera declinado la opción de ser candidato a la Presidencia de Colombia.

En principio, Astrid e Íngrid no advertían la crisis y, rodeadas de lujo, estudiaban en el Institut de L’Assomption. Eran felices viendo pasar seres maravillosos por su casa, que sólo con los años cobraron ante ellas la dimensión de lo que fueron. El maestro Fernando Botero, Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez y un hombre exaltado a quien llamaban poeta y que alguna vez se vio sorprendido por Íngrid cuando le dijo que ella también escribía versos. “Colega”, empezó a llamarla. “Te dejo una flor”, le escribió con firma de santo y seña: “Tu tío, Pablo Neruda”.

En 1974, la familia retornó a Colombia y aunque el matrimonio Betancourt Pulecio adquirió una espaciosa casa al norte de la ciudad, rápidamente llegó la ruptura. Yolanda Pulecio se alejó y la pareja se trenzó en una angustiosa disputa judicial por la custodia de las niñas. Astrid e Íngrid se quedaron viviendo con su padre y “Mamá Yolanda”, como ya era conocida por el crecimiento de sus albergues infantiles para gamines, entró de lleno a la política y con la consigna “Déjenme trabajar por sus hijos”, se lanzó al Concejo de Bogotá. Sus hijas le ayudaron y salió elegida.

Sin embargo, el ambiente social se tornó insostenible. Las amistades de conveniencia no le perdonaron su condición de separada. La prensa sensacionalista especuló con su intimidad. Murmuraban a sus espaldas, la señalaban y envidiaban. Como lo escribió Íngrid Betancourt en su libro La rabia en el corazón: “Ella se separó de su esposo para recuperar un papel activo en la sociedad, pero se encontró juzgada, criticada, difamada y condenada por esta misma sociedad”. Agotada por las injurias, dejó el Cabildo y aceptó el cargo de Consejera de la Embajada de Colombia en Francia.

Regresó diez años después y salió elegida como representante a la Cámara, pero Colombia ya era un país distinto. Lo mismo que su familia. Entre París y Bogotá, sus hijas Astrid e Íngrid se habían hecho profesionales e incluso Yolanda Pulecio ya era abuela, pues en septiembre de 1985 nació Melanie Delloye, hija del diplomático francés Fabrice Delloye y de su hija Íngrid. Además ‘Mamá Yolanda’, sin declinar en sus albergues y peleando por sacar adelante el Código del Menor en el Congreso, tenía un ideal político digno de lucha: apoyar la candidatura presidencial de Luis Carlos Galán.

No obstante, el viernes 18 de agosto de 1989 se frustró esta esperanza porque Galán fue víctima de un letal atentado del narcotráfico en la plaza central del municipio de Soacha. Horas antes, almorzando en un restaurante italiano, Yolanda Pulecio le había implorado en vano que cancelara el evento. No lo hizo. A la hora de su muerte en el hospital de Kennedy, a su lado estuvo su incondicional amiga. La frustración fue inmensa, pero empeñada en la política, al año siguiente, se lanzó al Senado y salió elegida. Pero la Constituyente de 1991 revocó el mandato del Congreso.

El relevo

Entonces Yolanda Pulecio, a sus 53 años, asumió que su tiempo en la política estaba cumplido, que quería dedicarse plenamente a sus albergues y a regocijarse en su condición de abuela. Pero no fue un retiro absoluto, resultó más bien un relevo familiar. Su hija Íngrid, quien había recorrido un camino parecido con su esposo Fabrice, de diplomacia compartida pero intereses distintos, tras su separación regresó a Bogotá a principios de los años 90, entró a trabajar en Planeación Nacional, y animada por su madre de que llegaba su momento, se lanzó a la Cámara en 1994 y fue elegida.

Tenía 32 años, un verbo indomable, la decisión absoluta de hacerles frente a los corruptos y encontró un escenario propicio a su lucha. Al año siguiente estalló el escándalo del proceso 8.000 e Íngrid Betancourt se convirtió en una de las congresistas más incisivas contra el presidente Ernesto Samper. Hasta huelga de hambre protagonizó en el Congreso cuando no pudo con su fusta. Absuelto Samper en junio de 2006, decidió que una era la verdad procesal y otra la verdad histórica. Por eso escribió su primer libro Sí sabía, donde describió paso a paso lo que las mayorías de la Cámara se negaron a ver.

En las elecciones de 1998 apoyó a Andrés Pastrana y llegó al Senado. Pero más temprano que tarde tomó distancia del gobierno y aunque apoyó el proceso de paz con las Farc, criticó acremente sus debilidades de negociación en el Caguán.


Tenía rabia en el corazón y así títuló su segundo libro, publicado en 2001. No dejó títere con cabeza, pero le llovieron truenos y centellas. La tacharon de ‘falsa Juana de Arco’, sus enemigos políticos trataron de encontrarle malos manejos administrativos. Pero Íngrid Betancourt no cedió a los embates y se lanzó a la Presidencia de 2002.

No repuntó en las encuestas pero provocó a sus anchas y ganó buenos votos. Les cantó la tabla a las Farc, molió a discurso a sus rivales. Hasta el 23 de febrero de 2002, en que decidió visitar San Vicente del Caguán para apoyar a sus electores en momentos en que el presidente Andrés Pastrana había decidido cancelar el proceso de paz, y fue secuestrada junto a Clara Rojas. Entonces se impuso el calvario familiar. Justo un mes después, a la una y treinta de la tarde del 23 de marzo, murió su padre Gabriel Betancourt. Con Íngrid eran entrañables, nunca pudieron despedirse.

