Tras el rastro de Orlando

Orlando Toledo fue secuestrado por las Farc en 2005. Desde entonces no se sabe nada de él.

El 29 de julio de 2005, Carmen Mirke cumplió tres días sin comunicarse con su esposo, lo cual no era usual. Ese día, mientras ella y sus hijos veían televisión, sonó el teléfono. “A su esposo lo secuestraron por zona rural de Convención (Norte de Santander)”,  le dijeron al otro lado de la línea telefónica. “Pero no se preocupe –continuaron–, eso es común. Es cuestión de horas. Si mucho, de días”.

Quien llamó a Carmen era uno de los empleados de Ceísma, una empresa que trabaja con Ecopetrol en el nororiente colombiano y en la que laboraba su esposo, Orlando Toledo, un ingeniero forestal. Carmen, atendiendo las observaciones del hombre, les comunicó a sus hijos María Angélica, de 16 años; Silvana, de 12 y David, de 10, que el Frente 40 de las Farc tenía a su padre. Todos, con un nudo en la garganta, sin saber qué hacer, decidieron esperar.

Carmen y Orlando se conocieron en 1987, cuando ambos hacían parte del equipo de trabajo de la primera encuesta nacional agropecuaria. Se conocieron en Cartagena, ciudad a la que ella tuvo que viajar a supervisar la labor de él. Luego de seis meses de noviazgo se fueron a vivir juntos, sin saber que la decisión de no realizar una ceremonia es la que hoy, dos décadas después, tiene a su familia en serios aprietos. 

La esposa y los hijos de Toledo necesitan que un juzgado de familia haga la declaración de ausencia del ingeniero, que nombre un curador para administrar sus bienes y que reconozca esta unión marital de hecho. “Hubo un juez que nos detuvo el proceso porque no entregamos la dirección para notificar a mi papá.  ¿Cómo vamos a dar dirección si está secuestrado?”, reclama su hija mayor.

Dos meses después del plagio, el 25 de septiembre de 2005, las Farc le enviaron un comunicado, a través de una emisora radial de Ocaña (Norte de Santander), a la compañía para la que trabajaba Toledo. En el documento afirmaban ser los responsables de la detención del ingeniero, sin embargo, le solicitaban a Ceísma que se formara una comisión para recoger sus papeles porque, según los guerrilleros, Toledo se había escapado 20 días atrás y ellos ignoraban su paradero.

Un año más tarde, Carmen decidió viajar con María Angélica a Norte de Santander con el propósito de hacer gestiones que le ayudaran a saber algo de su esposo. Estuvo en Cúcuta, en Ocaña, en Convención y en los alrededores. Buscó a la Comisión Internacional de la Cruz Roja. Habló con la Defensoría del Pueblo, donde la recibió una funcionaria que le pidió una foto de Toledo para difundirla en la zona donde fue detenido por las Farc. Nunca volvió a saber de este organismo.


Habló con sacerdotes de los diferentes municipios, pero el panorama tampoco mejoró. “El párroco de Tibú me dijo que buscara a un religioso de la Comisión Episcopal, que él seguro me podía ayudar. Pero cuando por fin lo contacté, él me dijo que no iba a ir a la zona, que mi esposo era una mercancía y que en esos casos, de cada 100 se solucionaban unos cinco. Con esa respuesta, ¿qué más podía hacer?”, expresa Carmen.

Durante su estadía en Norte de Santander, Carmen y María Angélica hablaron con la fiscal que se apropió del caso de Toledo. La funcionaria, un par de meses después, las llamó para decirles que el ingeniero había muerto y estaba enterrado en una vereda de difícil acceso. Según le dijeron a Carmen, un guerrillero del frente que secuestró a su esposo desertó y confesó el asesinato, así como el sitio donde había sido enterrado.

No obstante, doce meses después, esa misma fiscal le notificó a Carmen que una comisión había viajado al supuesto sitio a hacer la exhumación y no había encontrado el cuerpo. Y luego, el pasado 10 de julio, un funcionario del Comité Internacional de la Cruz Roja contactó a Carmen para informarle que los guerrilleros los habían buscado para entregarles los documentos de su esposo, los cuales él recogió en marzo. Que se había tomado esos meses para intentar recoger más datos, pero que no había novedad alguna.

Cuando Carmen conoció a Toledo, ella era una delineante de arquitectura e ingeniería. Pero, al nacer su tercer hijo, acordaron con se marido que ella se quedara en casa cuidando a los niños y que sólo él trabajara. De eso hace ya 13 años. Ahora que ella necesita volver a trabajar, con 45 años de edad, no ha logrado permanecer en un trabajo más de tres meses, y su carrera, que alguna vez ejerció, hoy es obsoleta por la tecnología de los computadores.

Carmen y sus hijos no tienen la menor idea de cuál fue la suerte que corrió Orlando Toledo. Les han dicho que está muerto, que fue trasladado a Venezuela, que logró volarse del asedio de las Farc. Pero, mientras aparece el hombre, o en el peor de los casos, su cuerpo, esta familia tendrá que seguir en la lucha por su supervivencia, así ningún juez en Colombia se los quiera facilitar aceptando, al menos, que Carmen y Orlando fueron un matrimonio tan legítimo como los que certifica un notario o la misma Iglesia.

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