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Año Nuevo con el Presidente

La periodista Patricia Lara y el presidente Juan Manuel Santos hicieron un recorrido por la vida del mandatario.

Su infancia, su paso por la Armada, la vocación de periodista que corre por sus venas, la decisión de ingresar a la política y su llegada al cargo más importante del país.

Cuando termine el gobierno van a llamarme así —dice, sonriente, el presidente Juan Manuel Santos, a tiempo que me muestra el título de la biografía de Roosevelt que lleva en la mano y que, por estos días de Año Nuevo, lo mantiene absorto: Traitor to his class (Traidor de su clase). Es un voluminoso libro del Premio Pulitzer H.W. Brands, que habla de “la vida privilegiada y de la presidencia radical de Franklin Delano Roosevelt”.

El presidente Santos, de pantalón de pana color crema y camisa azul clara de manga larga, acaba de descender de un helicóptero militar en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena y ahora aborda la aeronave 0001 de la FAC, saluda a la tripulación y a la canciller María Ángela Holguín, se acomoda en uno de los asientos delanteros, se quita los mocasines, sube sobre la mesa de enfrente sus pies calzados con medias de rombos azulitos y rosados, pone el libro en la mesa y, como marcando las distancias, coloca el maletín en el asiento del lado y lee un documento oficial.

—¡Ya tendremos tiempo de hablar! —me dice, tal vez al advertir mi temor de tener que construir este perfil basada en silencios, porque las seis horas de vuelo de ida a Brasilia y las seis de vuelta se esfumaran sin que conversáramos, ya que él, según cuentan, se dedica sobre todo a leer y a dormir en los aviones.

De inmediato, la Canciller le comenta que ha escuchado quejas de que algunos miembros de la Policía maltratan a los turistas al llegar al aeropuerto de Cartagena.

—Llámeme ya al general Naranjo —le ordena a uno de los miembros de su comitiva—. Y también a monseñor Rubén Salazar —agrega—. Es muy inteligente, ¿usted lo conoce?

El avión despega a las 11 y 45. Al Presidente sólo lo acompañan la Canciller y esta reportera. Atrás van los miembros del equipo de prensa, su edecán y el jefe de la Casa Militar, el contraalmirante Henry Blain.

—Mi señora está en Arjona y mis hijos no se le midieron al viaje —afirma Santos mientras, sonriente, parece resignado a recibir su primer año nuevo como jefe de Estado alejado de los suyos, pues ninguno quiso perderse la rumba de este 31 de diciembre para acompañarlo a Brasil y asistir el 1º de enero a la posesión de Dilma Rousseff, esa antigua guerrillera que fue encarcelada y torturada, apodada la Juana de Arco de la guerrilla brasileña, ahora sucesora del gran Lula y primera mujer en llegar a la Presidencia del país más importante de América Latina.

Santos le pregunta a la Canciller detalles de los funerales del ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, a los que ella acaba de asistir; hablan de la situación de Costa de Marfil; se dirige al cuarto contiguo del avión presidencial, donde hay una cama sencilla, un escritorio y un baño y, minutos después, regresa y se sienta a mi lado.

—¿Lo ha cambiado el poder, Presidente? —le pregunto a este Leo de 59 años quien, a los cien días de mandato, con un estilo de gobierno conciliador y progresista, muy distinto al de su antecesor, ha batido récord de popularidad al situarse en el 90 por ciento, 9 puntos por encima del nivel máximo obtenido por su ex jefe Álvaro Uribe, considerado nuestro mayor fenómeno político de las últimas décadas.

—Para nada —responde este economista, periodista, diplomático, antiguo cadete de la Armada, quien todo lo tiene y todo lo tuvo —influencia, dinero, poder, clase, academia— y lleva en la sangre dos vocaciones: la del político, por su tío abuelo, el presidente Eduardo Santos, y la del periodista, por su abuelo, Enrique Santos Montejo, Calibán; por su tío, el director de El Tiempo Hernando Santos, y por su padre, Enrique Santos Castillo, editor general del periódico, un maestro de maestros que nos formó a muchos, poseía un olfato sin igual de la noticia, no dejó de ejercer el oficio un instante, jamás delegó la supervisión de la primera página del diario y tenía tanta influencia que tumbaba ministros y regañaba a presidentes.

—El poder es para hacer cosas, uno no puede dejarse afectar por él —comenta el Presidente quien, como buen periodista, vive bien informado, conversa con la gente, mantiene contacto con quienes él sabe que le dicen la verdad, especialmente amigos y militares, contesta personalmente correos electrónicos y mensajes de texto y no permite que los subalternos y los áulicos que medran tras el poder lo aíslen y lo encierren en un círculo en el que no pueda penetrar la realidad.

