El enfermero de los secuestrados

<p>El cabo primero del Ejército William Humberto Pérez se dedicó a salvar vidas durante su secuestro.</p>

El cabo primero del Ejército William Humberto Pérez dice que quiere volver a la selva. Luego de poco más de 24 horas de estar de nuevo en el mundo, sin haberse encontrado todavía con sus amigos de barrio, en Riohacha, La Guajira; sin comer los patacones con suero costeño que anheló durante los 10 diciembres que pasó en el monte amarrado, y sin haber vuelto a una sala de cine —solía ir sin falta los fines de semana—, asegura que lo que más desea en este momento, propio para redescubrir la vida, es  regresar por los compañeros de cautiverio  que dejó en manos de una guerrilla burlada y según muchos en el acabose: los cabos Arce y Beltrán, de su mismo batallón, quienes también fueron aprehendidos el 3 de marzo de 1998, en la toma de las Farc a la Brigada Móvil número 3 en la quebrada El Billar, Caquetá.

El primer día después del rescate suyo y de 14 rehenes más, su historia ocupa la atención de medios de comunicación de todos los países que quieren conocer al “hermano” que Íngrid Betancourt encontró en la inhóspita jungla. Al enfermero que con sus cuidados le recordó que vivir seguía valiendo la pena. Al hombre que salvó a la mujer que se convirtió en el símbolo mundial del secuestro. Por eso, desde primeras horas de la mañana, el cabo Pérez es perseguido por periodistas incansables con sus cámaras, micrófonos y  preguntas. Él sonríe mientras repite, una y otra vez, los detalles de su relación de amistad con la ex candidata presidencial, las torturas a las que fue sometido a lo largo de una década y cuatro meses, la atención que prestó a varios de sus compañeros enfermos, la soledad, la tristeza…

Cuenta que conoció a Íngrid hace cuatro años, cuando la guerrilla juntó el campamento de los miembros de la Fuerza Pública con el de los civiles secuestrados. La relación era apenas cordial, pero pronto el estado de salud de ella los unió: el cabo, quien había estudiado enfermería, era el médico de los cautivos e, incluso, de los mismos guerrilleros que casi siempre acudían a él después de sus combates. Íngrid padeció, como la mayoría de los que viven en la selva, de muchas enfermedades tropicales como la leishmaniasis —causada por la picadura de un zancudo—, lo que los hizo compartir buena parte del tiempo. “Yo la regañaba cuando no quería comer, le decía que yo era su médico y ella mi paciente, así que tenía que hacerme caso”.

El militar recuerda que la relación comenzó a estrecharse cuando, hace un año, las Farc decidieron dividirlos en grupos de seis personas. Los cambuches de Pérez y de Íngrid quedaron uno al lado del otro y entonces empezaron a hablar más. “Escuchábamos las noticias en la radio y ella me explicaba todo sobre los políticos y lo que estaba sucediendo”.

En opinión del cabo Pérez, Íngrid nunca estuvo tan enferma físicamente como se llegó a afirmar. Su peor dolencia estaba en el alma: “Se deprimió mucho porque, sin darle explicaciones, la comenzaron a dejar encadenada a un árbol todo el día. Ella preguntaba el porqué, pero no le decían nada. Eso la debilitó mucho. La cosa llegó a tal punto que tuve que darle tratamiento con antidepresivos”.

La propia Betancourt explicó, en su primer pronunciamiento público luego de su regreso a la libertad, en qué consistieron los cuidados del soldado al que llamó “mi hermano del alma”: “Me salvó, me dio de comer, cucharada por cucharada, y me devolvió las ganas de vivir”.

Y no sólo a ella. Todos los compañeros de cautiverio de Pérez, quien el pasado 21 de mayo cumplió 33 años —se lo llevaron cuando tenía 22—, pasaron por su ‘consultorio’, en un cambuche de plástico: al ex congresista Orlando Beltrán —liberado por


la guerrilla a comienzos de este año— lo cuidó luego de una trombosis que le paralizó medio cuerpo. Al capitán de la Policía Julián Ernesto Guevara lo atendió en las dolorosas enfermedades que acabaron con su vida.

Paludismo, infartos, diarrea, brotes, desnutrición, parálisis, depresiones... contra todos los tormentos intentaba actuar el cabo, que sólo contaba con un remedo de botiquín en el que no había ni una aspirina.

Es probable que atender los problemas de los demás haya hecho a William Pérez olvidar, o por lo menos disimular, su propio drama. Quizá por ello hoy diga que el secuestro le dejó “más cosas positivas que negativas. Uno aprende a querer más a su familia, a su trabajo, a sus amigos. Ahora valoro más todo lo que tengo y a la gente que me quiere”.

Su familia es cristiana y, en algunas tardes en la selva, trató de enseñar cánticos de alabanzas a sus compañeros. Su creencia de que “todo pasa por algo” lo lleva a concluir que se lo llevaron diez años porque tenía una misión.

No obstante, eso no hizo menos dolorosas las torturas. Sus carceleros tenían un terrible método para hacerles entender lo crueles que pueden llegar a ser: “Tienen unos cajones de madera en los que entierran a la gente, les dejan un hueco en la cabeza y ponen a un guerrillero toda la noche a que le tire tierra en la cara”, recuerda el cabo.

 Pero ni eso ni las cercas de alambre ni las cadenas 24 horas le causaron tanta desolación como enterarse de la muerte de su padre, el pasado 18 de mayo, dos días antes de su cumpleaños.

“Feliz cumpleaños al cabo primero Pérez William Humberto, que lamento informarle que falleció su señor padre”, fueron las palabras textuales que, más o menos recuerda el militar, escuchó por la radio. Ese día Íngrid le devolvió el favor consolándolo y recordándole a la familia que lo estaba esperando y que, efectivamente, lo recibió con los brazos abiertos el día después de su llegada.

Ya no tendrá que preguntarse en soledad si su sueldo de militar se lo habrán consignado a su madre. O si su hermana por fin se graduó de la universidad. Tampoco tendrá que volver a imaginar nunca si su sobrino salió alto o bajito.

William Pérez, que contrario a algunos de sus compañeros, jamás intentó fugársele a la guerrilla, hoy sería sargento viceprimero si no se lo hubiesen llevado de El Billar la tarde en que, luego de 48 horas de combate con las Farc, se le acabaron las municiones. Quién sabe si seguiría con la novia que tenía en aquel entonces, la misma que nunca le envió un solo mensaje.

Pero eso ya forma parte del pasado. Ahora sólo quedan por delante los recibimientos, la fiesta, el abrazo. Sus compañeros militares les dieron a él y a los otros 10 liberados una bienvenida de música y sonrisa. La familia también está con los brazos abiertos dispuesta a comenzar de nuevo.

También está el uniforme, que Pérez besa una y otra vez, el fusil para ser aseado y el resto de la dotación. “Si por mí fuera, me iría hoy mismo a buscar a mis compañeros. No veo la hora de hacerlo. Quiero ser militar toda la vida”.