Y pasaron las horas, los días, las semanas, los meses y los años, y la familia volvió a cambiar sus retos y roles. Como en sus tiempos de líder social o congresista, a sus 64 años, Yolanda Pulecio regresó al debate público. Ya no buscaba votos, procuraba un acuerdo humanitario. Muchos de sus amigos de ayer no la acompañaron y de verse rodeada por ministros, embajadores o intelectuales, pasó a fortalecerse con las esposas de policías y soldados en cautiverio. Incomodó al gobierno, le sacaron el cuerpo por apariencias, la insultaron en los aeropuertos, la silbaron en público, pero ella recorrió el mundo firme en su causa.

La fuerza familiar

Nunca estuvo sola. Su hija Astrid sacó a relucir su coraje y arremetió con verdades. La voz de Fabrice Delloye también se dejó escuchar. Con ímpetu juvenil, Melanie y Lorenzo, los hijos de Íngrid, se sumaron a la lucha. Día a día enviaban mensajes de resistencia a Íngrid en cautiverio. Noche a noche convocaron en Bogotá o París a buscar un acuerdo humanitario, pero la lucha se hizo ingrata y las pruebas de supervivencia no llegaban. En cambio aparecieron injustos detractores, como el periodista Jacques Thomet, quien escribió en 2006 un adjetivado libro para acusar al gobierno francés de anteponer intereses sentimentales en el caso.

La intimidad de su hermana Astrid quedó hecha trizas. Su relación con el ex embajador en Francia Daniel Parfait derivó en comidilla social, pero cada que se congelaba el tema de los secuestrados regresaba Yolanda Pulecio con una acusación, una plegaria o una fórmula. Fabrice Delloye tampoco permitió que el tema en Francia se opacara. Desde su cautiverio, Íngrid sabía que su polo a tierra era la familia. Se declaró cansada de sufrir, pero en una desgarradora carta, divulgada en noviembre de 2007, les hizo ver a los suyos que aunque sentía sus vidas en stand-by, vivía por ellos.

“A mi Lorenzo, mi Loli Pop, mi ángel de luz, mi rey de aguas azules, mi chief musician que me canta, y me encanta, al dueño de mi corazón, quiero decirle que desde el día en que nació hasta hoy ha sido mi manantial de alegrías”, escribió a su hijo. “Sebastián adorado, mi pequeño príncipe de viajes astrales y ancestrales (...) no quiero irme de este mundo sin que tengas el conocimiento, la certeza y la confirmación de que no son dos, sino tres mis hijos del alma”, invocó al hijo mayor de Fabrice. “Astrica, tu “hojita de vida” me salvó durante el primer año de duelo de papá”, exaltó a su hermana.

Ninguno imaginaba que el final estaba cerca y menos que la libertad iba a llegar a través de una exitosa operación de inteligencia militar que recibe el reconocimiento del mundo. Pero el 2 de julio terminó el horror e Íngrid Betancourt pasó del infierno a la gloria. Hoy Colombia y el mundo le rinden el homenaje que merecía. Y ya no tiene rabia en el corazón, después de un atroz sufrimiento parece reconciliada con su alma. Su madre Yolanda se nota digna. Agradece y felicita, pero mantiene una altivez admirable. La memoria de Gabriel Betancourt ha vuelto a ser izada. La familia ha vuelto a unirse.

Su prueba de fe duró 59 meses y seis días. Todos la vivieron con un dolor afín y un sufrimiento distinto. Las nuevas palabras de Íngrid Betancourt lo reflejan: “Esta mañana, a las cinco de la mañana, oí que mi mamá iba a tomar el avión para Francia y oí a mi hija Melanie que se iba para China, y mi ex esposo, un hombre maravilloso, diciendo que había una foto mía en una cumbre en Francia. Y pensé: de pronto no hay nada, de pronto esta vez no es para mí”. Pero sí había, era el regreso a la libertad. Ahora, parafraseando a Neruda, “más que la colera, más que el desprecio, más que el sollozo...”, es Colombia de nuevo su familia completa.

Su primera carta a un Presidente

A sus 21 años, el 18 de julio de 1982, Íngrid Betancourt publicó su primer artículo en el periódico El Espectador. Era estudiante del Instituto de Ciencias Políticas de París y en un escrito que tituló ‘Carta al Presidente’, manifestó que sin ser liberal ni conservadora, sino simplemente colombiana, y después de haber ejercido por primera vez su derecho a votar, haciéndolo por Belisario Betancur, quería expresar lo que estaban pensando los jóvenes, cansados de ver a un país enfermo.

Y lo resumió en pocas frases: “No nos engañemos, la enfermedad es grave y los síntomas aterradores: corrupción y desempleo”. Por eso argumentó la necesidad de que el nuevo jefe de Estado planteara una profunda reforma social para armonizar debidamente el mundo rural y urbano. Y concluyó diciendo: “Éste es el cambio que pide la juventud. Ésta es la dimensión histórica que se espera del nuevo Presidente de la República”.

26 años después no han cambiado mucho las ideas de Íngrid Betancourt. Pero las grandes reformas contra el desempleo y la corrupción siguen en veremos.

 

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