—Para no aislarse, Roosevelt jugaba póquer —cuenta Santos, antiguo jugador que en las mesas de cartas apostaba duro y ganaba o perdía sin que se le contrajera un músculo de la cara. –Así, Roosevelt conversaba con los compañeros de juego y se ejercitaba en medir el aceite, una de las artes que hay que dominar en política. Y Alfonso López, a quien le gustaba la chismografía —agrega—, para no aislarse llamaba a las amigas, les decía “cómo estabas de bonita anoche” y se quedaba callado. Entonces las señoras le contaban los últimos chismes...

—A propósito, Presidente, ¿usted qué opina de la tesis de Gabo en el sentido de que el poder es un sustituto del amor o, tal vez, de que quien lo busca es incapaz de amar?

—¡No sé Gabo de dónde saca esa vaina! —exclama—. ¡En el poder a veces hay que sacrificar amores! ¡En la lucha por el poder sale lo peor de la condición humana! Uno pone zancadillas… Pero yo trato de no dejar heridas incurables… Ahora, ¡yo nunca he estado obsesionado por el poder, porque siempre lo he tenido! Cuando Mockus me ganaba en las encuestas, no me preocupaba: si perdía, nada me iba a cambiar. Y le juro por mi madre: ¡si mañana me toca renunciar, no me afecta! De modo que no clasifico en la teoría de Gabo —concluye este Presidente, de quien antiguas novias dicen que es “detallista, generoso, tierno, gocetas, mujeriego, muy perseverante, disciplinado, con metas claras en el futuro, pero concentrado en lo que hace en el presente”.

Tal vez por eso, cuando “para chulear el tema” escogió ser Ministro de Hacienda de Andrés Pastrana, quien le había ofrecido la cartera que quisiera, capoteó la difícil crisis económica realizando un duro ajuste, sin pensar en que ello podría reducirle su probabilidad de llegar a la Presidencia.

Esa posibilidad, que apenas era para él un mal pensamiento, se le había convertido en aspiración cuando renunció a la subdirección de El Tiempo y, de paso, a la futura dirección del periódico más influyente del país, por designación hecha de antemano por sus principales accionistas: Hernando y Enrique, para quien Juan Manuel, el tercero de sus hijos, era el preferido.

—Mi papá veía por mis ojos —comenta, sonriente—. ¡Yo era, sin lugar a dudas, su hijo consentido! Se sentía orgulloso cuando me veía marchar. Tal vez también, para darle cierta satisfacción, ingresé a la Marina.

Mientras tanto, Enriquito, el mayor, hacía la revolución, fundaba la revista Alternativa, defendía a la guerrilla, buscaba tumbar gobiernos, en resumen, se oponía a su padre atacando esos valores e instituciones que él defendía con pasión; Luis Fernando, el segundo, que había estudiado periodismo en Kansas, se enfocaba más hacia el área empresarial; y Felipe, el menor, el consentido de la madre —Clemencia Calderón, una mujer austera, de una familia aristocrática pero pobre—, se dedicaba a la publicidad y era empresario de espectáculos.

—Resulta que un día —cuenta el Presidente saboreando el vino que pidió para acompañar la pasta fría con salmón que sirvieron de almuerzo— me dieron fiebres altas y el médico me hizo un diagnóstico equivocado, a partir de exámenes de otro paciente: dijo que me veía un tumor que parecía cáncer de testículo. Estando en ese trauma, me llamó el presidente Gaviria y me dijo: “¡A usted lo que le gusta es la política! Le ofrezco la Cancillería o el Ministerio de Comercio Exterior. ¡Ese se lo recomiendo porque está por crearse!”. Entonces recordé el consejo de mi abuelo, Calibán: “¡No lleguen a mi edad arrepentidos de lo que dejaron de hacer!”. A mí siempre me había interesado el servicio público. Le consulté a Alfonso Palacio Rudas: “Hay una gran diferencia entre influencia y poder. La primera la tiene el director de El Tiempo. El segundo lo ejerce quien firma un decreto que dice “comuníquese y cúmplase”, me dijo. Le conté a Tutina, mi señora. Me regañó: “¡Cómo es de bruto, no acepte ese ministerio, la Cancillería es más importante!”. Llamé a Gaviria, pero ya se la había ofrecido a Noemí Sanín. A mi papá, que estaba en Kansas, lo localicé en la noche. “Haz lo que tú quieras; pero me hubiera gustado más verte de director de El Tiempo”, me dijo. A Hernando Santos se lo había dicho antes. “Me parece muy bien”, me había contestado. ¡Por eso me dolió tanto el editorial del día siguiente! (“El doctor Juan Manuel Santos constituye desde hoy un personaje que abandona el periodismo y se desvincula de El Tiempo para dedicarse a actividades que seguramente se acomodan más a su personalidad (…) El Tiempo reitera su oposición a que cualquiera de sus directivos ocupe cargos oficiales”, escribió). Ese editorial generó distanciamiento entre mi papá y Hernando —concluye.

