Lo que viene ahora

La liberación de Ingrid Betancourt, de los tres ciudadanos estadounidenses y de once miembros de la Fuerza Pública en poder de la guerrilla de las FARC, fue recibida con júbilo en el país y en el exterior, como tenía que ser.

El operativo de rescate, más que estrictamente militar, fue un acto audaz y de inteligencia, cuyo desenlace fue incruento y feliz, aunque no dejó de tener riesgos evidentes, como ocurre con todo operativo de fuerza, inclusive acudiendo a maniobras de engaño y apoyados en infiltrados y desertores como parece lo fue en este caso mediante las labores de inteligencia.

La paz o la guerra sigue siendo el dilema de los colombianos y las colombianas. En este sentido, por lo menos dos aspectos deben considerarse a futuro, en la perspectiva de solución del conflicto. Se desprenden de la efervescencia que produce el éxito del reciente operativo y son los siguientes, no necesariamente en ese orden de prioridades:

Primero,  el Gobierno Nacional no debe caer en el triunfalismo con el afán de utilizar las liberaciones a favor de la segunda reelección del presidente Álvaro Uribe Vélez. Casi que como un trofeo reeleccionista. Un operativo “limpio” como el de la “Operación Jaque” no se repite, así, en este caso, no sean fáciles de analizar sus componentes, porque es obvio que el Ministerio de Defensa y los altos mandos militares no han divulgado todos los detalles que concurrieron al éxito. Hay factores que influyeron, casi que de forma definitiva, que no se conocen, unos aparecerán poco a poco por las investigaciones periodísticas y otros, seguramente, se mantendrán ocultos por mucho tiempo.

De tal manera, lo más aconsejable es no asumir como línea definitiva la de los operativos militares de rescate, así estén disfrazados de “cercos humanitarios”, por el peligro que encarnan para la vida de las personas que permanecen en poder de la guerrilla de las FARC. El guerrerismo y las salidas de fuerza provocan la prolongación indefinida de la confrontación armada, en medio de su degradación y de la barbarie. La mejor opción sigue siendo la de la negociación del intercambio humanitario o la salida humanitaria, que es siempre la de menor riesgo y la que puede generar confianzas hacia opciones de paz, que son las que  mayor respaldo reciben en el país y en el exterior.

Creer que la derrota definitiva de las FARC está cerca; que la etapa es la del “fin del fin”, no es más que un deseo alejado de la realidad. Con este mismo anuncio han pasado ya más de cincuenta años. Las FARC tienen presencia nacional, un mando único, han mostrado formas de reponerse a cada golpe y su capacidad de desestabilización es evidente. Sin desconocer la fuerza de los golpes más recientes que ha recibido, se está muy lejos de la defunción de la guerrilla colombiana, como lo reconocen expertos en el tema en el país y en el exterior,

La mejor opción, la menos dolorosa y la más realista es la paz, mediante diálogos y negociaciones que fortalezcan la democracia, para bien del país y de su futuro estable y de prosperidad. Es un diálogo con las guerrillas (FARC y ELN), pero con la necesaria participación decisiva de la sociedad colombiana. La paz no se logra con medidas que limiten la democracia, con autoritarismo y formas absolutistas del poder. En Colombia la institucionalidad está por construirse, es lo que le da al conflicto ese origen político, social, económico, histórico y cultural, que no se puede desconocer. Son las causas de la guerra, de la tragedia y de la barbarie.

Segundo, las FARC deben asumir con realismo los nuevos elementos de los procesos políticos en el país y en el exterior, que convalidan las salidas democráticas y de participación ciudadana. Es la expresión actual del contrato social, sin menoscabo


de la lucha ideológica y de los diversos caminos hacia la emancipación política y social, incluyendo el socialismo. Los golpes militares que han sufrido deben motivar el debate interno y su reflexión. La situación ha cambiado. La realidad de hoy no es la misma de seis años atrás y no tiene que ver nada con el supuesto éxito de la “seguridad democrática” uribista.

No hay otra salida que la política y pacífica. Ninguna solución militar es posible y eso es válido para la guerrilla y el Estado. Ambos intentaron la victoria militar y fracasaron. Las FARC deben abandonar la práctica del secuestro y decidir con generosidad la liberación de los secuestrados. Son válidos los acuerdos humanitarios que le pongan fin al secuestro, a la desaparición forzada, a la violación de los derechos humanos y a la persecución o estigmatización de los luchadores sociales y populares. Es el paso previo para generar confianza en un proceso de diálogo. Es allanar el camino a una paz digna.

El momento es propicio cuando está en marcha una crisis política que compromete la institucionalidad por temas tan graves como la “parapolítica” y la “yidispolítica”. Por mucho esfuerzo del Gobierno para utilizar el éxito de la “Operación Jaque” a favor suyo, la crisis continúa su marcha y seguramente en los próximos días se conocerán nuevos eventos de la misma, que comprometen aún más al alto Gobierno.  Un escenario de solución de la crisis está en la Constituyente para la paz y la democracia, punto de encuentro con la salida política del conflicto colombiano. 

 * Director del Semanario VOZ y facilitador de contactos de paz durante el gobierno de Álvaro Uribe.

Las Farc después de los golpes sufridos en los últimos meses

Luego de consultar a fuentes del Ministerio de Defensa, a desmovilizados, a la Fundación Ideas para la Paz y a la Corporación Nuevo Arco Iris, El Espectador logró aproximarse a lo que son las Farc hoy.

Con 44 años de vida guerrillera, este grupo pasó de 18.000 combatientes al inicio del gobierno Uribe a 11.000. Sólo entre 2006 y 2007, 4.045 hombres y mujeres abandonaron las filas. Y, de 72 frentes activos, quedan 33. Por ejemplo, el Bloque del Caribe, considerado como uno de los más activos desde comienzos de los 90, quedó casi diezmado. Los frentes 35 y 19, que operaban en los Montes de María y la Sierra Nevada, desaparecieron, y el 37 comenzó a correr la misma suerte en Bolívar. Igual está sucediendo con el Bloque Magdalena Medio, luego de que el frente 24 sólo quedara con 35 hombres, mientras que el 33 sigue activo en el Catatumbo.

El Bloque Noroccidental o José María Córdova también ha sido duramente golpeado: los frentes 9 y 7 quedaron en uno solo; los frentes 18 y 58, que operaban entre Antioquia y Córdoba, siguen activos y el único que está sin tocar es el 57, que opera en el Darién. En el Vichada el frente 16 fue desplazado al Guaviare, donde actúa con los frentes 1 y 7. Aún así, esta guerrilla conserva retaguardias en la antigua zona de distensión que siguen a la ofensiva, como en los casos de los bloques Sur y Oriental, lo mismo que los comandos conjuntos de Occidente y Central, las principales máquinas de guerra de las Farc.