Así, pues, Juan Manuel Santos, criado entre el poder, más cercano del presidente Alberto Lleras, quien le regalaba billetes de cincuenta centavos, que de Eduardo Santos, al que visitaba acompañado de su pastor alemán pues, según dice, de los once a los quince años no tuvo “amigos sino perros”, pero cuyo talante santista lleva en las venas, más por herencia que por ser seguidor de sus tesis —no obstante que admira su austeridad, su verticalidad y su pulcritud en el manejo de lo público—, cambió para siempre su destino, dejó a un lado su profesión de economista, su carrera de diplomático defensor de los intereses cafeteros de Colombia, su futuro luminoso en el periodismo y se sumergió entre las aguas movedizas y turbias de la política, en las que desde niño anheló adentrarse, razón por la cual fue tan feliz estudiando como becario Fullbright en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard.

Al terminar el mandato de Gaviria, Santos se convirtió en columnista de El Tiempo, se opuso al gobierno de Ernesto Samper y creó la Fundación Buen Gobierno, cuyos principios —eficiencia, eficacia, transparencia y rendición de cuentas— espera aplicar durante su período. Más tarde, al terminar el gobierno de Pastrana, como liberal, se abstuvo, por disciplina de partido, de apoyar la candidatura de Álvaro Uribe. Luego formó el Partido de la U, crucial en la reelección de 2006, y asumió el Ministerio de Defensa, el cual desempeñó con eficiencia, no obstante que tuvo serios cuestionamientos: desarrolló la inteligencia, rescató a Íngrid Betancourt y a otros secuestrados, penetró en territorio ecuatoriano y bombardeó el campamento de Raúl Reyes, lo que provocó que un juez de ese país le dictara orden de captura y que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, con quien ya se reconcilió, rompiera relaciones con Colombia. Además, le explotó en las manos el horror de los falsos positivos…

—¿Por qué ha repetido que fue usted el que acabó con los falsos positivos, Presidente?

—El tema ya se rumoraba —afirma, mientras nos disponemos a aterrizar—. Formé un comité para investigarlo, pero yo no creía que fuera cierto. Estando en esas, se conocieron los asesinatos de Soacha, mandé a una gente distinta a investigar, me llevaron el resultado, fui a la Fiscalía y se lo llevé al presidente Uribe. Le dije que había que relevar a todos los posibles involucrados de manera ejemplarizante y se instauró la política de que “es mejor un desmovilizado que un capturado, y un capturado que un muerto”. Hoy, los falsos positivos bajaron a cero y hay dos desmovilizados por cada muerto.

—Y cuando ve caer a los soldados y policías y mira el rostro desfigurado de Raúl Reyes y observa los de los otros guerrilleros muertos, ¿qué siente, Presidente?

—¡Me duele darles el pésame! Pero uno no puede dejarse afectar por eso, porque entonces toma decisiones incorrectas…

Aterrizamos. Son las 5 y 30 p.m. en Colombia y las 8 y 30 p.m. en Brasilia. Apenas tenemos tiempo de cambiarnos para ir a la fiesta de la Embajada, vestidos de blanco, como esa noche lo hará Yemayá, la Diosa del Mar, según la tradición brasileña.

En la pista están la embajadora, María Elvira Pombo, y el representante del BID en Brasil, Fernando Carrillo, en cuya casa gentilmente me aloja y a quien le llevo, para calmar su antojo, butifarras, bollos limpios y de yuca, suero atollabuey y cocadas que sobrevivieron a inspecciones de perros y guardianes.

El Presidente se dirige al hotel Golden Tulip.

A las 10 y 30 p.m. llega, de guayabera blanca, a la residencia de la Embajada, se toma un whisky y conversa con Dan Restrepo, asesor de Obama para América Latina, y con el Embajador de Estados Unidos en Brasil. Se les suma, para sorpresa de todos, el Embajador de Venezuela en ese país.

Poco antes de las 12 revienta en el cielo un diluvio de fuegos artificiales, pequeñas estrellitas de colores que descienden en redondo y se desvanecen antes de tocar el gran jardín de la residencia. El Presidente las mira embelesado.

—A mi papá le fascinaba la pólvora, ¡nosotros somos muy polvoreros! —comenta.

—¡Son las 12! —alguien exclama.

—¡Feliz Año! Este año ha sido como bueno, ¿verdad? —me dice sonriente.

Juanita Santos, su prima hermana, huésped de la embajadora, le entrega un pequeño muñeco de año viejo. Santos lo quema y afirma:

—Aquí estoy quemando el agua, la pobreza, el desempleo, la corrupción y la enfermedad.

El Presidente repite whisky. Juanita lo saca a bailar. ¡No lo hace tan mal, no pierde el ritmo, por lo menos! Tímido, sin lugar a dudas, invita a bailar a Diana Serpa, la encantadora esposa de Fernando Carrillo.

Es la 1 a.m. Santos se empeña en esperar el año nuevo colombiano entre un whisky y otro: maneja el licor con mesura, a diferencia de su antecesor, quien no se tomaba un trago por temor a tornarse violento. Dos horas más tarde, a la medianoche en Colombia, llama a su esposa, María Clemencia Rodríguez, la madre de sus tres hijos, a quien él ve similar a su mamá, no sólo en el nombre:

—Mi esposa y mi mamá hicieron muy buenas migas —cuenta—. Se parecen muchísimo: ordenadas, familiares, muy buenas mamás, pendientes de sus hijos, de las tareas, francas, hasta hirientes, viscerales… “¡Usted cómo pudo volver a ser amigo de ese tipo que le hizo tal cosa!”, me dice a veces María Clemencia.

Por fin, a las 3 y 30 a.m., el Presidente se despide.

Lo vuelvo a ver la tarde siguiente, cuando luego de asistir a la posesión de la presidenta de Brasil y de conversar en privado con su “nuevo mejor amigo”, Hugo Chávez, aborda al avión presidencial.

Me saluda. Va a la habitación del avión. Sale sin corbata. Se ha cambiado el vestido de paño azul por el pantalón de pana y las medias de rombos de la víspera. Se acomoda en una de las sillas delanteras y yo, armada de mi libreta de notas, me siento enfrente. De regreso volamos los dos solos.

—¿Cómo le fue con Chávez, Presidente?

—Bien. Nos acaba de entregar a Álex Tulio, un comandante del Eln… Hemos sido francos… El hielo se rompió cuando nos encontramos en Santa Marta: él había dicho que me felicitaba porque ese día (10 de agosto) yo cumplía 40 años. Entonces le comenté: “Comenzó mal, Presidente”. “¿Cómo así?”, exclamó Chávez sorprendido. “¡Usted dijo que yo cumplía 40 años y ahora mi esposa va a exigirme mucho más!”, le contesté. Entonces rio.

—¡Es que esas relaciones a las patadas eran muy complicadas, Presidente! —le comento.

—Las cosas son mejor a las buenas que a las malas —dice.

—En vísperas de su posesión, ¿Uribe le consultó si convocaba a la OEA para presentar la queja contra Venezuela?

—No, yo me enteré estando en México, por televisión, de la ruptura de relaciones.

—¿Usted lee los twitters de Uribe, Presidente?

—No —contesta, tajante.

—¿Y cómo están sus relaciones con él?

—Hablamos de vez en cuando… La última vez fue el 24 de diciembre.

—¿Quién llamó a quién?

—Yo lo llamé… ¿Y sabe?, Uribe siempre fue muy respetuoso conmigo… Y yo estoy dedicado a cuidarle los huevitos —dice sonriente—. En cuanto a la seguridad democrática, hemos dado los mejores golpes. Y con respecto a la confianza inversionista, no hago más que consentir a los empresarios. Y en cohesión social, mire el programa social que tenemos. ¡Son los mismos huevitos, pero con diferentes agendas!

—¿Cómo pudo usted trabajar con Uribe siendo tan distintos, Presidente?

—Yo estaba de acuerdo con la política de seguridad democrática y lo que hice fue aplicarla.

—Y en lo demás, como no pertenecía a su campo, ¿no se metía?

—Así es.

—Digamos, Presidente, que lo que ocurre es que usted, como buen militar, aprendió a obedecerles a sus superiores. Pero cuando llegó a general, ¿el que manda es usted?

—¡Ponga eso! ¡Está muy bien puesto!

—¿Y qué diría su papá sobre lo que usted está haciendo? ¿No cree que el Viejo estaría mucho más de acuerdo con Fernando Londoño que con usted?

Santos sonríe y responde:

—Sobre la ley de víctimas mi papá diría: “¡Y eso pa qué!”. Y con la repartición de tierras no estaría en desacuerdo: él consideró importante la reforma agraria de Carlos Lleras… Ahora, ¡yo tampoco voy a hacer la revolución socialista! No les voy a quitar la tierra a los que la obtuvieron de manera honesta, sino deshonesta. Se trata de que la gente vuelva a su terruño constituyendo empresas asociativas…

—Esa es una política mucho más de izquierda de la que se pensaba que usted desarrollaría —le digo.

—Como yo fui un ministro de Defensa muy duro con la guerrilla, me encajonaron dentro de una definición. ¡Pero luchar contra la guerrilla no se opone a tener una agenda de izquierda!

Después de la cena, el Presidente me invita a ver una película de acción. Le digo que prefiero leer y le pido que me deje solicitarle al fotógrafo de la Casa de Nariño que nos tome una foto para ilustrar este reportaje.

—Más tarde —responde, mientras se coloca los audífonos.

Me quedo profunda...

—¡Ya casi vamos a aterrizar! —me despierta el Presidente.

Lo acompaña el fotógrafo… Nos acomodamos para que nos tomen la fotografía.

—¿Durmió? —le pregunto.

—Leí… ¿Sabe que, coincidencialmente, durante el gobierno de Roosevelt, también hubo una gran inundación en Mississippi? Este libro cuenta cómo él vio en ella una oportunidad para reconstruir el país… Creó el Tennessee Valley Authority y con eso hizo maravillas…

—¿Usted a quién admira, Presidente?

—A Churchil. Admiro mucho su capacidad de ir contra la corriente cuando tenía el convencimiento íntimo de que lo que hacía estaba bien.

Aterrizamos en Cartagena. Son las 9 y 30 p.m. del 1 de enero.

—¿Usted va a quedarse en el poder cuatro u ocho años?

—Aspiro hacer todo lo que quiero hacer en cuatro años —responde.

—¿Y qué quiere hacer, Presidente? ¿Cómo es la Colombia que usted sueña?

—Es mucho más equitativa, sin tantas diferencias sociales, más próspera… Es una Colombia a la que deseo dejarle un legado institucional, una democracia sólida que dependa más de instituciones que de personas… Y quiero entregar un país en paz…

Los cuatro sombreros del Presidente

Juan Manuel Santos ha sido militar, como cadete de la Armada; diplomático, como representante de la Federación de Cafeteros ante la Organización Internacional del Café con sede en Londres; periodista, como subdirector y columnista de El Tiempo, y jugador de póquer.

Dice que en la milicia aprendió la disciplina y el amor a la institución; el periodismo le abrió ventanas y lo volvió tolerante (él no parece afectarse con los insultos o la crítica); la diplomacia le enseñó a negociar y a ponerse en el pellejo de la contraparte; y que con el póquer aprendió a tomar riesgos y a medirles el aceite a los demás.

Son cuatro sombreros bastante útiles en el ejercicio del gobierno y de la política.

Una nueva Colombia ante el mundo en palabras de Santos

“Queremos pasar de ser la niña fea a la niña bonita; voltear nuestra imagen negativa; volvernos un ejemplo; convertirnos en el puente entre Mesoamérica y Unasur (estamos haciendo gestiones para arreglar el problema de Honduras y lograr que vuelva a ser reconocida por la OEA); en el Consejo de Seguridad vamos a presidir los comités de Irán y de Somalia; yo fui el primer Jefe de Estado invitado a la Asamblea del Tratado de Roma: les conté en qué consistían las leyes de víctimas y de tierras y la reintegración a la vida civil de guerrilla y paramilitares; Hillary Clinton me reiteró que para E.U. es importante que hayamos reestablecido las relaciones con nuestros vecinos; el Presidente Obama va a Colombia en febrero… Eso es lo que yo quiero: que Colombia sea un ejemplo para el mundo.”

De la mano con la izquierda

El 1° de enero la ex guerrillera Dilma Rousseff asumió la Presidencia de Brasil, convirtiéndose así en la primera mujer en manejar las riendas de la principal potencia económica de la región.

Impulsada por el carismático ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, Rousseff tiene el reto de continuar con las políticas de su mentor y así consolidar a Brasil como una potencia mundial.

A su posesión asistió el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, quien sabe que la armónica relación con el gobierno de este país es fundamental en materia económica, política y social. Además, es un puente importante entre el Gobierno Nacional y otras democracias de izquierda.

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Patricia Lara Salive

Política

Año Nuevo con el Presidente

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